“Más aún; nos
gloriamos hasta en las tribulaciones, sabiendo que la tribulación engendra la paciencia;
la paciencia, virtud probada; la virtud probada, esperanza, y la esperanza no
falla, porque el amor de Dios ha sido derramado en nuestros corazones por el
Espíritu Santo que nos ha sido dado.” (Romanos
5:3-5)
Mi querido hermano
Manolo (Manuel Pliego, cmf.) ha escrito en su página de Facebook una
oda muy hermosa y profunda, sobre su experiencia en Dosek; una comunidad
aislada, según él expone, de nuestra vecino y tan sufrido pueblo de Haití.
Describe de
manera magistral la participación de un coro compuesto por doce mujeres durante
la Eucaristía. Y lo hace desde las
heridas abiertas de caminos matizados por la precariedad, pero fortalecidos por
el Sol que sale día tras día a su encuentro.
Ojalá puedan
ir a su página y leer lo que ha escrito.
Estoy segura, que se emocionarán al igual que yo hasta las
lágrimas. Porque ha sido verdaderamente
un encuentro con el Dios de la Vida, desde esa parte virginal del alma.
Ha sido su
experiencia, una personal, que desde ya agradezco infinitamente que la haya
compartido con todos; pero me ha quedado resonando en el corazón de modo que me
ha abierto a la comunión.
Una de las
cosas que más me ha calado es la frase: “No somos lo que nos falta”.
Y siento que
esta frase es casi una bienaventuranza contemporánea. Nos recuerda que la
pobreza, la exclusión o el abandono no agotan la verdad de una persona ni de
una comunidad. Hay una identidad más honda, sellada por el amor de Dios, que
permanece incluso cuando todo alrededor se derrumba. Ese canto, nacido de
gargantas sencillas, se vuelve teología viva: afirma que Dios sigue habitando
la historia, aun cuando la historia pretende desmentirlo.
La escena del
coro en Dosek es pascual. Como en la mañana de Pascua, cuando unas mujeres
fueron las primeras en anunciar que la muerte no había vencido, aquí son
también mujeres las que, con su voz, anuncian que la vida resiste. Su canto no
es ingenuo; es un acto de fe que atraviesa el dolor y lo transforma en súplica,
en alabanza, en confianza.
Esta
experiencia interpela también a nuestras propias comunidades. ¿Desde dónde
cantamos, oramos y celebramos? ¿Desde la queja por lo que falta o desde la
gratitud por la presencia de un Dios que permanece? Haití, a través de estas
mujeres, nos evangeliza: nos enseña que la fe auténtica no espera condiciones
ideales para alabar, sino que hace de la alabanza un acto de perseverancia y de
esperanza.
Al final, su
canto nos devuelve a lo esencial: somos un pueblo habitado por Dios. Y mientras
esa certeza se haga voz, gesto, comunidad y celebración, ninguna noche será tan
oscura como para apagar del todo la luz. Porque, en Cristo resucitado, incluso
los pueblos heridos pueden seguir cantando su vida.
Manolo… Lo que has vivido en Haití es un regalo de Dios. No todos reciben la gracia de tocar tan de cerca el dolor y la esperanza de un pueblo, y salir de allí con el corazón transformado. Es un privilegio que el Señor te haya confiado esa experiencia, porque solo a quienes ama y prepara para una misión más grande les permite ver su rostro en los más pobres. Es también una bendición, no solo para ti, sino para todos los que ahora escuchamos tu testimonio y somos evangelizados por lo que Dios hizo en ti y a través de ti.” ¡Gracias! ¡Ánimo! ¡Te rezo y abrazo fuerte!








