22 de diciembre de 2025

Una Navidad...real.

Durante muchos meses en el año, vamos anhelando y degustando de poco a poquito este hermoso tiempo de Navidad.  Y vamos tejiendo en nuestra mente y en nuestro corazón, caminos y formas que nos ayuden a prepararnos dignamente para recibir a Jesús en nuestro corazón. Añoramos sentir la magia que trae esta época en donde todos nos sentimos invitados a una conversión profunda que nos develará el Misterio una vez más.

En la Navidad siempre nos vemos rodeados de luces, canciones, Misas de Aguinaldo, Posadas, reuniones familiares y con amistades.  Muchos compromisos marcados en el calendario y proyectos que por fin “se van a dar”. Hay una ilusión legítima en todo eso: el deseo de celebrar, de compartir, de sentirse parte de algo bueno. Pero a veces, justamente en estos días que parecen hechos para la alegría visible, la vida nos coloca ante una realidad distinta: nos sorprende la fragilidad humana vestida de enfermedad.  Y entonces, todo cambia de ritmo, el tiempo se parte en turnos, cuidados, preocupaciones, tensión, silencios… y de pronto todo aquello que se había venido planificando con tanto esfuerzo y muchísima ilusión; se cae como hojas secas.

Y entonces aparece una primera batalla interior: la del corazón que se resiste. Porque renunciar duele. Duele cancelar una actividad que llevabas meses preparando. Duele decir “no puedo ir” cuando te habías comprometido. Duele sentir que te quedas fuera, que te pierdes lo que otros viven. Duele también porque, sin querer, uno puede preguntarse: “Señor, ¿por qué ahora? ¿por qué precisamente en Navidad?” Y esa pregunta no es falta de fe; es humanidad. Es el alma tratando de entender.

Pero hay un punto, lento, a veces casi imperceptible en el que el Señor nos invita a mirar con otros ojos. La Navidad no es solo el recuerdo de un nacimiento hermoso; es el misterio de un Dios que precisamente: elige la fragilidad. El Hijo de Dios no llegó al mundo imponiéndose, sino necesitando: necesitó leche, abrazos, calor, protección. Necesitó a una madre que renunciara a una vida tranquila y a un padre que aceptara una misión sin entenderla del todo. La primera Navidad fue, desde el principio, una escuela de renuncias por amor.

Cuando un padre se enferma y tú tienes que cuidar, la Navidad se te vuelve pesebre. No el pesebre de las figuritas bien acomodadas, sino el pesebre real: ese lugar donde no todo está “bonito” y “perfumado”; donde hay cansancio, preocupación, incertidumbre y, sin embargo, Dios decide habitar. Porque el Señor no se asusta de la enfermedad ni del desorden de nuestras emociones. Él nace precisamente ahí, en lo que no controlamos, en lo que nos desinstala, en lo que nos obliga a amar de otra manera.

A veces pensamos que la voluntad de Dios debe sentirse siempre “luminosa” y “agradable”. Pero muchas veces la voluntad del Señor se presenta como un llamado silencioso: “Quédate. Acompaña. Sé presencia. Haz lo que nadie aplaude, pero que sostiene la vida”. Y ahí empieza la profundidad: cuando entiendes que tu lugar no es donde te aplauden, sino donde te necesitan. Que tu misión en ese momento no es brillar, sino servir. Que tu “Navidad” puede ser una silla al lado de una cama, una conversación pausada, una mano que toma otra mano, una madrugada en la que vigilas y rezas sin palabras.

Cuidar a un padre enfermo te pone frente a un misterio muy fuerte: el amor se prueba cuando cuesta. Porque amar cuando todo está fácil es hermoso, pero amar cuando implica renunciar a tus planes, a tu descanso, a tu agenda, es un amor que se parece al de Cristo. Es un amor pascual, un amor que tiene cruz; no como castigo, sino como entrega y que, por eso mismo, tiene una gloria escondida.

En ese camino, el Señor también purifica algo dentro de ti: te libera del orgullo de creer que “todo depende de mí” o de la ansiedad de “tener que cumplirlo todo”. Te enseña que hay temporadas en las que el fruto no se mide por lo que logras, sino por la fidelidad con que acompañas. Hay proyectos que se posponen, sí. Hay actividades que se cancelan, sí. Pero hay una obra más grande que se está realizando en tu interior: estás aprendiendo a amar con paciencia, a servir sin exhibición, a obedecer sin entenderlo todo, a confiar sin controlar.

Y, curiosamente, cuando aceptas con fe, la renuncia deja de sentirse como derrota. Se vuelve ofrenda. Cada gesto simple, dar una medicina a tiempo, preparar una sopa, cambiar una almohada, escuchar una queja repetida, aguantar el cansancio con serenidad; se vuelve una oración encarnada. Es como decirle a Dios: “Señor, no te traigo frutos de alguna actividad; te traigo este amor concreto, este cuidado escondido. Te lo entrego a Ti”.

En ese servicio humilde también se vive una “misa interior”. Porque cuidar a un enfermo es un modo de tocar la carne de Jesús.  “Estuve enfermo y me visitaste…” No es solo una frase bonita: es un criterio del Reino. Y muchas veces, la santidad real no ocurre en escenarios grandes, sino en la constancia de lo pequeño. Ahí se aprende a amar, sin condiciones, a amar sin calendario, a amar aunque no se vea el resultado inmediato.

Habrá días, claro, en los que te sientas agotada y hasta vacía. Habrá momentos de frustración, de tristeza, de sentir que no puedes más. En esos momentos, también es parte del amor decir: “Señor, no puedo sola. Dame tu fuerza”. Porque esta entrega no se sostiene solo con voluntad humana; se sostiene con la gracia. Y la gracia llega, muchas veces, en forma de paz inesperada, de una palabra que consuela, de una persona que te ayuda, de un pequeño signo que te recuerda que Dios está contigo.

Y entonces, la Navidad se vuelve más profunda: ya no depende de una actividad, de una salida, de un evento. La Navidad se vuelve presencia. Se vuelve “Dios con nosotros” en lo cotidiano. Se vuelve un amor que no hace ruido, pero que ilumina. Puede que no haya fotos, ni fiestas, ni algarabía… pero hay algo más verdadero: un corazón que, en medio de la renuncia, escogió amar. 

Quizás al final mires atrás y descubras que ese año no “perdiste” la Navidad: la viviste de una manera más parecida a Jesús. Porque el mismo que nació en pobreza y fragilidad, el mismo que vivió para servir, el mismo que entregó su vida por amor, se deja encontrar también cuando tú entregas la tuya, un poco cada día; cuidando a tu padre.

Y en ese cuidado, aunque parezca paradoja, hay una alegría distinta: no la alegría ruidosa de afuera, sino la alegría serena de adentro, la que nace de saber: “Estoy donde el Señor me quiso hoy. Estoy amando como Él ama”. Esa es una Navidad con profundidad. Una Navidad que quizá nadie entiende del todo… excepto Dios, que ve en lo secreto, y que recibe tu renuncia como un regalo muy hermoso: el regalo de un amor fiel.

18 de octubre de 2025

A mi querido hermano, P. Arturo González Robles, cmf. en su Pascua...

Fuiste antorcha en caminos de polvo,
sembrador de fe en tierras de sol,
eco del Evangelio entre los humildes
Misionero de ardiente corazón.
 
Tus pasos cruzaron mares y sueños,
desde La Habana hasta Quisqueya,
con la pasión de quien ama sin medida.
dejando en cada rostro una huella,

Tu palabra fue puente y consuelo,
tu vida entera: hogar y refugio;
en tu corazón: el fuego claretiano,
el que te impulsó siempre a ser fecundo.

 Catequista del alma, pastor y hermano,

hiciste del altar una escuela de amor,
del camino, una cátedra viva,
y de tu vida, una misión sin reloj.

 Tu vida fue Evangelio hecho carne,
camino abierto, lámpara y abrazo.
en cada encuentro, con el niño o el anciano,
brotaba el gozo del que sirve amando.
 
Hoy celebramos tu vida ofrecida,
tu fidelidad sencilla y fecunda,
tu entrega sin descanso ni ruido,
tu sí pronunciado cada día con ternura.

Damos gracias por tu sí fecundo,
por tantos años al fuego consagrado,
por tu corazón claretiano y profundo,
que ardió sin descanso, que amó sin cansancio. 

Descansa, hermano, en la casa del Padre,
donde el fuego no se apaga ni termina,
porque en tus huellas y tus palabras
sigue viva la Misión… sigue viva la Vida.

Y mientras tus manos reposan al fin,

Esperando que la tierra se abra
tu voz gritará al viento:
“Ardor, siempre ardor por la salvación de las almas.” (Claret)

1 de septiembre de 2025

Leyendo hoy a Lucas...

En una ocasión leí que lo primero que advierten a un candidato político previo a presentarse a un debate; es que se juega todo en los primeros minutos de su intervención. Y en este Evangelio, Jesús se presenta en la sinagoga y lo primero que hace es afirmar: “El Espíritu del Señor está sobre mí, porque me ha consagrado por la unción. Él me envió a llevar la Buena Noticia a los pobres, a anunciar la liberación a los cautivos y la vista a los ciegos, a dar la libertad a los oprimidos y proclamar un año de gracia del Señor"….

Siempre me impacta imaginar la escena: Jesús regresa a su pueblo, al lugar donde creció, donde todos lo conocen, y toma la Palabra para decir con firmeza: “Hoy se cumple esta Escritura que acaban de oír”. Es un momento solemne, pero también frágil, porque en esas palabras Jesús se expone totalmente: revela quién es y cuál es su misión.

Jesús habla con una claridad impresionante; no se anda con rodeos.  Él es el Ungido, el enviado del Padre para traer libertad, sanación y vida nueva. No habla de teoría, habla de misión. Y lo que anuncia no es para un grupo privilegiado, sino para los pobres, los cautivos, los oprimidos.  Y en ese anuncio se lo jugó todo, se jugó su propia vida.

Jesús no buscaba aplausos, buscaba corazones abiertos. Y por eso no dudó en recordarles que la salvación no es un privilegio de unos pocos, sino un don para todos, especialmente para los olvidados y marginados. Esa amplitud de corazón fue lo que sus vecinos no soportaron. Querían un Dios que se ajustara a sus fronteras, y Jesús les mostró un Dios demasiado grande.

Jesús cerró el Libro, lo devolvió al ayudante y se sentó. Todos en la sinagoga tenían los ojos fijos en Él. Entonces comenzó a decirles: «Hoy se ha cumplido este pasaje de la Escritura que acaban de oír».

Al escucharlo, la gente primero se maravilla, pero luego, aparece la semilla de la duda: “¿No es este el hijo de José?”.

Lo que me toca el corazón es cómo esa gente, que lo vio crecer, no pudo dar el salto de la fe. El problema no fue que no entendieran las palabras, sino que no soportaron reconocer a Dios en lo cercano, en lo conocido, en lo cotidiano. Les resultaba más fácil soñar con un Mesías lejano que aceptar al carpintero de Nazaret como salvador.

Esa resistencia me revela cuántas veces yo también encierro a Dios en mis esquemas, en mis expectativas, en mis normativas.  Tal vez espero un Mesías distinto, estructurado, espectacular… y Jesús viene siempre cercano, humilde, demasiado humano para mis gustos. Tan humano que recurrió a una vulgar y sencilla “estrategia política” para anunciarnos su proyecto de vida, el sueño de Dios, su Voluntad sobre nosotros.

Después agregó: «Les aseguro que ningún profeta es bien recibido en su tierra. Yo les aseguro que había muchas viudas en Israel en el tiempo de Elías, cuando durante tres años y seis meses no hubo lluvia del cielo y el hambre azotó a todo el país. Sin embargo, a ninguna de ellas fue enviado Elías, sino a una viuda de Sarepta, en el país de Sidón. También había muchos leprosos en Israel, en el tiempo del profeta Eliseo, pero ninguno de ellos fue sanado, sino Naamán, el sirio».

Al oír estas palabras, todos los que estaban en la sinagoga se enfurecieron y, levantándose, lo empujaron fuera de la ciudad, hasta un lugar escarpado de la colina sobre la que se levantaba la ciudad, con intención de despeñarlo. Pero Jesús, pasando en medio de ellos, continuó su camino.

Lo más fuerte de este pasaje es el rechazo. Jesús, al confrontar la cerrazón de su pueblo, se vuelve incómodo, y lo expulsan. Y me pregunto: ¿cuántas veces expulso yo al Señor de mi vida porque no responde a lo que yo quiero? ¿Cuántas veces rechazo y excluyo a aquellos que me parece que no están en el lugar “correcto”?  

Este pasaje también me invita a revisar mis resistencias. ¿Qué tanto dejo que Jesús me sorprenda en lo cotidiano? ¿Acepto un Dios que se sale de mis moldes y me llama a abrir el corazón a los demás, aunque sean distintos? Hoy entiendo que creer en Cristo no es aplaudir sus palabras bonitas, sino dejarme transformar por un amor que me incomoda y me envía.  Así lo entendió perfectamente, San Antonio María Claret.


1 de enero de 2025

¡Bienvenido 2025!

 

Ha comenzado un nuevo año.  Y con él, repetimos reuniones, fiestas, tradiciones, actividades, encuentros.  Volvemos a comprometernos con otros y con nosotros mismos con los mejores deseos y las mejores intenciones:  menos dulces, más ejercicios, dieta más sana, menos grasas, etc.  Pero también resolvemos gastar menos, ahorrar más, ir menos a las tiendas e ir más a visitar a la familia, etc.

Ciertamente que, aunque el 31 de diciembre es un “día más”, no está nada mal el detenernos un día al año a reflexionar y evaluar cómo hemos vivido los últimos 365 días.  Aunque me temo que esto último no es una actividad que apetezca a muchos.

Se invierte mucho tiempo en planificar la despedida de año.  Desde la ropa que deseamos ponernos esa noche, lo que deseamos cenar, qué tipo de fiesta hacer y sobre todo, con quién y dónde celebrar.  Son tantos los detalles que no creo que sobre el tiempo para hacer un recorrido de la andadura hecha los últimos 365 días.  Eso nos tomaría muchísimo tiempo (del que no disponemos) y además, nos arriesgamos a que se nos afecte el ánimo, que hemos estado cuidando con mucho mimo para estar “set” esa noche.

Porque en 365 días, pasan muchas cosas y no son pocas las que queremos olvidar.  Hemos tenido años “mejores” y otros no tan buenos, pero un 31 de diciembre, precisamente ese día, como que no es el mejor, para hacer inventario. 

Nos puede la ilusión de celebrar una noche llena de magia, donde queremos sentirnos rebosantes de alegría, de fuerzas, de ánimos y con una dosis alta de creatividad para vislumbrar un nuevo año que ciertamente será y por mucho, mejor que este que estamos terminando.

Así me sentí yo también muchísimas veces, muchísimos 31 de diciembre.  Con deseos de olvidar las tristezas, las dificultades, los problemas, las incoherencias y errores cometidos y privilegiar el recuerdo de los “buenos” momentos, de las alegrías, de los logros, de los aciertos, etc.  Distinguiendo unos momentos de otros, clasificándolos entre buenos y malos, sintiéndome agradecida y feliz ante aquellas horas de alegría y sintiéndome culpable por las metías de patas, por las malas decisiones o errores cometidos.  Lamentando las fragilidades y con un profundo deseo de borrar de mi corazón todo aquello que en su momento me hizo sufrir.

Hoy, y creo que por vez primera en mi vida, en la total oscuridad de mi 31 de diciembre (ya que hubo un apagón general en mi querido Puerto Rico), en la total ausencia de luces de colores, en el hondo silencio de mi propia alma, di gracias al Señor por los 365 días vividos durante este 2024.

Y me sentí, y me siento, profunda, honda y sinceramente feliz, agradecida, bendecida, privilegiada, por haber ocupado un lugar en el cosmos durante el pasado año, por haber sido parte de un todo que supera todo entendimiento y al que estoy sujeta y acompañada en todo momento. Por haber tenido oportunidad de respirar, de caminar, de hablar, de tener vida, salud, familia, amigos, comunidad; tantas cosas!

Cometí errores, tomé malas decisiones, tuve desaciertos y cometí pecados.  Y lo mejor de todo ha sido, que por pura Gracia, todo ello fue ocasión de madurez y crecimiento.  Al recordarlos hoy, los miro con total libertad y suma compasión. 

Por supuesto que tuve muchísimos momentos de alegría, de logros, de metas alcanzadas, sueños logrados.  Hoy, ciertamente que los agradezco, pero me tranquiliza mucho más el haber aprendido a disfrutarlo sin remordimiento, sin sentirme culpable (como en ocasiones anteriores) de haber disfrutado todos y cada uno de los regalos recibidos por mi Buen Padre con humildad y alegría.

En resumen, este 2024 me ha dado una gran lección que es el mejor deseo que tengo para todos:  aprendí a que debe vivirse un día a la vez, con la certeza de lo fascinantemente incierto de la vida, en la confianza de que Quien lleva mi vida, lo hará siempre, desde su desmesurado Amor por mí;  que todo lo que me pase, será para mi bien y que la realidad que se me presente, será su Voluntad y me dará los recursos para tener claridad y sabiduría para comprenderlo.

Mi deseo para este nuevo año es que pueda estar despierta ante todos y cada uno de los detalles que voy encontrando durante el día.  Atenta a todos los ángeles que se van acercando y me ofrecen compañía, apoyo, ayuda, alegrías, consuelo, …atenta a las ocasiones que se me ofrecen para servir, para “estar” con otros…despierta ante los acontecimientos que voy viviendo y que son siempre escuela de aprendizaje.

Deseo estar atenta y dispuesta a silenciar los ruidos que me orillan a tiempos perdidos en banalidades y privilegiar espacios para acallar mi verbo, vivir desde y para el silencio, para ESCUCHAR, para AMAR y vivir en PAZ...