25 de enero de 2026

"No somos lo que nos falta"

 

“Más aún; nos gloriamos hasta en las tribulaciones, sabiendo que la tribulación engendra la paciencia; la paciencia, virtud probada; la virtud probada, esperanza, y la esperanza no falla, porque el amor de Dios ha sido derramado en nuestros corazones por el Espíritu Santo que nos ha sido dado.”    (Romanos 5:3-5)

Mi querido hermano Manolo (Manuel Pliego, cmf.) ha escrito en su página de Facebook una oda muy hermosa y profunda, sobre su experiencia en Dosek; una comunidad aislada, según él expone, de nuestra vecino y tan sufrido pueblo de Haití.

Describe de manera magistral la participación de un coro compuesto por doce mujeres durante la Eucaristía.  Y lo hace desde las heridas abiertas de caminos matizados por la precariedad, pero fortalecidos por el Sol que sale día tras día a su encuentro.

Ojalá puedan ir a su página y leer lo que ha escrito.  Estoy segura, que se emocionarán al igual que yo hasta las lágrimas.  Porque ha sido verdaderamente un encuentro con el Dios de la Vida, desde esa parte virginal del alma.

Ha sido su experiencia, una personal, que desde ya agradezco infinitamente que la haya compartido con todos; pero me ha quedado resonando en el corazón de modo que me ha abierto a la comunión.

Una de las cosas que más me ha calado es la frase: “No somos lo que nos falta”.

Y siento que esta frase es casi una bienaventuranza contemporánea. Nos recuerda que la pobreza, la exclusión o el abandono no agotan la verdad de una persona ni de una comunidad. Hay una identidad más honda, sellada por el amor de Dios, que permanece incluso cuando todo alrededor se derrumba. Ese canto, nacido de gargantas sencillas, se vuelve teología viva: afirma que Dios sigue habitando la historia, aun cuando la historia pretende desmentirlo.

La escena del coro en Dosek es pascual. Como en la mañana de Pascua, cuando unas mujeres fueron las primeras en anunciar que la muerte no había vencido, aquí son también mujeres las que, con su voz, anuncian que la vida resiste. Su canto no es ingenuo; es un acto de fe que atraviesa el dolor y lo transforma en súplica, en alabanza, en confianza.

Esta experiencia interpela también a nuestras propias comunidades. ¿Desde dónde cantamos, oramos y celebramos? ¿Desde la queja por lo que falta o desde la gratitud por la presencia de un Dios que permanece? Haití, a través de estas mujeres, nos evangeliza: nos enseña que la fe auténtica no espera condiciones ideales para alabar, sino que hace de la alabanza un acto de perseverancia y de esperanza.

Al final, su canto nos devuelve a lo esencial: somos un pueblo habitado por Dios. Y mientras esa certeza se haga voz, gesto, comunidad y celebración, ninguna noche será tan oscura como para apagar del todo la luz. Porque, en Cristo resucitado, incluso los pueblos heridos pueden seguir cantando su vida.

Manolo… Lo que has vivido en Haití es un regalo de Dios. No todos reciben la gracia de tocar tan de cerca el dolor y la esperanza de un pueblo, y salir de allí con el corazón transformado. Es un privilegio que el Señor te haya confiado esa experiencia, porque solo a quienes ama y prepara para una misión más grande les permite ver su rostro en los más pobres. Es también una bendición, no solo para ti, sino para todos los que ahora escuchamos tu testimonio y somos evangelizados por lo que Dios hizo en ti y a través de ti.” ¡Gracias! ¡Ánimo!  ¡Te rezo y abrazo fuerte!