10 de mayo de 2020

A los 56 días de mi cuarentena...

Hoy domingo 10 se celebró el Día de las Madres.  Día en que tradicionalmente se reúne toda la familia para festejar la maternidad de tantas mujeres que han recibido este bendito don, siendo extensión del Amor entre nosotros. 

Es un día donde acostumbramos a ir a misa temprano y luego llegar hasta nuestra casa materna. Llevamos flores, regalos, dulces; pero sobre todo, muchísima alegría y deseos de compartir con el ser que nos ha dado la vida.  En la casa van llegando los hijos, los tíos, los nietos y de pronto, sin ninguna planificación, tenemos una gran fiesta.

En la misma, compartimos las mismas historias, los mismos chistes, como también el mismo pernil de cerdo y el postre de la abuela que todos esperan.  Es momento de ponernos al día de todo lo que acontece en la familia.  Las preocupaciones de algunos, las deudas de otros, el nuevo noviazgo, el súbito divorcio, el nuevo trabajo, bebé en camino, etc.

Este día, las madres reciben más besos y abrazos que todos los que hayan podido recibir en los pasados seis meses.  Es el día de la ternura en abundancia, donde vamos vaciando los cariños guardados, las caricias escondidas…cuando llega el hijo que hace tiempo no venía a la casa, cuando llega de sorpresa la hija que había abandonado el hogar, cuando todos recuerdan que hay una madre que ha estado allí, en aquella misma casa, en el mismo lugar desde siempre.  

Pero este día es cuando ella en maternal amnesia, recibe, acoge y celebra feliz con todos y cada uno de sus hijos.  Con el que vive con ella, con el que la visita diariamente y también con el que llega solo cuando hay fiesta.  Este día se olvidan los rencores, las traiciones, los abandonos, las tristezas.  Es el día de celebrar el bendito don de la maternidad, que todos, absolutamente todos, reconocen y agradecen.  Por supuesto, que en diferentes grados, de distintos modos.

Hoy, todo ha cambiado.  Los hijos van llegando a la casa, pero no se han podido acercar a mamá.  Hay una distancia que no permite los abrazos, los besos, las caricias.  Las mascarillas solo dejan ver las miradas ávidas de ternura, y en ocasiones amenazados de tristeza.  No hubo apuro por escuchar música, se han olvidado los regalos, y no han llegado todos los de la familia; solo unos cuantos.

Se han inventado nuevas historias, más científicas, más salubristas.  Competimos entre nosotros mismos, queriendo demostrar quién sabe más del COVID 19.  Se habla de estadísticas, de curvas, de picos, de muertes, dolor…esperanza.

Hoy, a los 56 días de estar en cuarentena, he salido por vez primera de mi casa.  Pensé que no funcionaría mi carro por los días que llevo sin usarlo.  Gracias a Dios que no tuve ningún problema con él.  Salí a visitar la casa de mis padres. El camino se me hizo más largo.  Mi primera salida, después de tanto tiempo, pero hoy, es Día de las Madres y la mía tiene 88 años y tiene cáncer, y es la más maravillosa de las madres.

Imposible no ir hoy a verla, nuestras miradas tenían urgencia de encontrarse.  Allí con mascarillas, distanciadas, compartimos la alegría del encuentro, y una pizza recalentada.  No hubo música pero sí dulces palabras.  No hubo regalos, pero sí presencia.  Llegaron mis hijos y también mi hermana.  Llamadas virtuales con mi otra hermana, con otros nietos y también una que otra lágrima.

Fue una tarde muy distinta a las acostumbradas. No recuerdo haber conversado sobre nada que no tuviera relación con lo que estamos viviendo con lo de la pandemia.  ¡Hay tanta impotencia ante esto!  Pero la alegría mareaba el ambiente y nos animaba a inventar palabras, a construir futuros.

Antes de irnos,  se hizo un Tik Tok con la abuela e intercambiamos direcciones donde podemos conseguir lindas mascarillas.  Comentamos que era la primera vez que no hubo arroz ni carne en la casa, ¡pero no faltó el postre de la abuela!

Hoy no puedo escribir más…hay demasiados sentimientos encontrados.  Siento que las palabras se atropellan en mi interior, pero no encuentro salida para ellas.  Pero me quedo con el corazón agradecido por haber tenido la oportunidad de gritarle con la mirada a mi madre cuánto la amo.

9 de mayo de 2020

A los 55 días de mi cuarentena...

El día de hoy transcurrió entre libros, Netflix y aromas almendrados en la cocina.  Fue un día enmudecido y bastante sobrio. Salí por algunos minutos a caminar en el Área Recreativa del Condominio donde vivo.  Bajo un fuerte sol y una temperatura bastante alta, la piscina parecía algo burdo.  Los columpios mecidos por el viento y no por los niños, la cancha de baloncesto sin gritos ni tiros al canasto…no había nadie, era una escena desierta de voces, de rostros, de todo.  

No fue agradable el paseo, por lo que decidí regresar a mi apartamento y refugiarme en mi cocina.  Mientras preparaba la masa para unas galletas; pensaba en María.  Me preguntaba qué pensamientos tendría ella cuando amasaba el pan.  ¿Qué cosas recordaría de esas que llevaba escondidas en su corazón?

María siempre escuchaba su corazón y fue una mujer que cuidó mucho lo que iba aconteciéndole por dentro.  Necesito aprender mucho de Ella.  Darme cuenta que las voces importantes no son las que escucharé afuera, sino, la Voz que habita ya en mi interior.  Las transformaciones ocurren de adentro hacia afuera, nunca al revés. Hay necesidad de interiorizar, de mirar muy adentro porque a veces, se nos olvida de qué estamos hechos.

En el centro, justo ahí, debo encontrar mi esencia.  Donde puedo desentenderme de la necesidad de ser tomada en cuenta por alguien.  Muchas veces nos sentimos orillados ante la necesidad de la aprobación de los demás. Y no quiero intentar ser otra, porque no por eso me van a querer más.  Aunque una de las necesidades básicas del ser humano es el sentirse amados, pienso que de esto tendríamos que aprender también a desentendernos.

Fundamentalmente sí tendría que tener necesidad de ser amada, pero cuando esto signifique sentirme aceptada como soy, respetada y valorada.  Cuando se reciba del otro, el deseo de compartir y no haya necesidad de rogar migajas.  Cuando se sienta reciprocidad de cariño, de ternura, de entrega y fidelidad; no cuando somos piezas a moverse por antojo sobre un tablero, cuando somos las soluciones rápidas, cuando somos la respuesta inmediata a la necesidad del otro.

La aceptación de mi persona tiene que tener sabor a dignidad, a valorar la propia vida.  De mis necesidades solo me salva el amor incondicional de Dios. Me ama como soy, no como tendría que ser.  No tengo que intentar ser otra, ni tratar de disfrazar mis limitaciones ni debilidades.  Él las conoce todas.  Al igual que María, estoy bajo su mirada; bajo su misericordiosa y amorosa mirada.

María me recuerda mucho esa mirada de Abbá.  El sentirse mirada, era sentirse aceptada y amada como era, no como debería haber sido la Madre del Salvador.  De ahí, que su hondo “Sí” tiene la belleza de sentir que Alguien creyó en Ella por quien era, no por lo que hacía.

No quiero ser querida por lo que hago, porque cualquiera puede hacer lo mismo que yo y mucho mejor.  Quiero ser amada por quien soy.  Sentir esa mirada de Amor que recibió María.

8 de mayo de 2020

A los 54 días de mi cuarentena...

Viernes, fin de una nueva semana en cuarentena.  Día de recapitular muchas cosas, de querer terminar tareas pendientes e intentar esbozar un “plan” para el fin de semana.  

Temprano en la mañana, una llamada telefónica fue la que me despertó literalmente.  No era tan temprano, pero sí para mí que tengo mi horario invertido.   Era una llamada importante, donde necesitaba estar bien despierta porque implicaba compromisos a corto y a largo plazo.  Por suerte, pude despejarme bastante rápido del sueño y responder con claridad mental lo que me estaban consultando. Comencé la llamada aun en la cama y al terminar ya estaba terminando de tomarme un café en el balcón.

Luego, tuve una reunión vía Zoom a media mañana, que terminó como todas las reuniones, con una lista de nuevas tareas.  Algunas de ellas a ser calendarizadas y otras que hay que comenzar a trabajarlas de inmediato. (Ya queda anulado el plan para el fin de semana.)  En la tarde, preparación de materiales y conversaciones telefónicas, que por cierto, hoy, fueron extensas, todas. 

Ya en la noche, disfruté extasiada, de la luna, que ha estado espectacularmente hermosa durante toda la semana.  Recordaba cómo la había redescubierto hace tres años, tras el paso del huracán María.  Cuando se ausentó la energía eléctrica, se descorrieron los velos del cielo para sorprendernos con aquella hermosa luna y aquel manto de estrellas que nos regalaron noche a noche claridad y belleza.  Era como si hubiese mirado el cielo por primera vez.  Fue ahí, cuando caí en la cuenta de cómo las prisas y la rutina me habían privado de atestiguar esta maravilla.  Algo tan hermoso y gratuito y yo, sencillamente, ignorándolo.  Desde entonces, procuro siempre alargar la mirada y dejarme seducir por la belleza que siempre esconde la noche.

Traje a mi corazón muchas de las palabras que compartí durante el día. Muchas de ellas expresan sentimientos encontrados.  Nos encontramos protagonizando una historia que nos parece inverosímil, surrealista y en momentos, hasta cruel.  Cada día nos levantamos con la esperanza de escuchar la noticia de que ha terminado la grabación de esta película y que volveremos a retomar nuestra identidad y olvidarnos del papel que nos ha tocado interpretar durante la cuarentena.  

En ocasiones, tememos que podamos sufrir del síndrome “La cabaña”; que consiste en tener reservas para regresar a la normalidad por temor a lo que podamos estar expuestos. Por ende, preferimos, quedarnos en la casa, continuar con la cuarentena.  Nos sentimos más seguros en casa, aislados y con cierta garantía de que no nos pasará nada.

Experimentamos una montaña rusa emocional que amenaza con quebrar nuestro espíritu.  Hay días que, desde que abro los ojos, siento una gran fuerza interior que me impulsa a realizar todas y cada una de las cosas que tengo que hacer durante el día, de una manera sosegada, contenta y en paz. Otras veces, me tengo que violentar, hacer fuerzas para abandonar la cama y arrastrando los pies, hacer lo que toca hacer. 

Sea de una manera u otra, no tengo la menor duda que ha sido Dios quien me ha insuflado su Espíritu para capacitarme y sostenerme. Yo no podría por mí misma, jamás, sobrellevar esto.  Esta realidad es una de las cosas que le pido al Señor, me deje estar siempre consciente.

Considero que ser consciente es un don de la vida espiritual. La mayor parte del tiempo tenemos consciencia en retrospectiva.  Miramos hacia atrás, hacia alguna experiencia que hayamos vivido en el pasado, y solemos decir: “ah, ahora entiendo porque me pasó tal o cual cosa”.  Esto es tener consciencia en retrospectiva.  

Y siento que Dios quiere darme consciencia ahora, en mi presente.  Que esté plenamente consciente de cada bocanada de aire que respiro, de cada lágrima que lloro, de cada sonrisa que esbozo, de cada palabra que escribo.  Ser consciente para poder encontrarlo en la cotidianidad de mi vida, en las cosas sencillas, al prepararme un café o al mirar la luna.  Dios se vale y muchas veces así lo prefiere, de las cosas más simples para mostrarnos su Rostro.  ¿Habrá algo más sencillo que un niño en un pesebre?  

El tener consciencia en mi presente, es reconocer que Dios está en el aire que respiro, en las personas que quiero y me quieren, en la energía que me hace trabajar.  Es mirar esta experiencia con los ojos de la fe; donde cada noche oscura, cada sufrimiento y cada dolor, ha testimoniado, cómo su fidelidad me ha sostenido.  Una vez más, le pido al Señor, me conceda el don de ser consciente que soy una mujer bendecida, a la que ha cuidado con infinita ternura.  

A los 53 días de mi cuarentena...

El día transcurrió calurosa y rápidamente.
  
Recibí la llamada de una persona que me compartía sus impresiones sobre lo que escribo en este espacio.  Me decía que siempre se había preguntado por qué no “me daba la oportunidad” de disfrutar de la vida, asistir a fiestas con frecuencia, conocer personas, hacer vida social, etc.  

Le he dado la impresión a esta persona de que siempre he vivido en cuarentena.  Le asombra el que luego de más de 20 años de haber culminado un matrimonio, no haya decidido celebrar otro nuevo.  Le extraña que no sea fanática de fiestas de fin de semana o que no esté anotada en la lista de una de esas plataformas donde la gente “soltera” se conoce y van creando lazos afectivos y “efectivos”.  

Y me decía que luego de haberme conocido un poco más a través de lo que voy escribiendo; había descubierto, que por tal vez haber vivido del modo que ella entiende lo he hecho, es que puedo hoy “echar mano” de lo que había ido cultivando en mi existencia “cuarental”.  Tengo que confesar que además de sorprenderme muchísimo me he reído como loca.

Es increíble cómo nuestras vidas siempre tienen distintas percepciones.  Siempre dependerá del grado de cercanía que tengamos con los otros y por supuesto de las historias y experiencias compartidas.  No considero que haya vivido en cuarentena siempre, para nada.  Pero creo entender lo que me exponía esta persona.  Porque para ella, el no llevar una vida social activa desde la perspectiva de participación de fiestas, bailes y otras actividades similares, es sinónimo de privación o ayuno de cosas básicas y/o importantes.  Tampoco es muy común que las personas se casen solo una vez en la vida.  También estoy consciente que está de moda el que las personas solteras se anoten en clubes cibernéticos para intercambiar sus experiencias y que tal vez puedan ir creando lazos de amistad que culminen en relaciones más profundas. Sé que mucha gente está enganchada en esto y el no estarlo es lo “raro”
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Bueno, ciertamente que no esta persona, sino algunas otras ya me han dicho en muchas ocasiones que soy medio rara.  En realidad, no soy rara, pero sí, confieso que siempre me he sentido un poco desubicada en el contexto histórico que me ha tocado vivir.  Como a la mayoría de los puertorriqueños, me encantan las fiestas, los bailes.  Pero prefiero las sobremesas.  Soy muy sociable.  Me gusta mucho el teatro, el cine, pero me apasiona compartir un café con alguien.  Hablo mucho, sueño mucho, soy muy apasionada.  Y también esto es “raro”.

Hoy día la gente en general, vive su existencia en formas más prácticas.  Se preparan desde muy jóvenes para completar estudios que culminen en carreras exitosas, prestigiosas y sobre todo que les garanticen entradas económicas que les permitan llevar una vida confortable.  Y no hay nada malo en esto. Además, vamos preparándonos para enfrentar la brutal competencia laboral a la que estamos todos expuestos en algún momento de la vida.  No basta con los conocimientos académicos, hay que valerse también de habilidades, estrategias, “mañas” para podernos colocar y asegurarnos un lugar en la sociedad.  

Si no fuera suficiente el tiempo físico y emocional que nos requiere lo anterior, también y simultáneamente,  hay que ir eligiendo un deporte, un pasatiempo (hobbie), en el que nos sintamos identificados y nos ayude a identificarnos ante los demás.  Hemos de elegir una ideología política, otra religiosa y por si fuera poco, es nuestra responsabilidad el ir construyendo el mundo en el que queremos pasar el resto de nuestra vida.

Dentro de esta natural y complicada madeja, nos encontramos todos los seres humanos ante uno de los grandes retos de la vida:  OPTAR.  Elegir, privilegiar.  Y el arte de optar no es escoger lo bueno vs. lo malo; sino saber elegir no lo bueno, sino lo mejor.

Yo me siento en paz conmigo misma.  Creo que la persona que me llamó tiene un punto muy válido.  La forma en que he vivido mi vida, puede parecer extraña, rara, o hasta equivocada para mucha gente.  Sé que no entro en patrones pre-existentes, ni en la normativa generalizada.  Pero conozco muchísima gente que al igual que yo, hemos tenido el don de haber descubierto no alguno bueno, sino, Mejor.  

He descubierto una libertad interior que me libera de la esclavitud de costumbres o pensamientos que imponen unos pocos con los cuales no me siento en comunión.  Entiendo que cualquier tipo de esclavitud interior limita mi capacidad de amar a Dios y a los demás.  Y quiero serme fiel, ser auténtica en todo momento y en todo lugar. 

Disfruto de la poesía, (que no está de moda) de leer buenos libros, de soñar despierta, de inventar medios para satisfacer mi necesidad de expresiones solidarias.  Me encanta compartir con los amigos, me encanta cocinar pero sobre todo, compartir la mesa.  Valoro y amo los espacios de comunión con los hermanos, compartir la Palabra, la vida misma...

Además, también he descubierto que el haber hecho opciones en mi vida, me han ayudado sin duda, a poder cultivar en mí un espíritu libre, responsable, amoroso y abierto a las mociones del Amor, que en definitiva, es lo único y verdaderamente importante para mí.

No he vivido siempre en cuarentena; pero agradezco profundamente al Dios de la Vida por haberme permitido vivir ésta; porque he descubierto nuevos matices, nuevas maneras y modos de amar.  Soy muy sencilla, básica en mis cosas, no hay nada extraordinario en mi vida, pero me siento agradecida con lo recibido.

Y le agradezco también, el que me de la oportunidad de poder transparentar un poco mi interior para que las personas, como las que me llamó hoy, puedan conocer a una persona "raramente normal".

6 de mayo de 2020

A los 52 días de mi cuarentena...

Ya termina el miércoles, la mitad de la semana.  Estos días se sienten de menos horas, van muy a prisa. Entre el baño, el desayuno, orar un poco, ver titulares de noticias, ver mensajes y/o correos,  se me escapa la mañana.  En la tarde, continuar con las tareas pendientes, reuniones por Zoom, y un espacio para comenzar a leer, mi quinto libro de esta cuarentena. 

En la noche, uno de los momentos que espero con muchísima ilusión, semana tras semana por más de 20 años; el encuentro con mi pequeña comunidad.  Con esta segunda familia que el Señor me ha regalado, y por la que me siento sumamente agradecida.  Compartir las alegrías, las preocupaciones, la oración, nuestras continuas búsquedas de lo trascendente…la vida misma.  Es un privilegio y don mi comunidad.

Más tarde en la noche, me llevo una gran sorpresa.  Un amigo me comparte unas grabaciones, de unas canciones de Silvio Rodríguez, pero grabadas con su voz y con los acordes de su guitarra.  Me sorprendió muchísimo por varias razones.  Primeramente porque aunque no lo conozco de mucho tiempo,  lo que he conocido de él es una gran capacidad para resolver asuntos matemáticos.  Es una gran persona, noble, excelente esposo y padre, responsable, pero hombre de cálculos, teoremas y sistemas.  

En segundo lugar, me sorprendí porque desconocía esa sensibilidad en él.  Confirmo una vez más que todos pecamos al dejarnos llevar por las apariencias.  Encasillamos a la gente según la percepción que tengamos de ella y luego pasan estas cosas que nos sorprenden.  Además de ser autodidacta, porque aprendió a tocar guitarra solo; por muchos años estuvo escribiéndole cuentos a sus hijos cuando eran pequeños.  Con estos, les acompañó por muchos años, noche a noche.  Hoy día, sus hijos ya grandes, le preguntan por la suerte que han corrido los personajes que solo existieron en la mente de papá.

Me comenta este amigo, que en esta cuarentena le han resultado ser grandes acompañantes, la Palabra, que escucha en las mañanas (de los podcasts Claretianos) y una guitarra.  Ha desempolvado una muy vieja, que llevaba mucho tiempo olvidada en un rincón de la casa.  La tomó entre sus brazos, y en homenaje a los abrazos contenidos, fue rasgando unos acordes de canciones muy queridas por él, que le han acompañado en momentos cruciales de su vida.

No hay duda que la música puede ser de mucha ayuda en estos días difíciles que estamos viviendo.  Si la usan en las oficinas dentales para tranquilizar a sus pacientes (y lo logran), si en los centros comerciales nos la están ofreciendo constantemente para animarnos a consumir (y lo logran), si la utilizan en la escuela, para que los niños aprendan cantando las tablas de multiplicar (y lo logran); quiere decir que ciertamente la música es casi milagrosa.  Además, está comprobado, que la música puede ayudar a calmar la ansiedad, la depresión, el estrés.

Y estos días, todos hemos experimentado la capacidad (¿necesidad?) de priorizar lo verdaderamente importante para cada uno.  Recuerdo un pensamiento que leí el otro día del dramaturgo español  Boadella: “Cuando uno va viendo que la cuenta atrás se hace más corta, empieza a sintetizar, trata de buscar lo esencial …”

Admiro la actitud de las personas como este amigo, que a pesar de encontrarse a más de mitad de su vida, en situaciones nada favorables; no le teme a la novedad y a los nuevos comienzos.  Personas que no ceden ante la tentación de frenar los espacios de aprendizaje y que se dan cuenta que nunca es demasiado tarde para intentar cosas nuevas, sino que se nos hace tarde cuando dejamos de intentarlo.

Es lo que está haciendo mi amigo.  Ha rescatado su vieja guitarra, aprendiendo nuevos acordes y nuevas canciones.  Y en medio de este tejido sonoro de palabras humanas, se va entretejiendo la gracia y la Palabra de Dios que descienden como bendición sobre él y le llenan de Paz.  Su experiencia es una onda expansiva, que al llegar a otros, junto a su escucha atenta de la Palabra, le va transformando en bendición para otros.  Eso ha sido él esta noche para mí, un signo de bendición.

¡Gracias!

5 de mayo de 2020

A los 51 días de mi cuarentena...

Un nuevo día, y con él, una nueva oportunidad de comenzar de nuevo.  Siempre se puede volver a empezar y colocar el cronómetro en cero.  Es el milagro de la gratuidad del tiempo que recibimos. 

El gobierno ha flexibilizado un poco la cuarentena, por lo que ciertos sectores del país han regresado desde ayer a una cierta “rutina” de trabajo.  Son pocas áreas, pero tal pareciera que fuera la mayoría de la fuerza laboral, por la cantidad de tráfico que hay en las calles.  

Además, las tiendas que supuestamente no deben estar operando aún y que no menciono los nombres por aquí, porque no les daré publicidad gratuita, sí que estaban hoy a tope.  De hecho, me consta, que llevan ya dos semanas operando de modo regular.

Tiendas que no solo tienen una sección de farmacia o alimentos, sino que venden desde ropa hasta máquinas trotadoras.  No tan solo están violando la ley sino que además con ese afán de lucro;  ponen en riesgo los grandes esfuerzos que se han hecho para controlar los contagios del terrible COVID.

Me comentaba un amigo que descubrió esta situación en la mañana de hoy, y ante su incredulidad, decidió entrar a la tienda porque quería corroborar personalmente, lo que ya le habían comunicado.  Efectivamente, paseó por los inmensos pasillos y enormes góndolas que estaban abarrotadas de todos los productos necesarios y también de los que nos hacen falsamente creer que lo son.  Las cajas estaban todas abiertas y en cada una de ellas, una empleada, por supuesto con su mascarilla, que combinaba perfectamente, con el uniforme.

Lo que he escrito hasta ahora no es novedad para mí y estoy segura que tampoco para la mayoría de la gente en mi país.  No es algo que a mí personalmente me quite el sueño.  Lo que sí me llama la atención es que en estas tiendas, como en las farmacias que sí están autorizadas a operar; se está dando un fenómeno ciertamente novedoso.

La mayoría de los que están asistiendo a estos negocios, no son los jóvenes inquietos, que se han cansado de estar encerrados en sus casas.  No.   La mayoría de los que están saliendo de sus casas diariamente y que visitan las farmacias, los supermercados y estas mega tiendas; son las personas mayores.

Tienen la hipoteca pagada, los hijos fuera de casa, se han jubilado y disponen de miles de horas libres.  Por eso se han convertido en los nuevos “cheches de la película”; los que encabezan las listas del consumo.  Y por eso, las multinacionales se arremangan para inventar productos y servicios dedicados exclusivamente a este sector, que estuvo olvidado por mucho tiempo, pero que ahora, se han convertido en el grupo mayoritario.

Este grupo, al que se comienza a pertenecer a partir de los 55 años, se encuentra en la etapa de los “escapes” porque no es nada agradable que te llamen y traten como una “persona mayor”.  Y eso, es harto conocido de los grandes publicistas de las multinacionales.  Ya no se habla de personas mayores y se ha pasado de la “tercera edad”, a la elegante categoría “senior”.  

Muchos años atrás, el comercio se enfocaba en promocionar productos para la gente joven.  Se entendía que luego de los 50 años, ya se dejaba de “consumir”, de gastar en productos que dejan un buen margen de ganancia.  Pero eso ha cambiado diametralmente.  Hoy día, los “seniors” tienen mejor salud, mejor educación y más poder adquisitivo y por eso son los que están constantemente en las mentes creadoras de las agencias publicitarias.  Y me temo que a pesar de estos “adelantos” siguen siendo una población vulnerable a la que pueden engañar muy fácilmente.  Y eso sí que es, motivo de preocupación.

Les hacen llegar a pensar en esta etapa, que ya se han ocupado toda una vida por la familia, por los hijos, por los nietos; y ahora les toca cuidarse y mimarse a ellos mismos.  Les insisten en que deben dedicarse a satisfacer deseos no satisfechos en otras etapas de su vida.  Se dejan vencer por la tentación de vivir “mirándose el ombligo”, con el pretexto de que a su edad ya no podrán hacer nada por cambiar la realidad; que los problemas de salud le superan, que las dificultades de los hijos les sobrepasan y que la única salida airosa es preocuparse por “lo suyo”.

La publicidad les habla constantemente de las cremas para borrarse las arrugas, tintes para borrar las canas.  Ya no es necesario pagar una mensualidad en un gimnasio, porque hay una gran variedad de máquinas y equipos que pueden utilizar desde la comodidad de su casa.  Hay descuentos en cines, en teatros, en restaurantes.  Todo se vale, siempre que se concentren en ellos mismos y se olviden de mirar hacia afuera.

No puedo imaginar qué hubiera pasado si los Tres Reyes Magos hubieran pensado así…porque en todas las imágenes que por siglos se han recreado, vemos a tres “seniors” persiguiendo una estrella, desafiando a un rey, y en búsqueda del verdadero Rey.  Tampoco me imagino cómo terminaría la historia, si Isabel no se hubiera arriesgado a llevar a buen término su embarazo de Juan, el Bautista.  Era una senior cuando quedó embarazada.  Hay muchos ancianos protagonistas de grandes historias que han ocupado muchas páginas de la historia de la salvación.  La Biblia da fe de ello.  Y todos han vivido todos los días de su vida lúcidamente apasionados y siempre en función de los otros.  Esta actitud es la que les ha hecho ser fieles a su identidad, esa que no tiene edad.

Por eso me preocupa que se pretenda robar esta hermosa etapa a nuestros mayores, o seniors.  Es la edad de sí preocuparse por hacer ejercicio para el beneficio de la salud, pero no por no aceptar las inevitables huellas del tiempo en nuestra piel.  Es el tiempo de conversar con los más jóvenes para compartirles esa sabiduría acumulada.  Visitar lugares no conocidos, indagar sobre los enfermos de la comunidad para ver si se les puede ofrecer alguna ayuda; ensanchar los horizontes con buenas lecturas.  Esto impedirá morir a los 70 para luego ser enterrados a los 95.

Este tiempo, es el de la entrega total y gratuita.  El tiempo de la transparencia, de la verdad.  Esto no excluye el que nos cuidemos física e intelectualmente.  Significa que deberemos procurar un estilo de vida sano, saludable, bueno, pero en función de los demás.  Porque la Vida pasa siempre por los otros.

Pero sobre todo, es el tiempo de apaciguar el Espíritu para dejarse Habitar.  No para quedarnos en posición de loto, sino para que escuchando el latido del corazón de Dios en nosotros, podamos intuir el corazón de los demás.  

"La gloria de los jóvenes es su fuerza, y la hermosura de los ancianos es su vejez".  
Proverbios 20:29

4 de mayo de 2020

A los 50 días de mi cuarentena...

Cincuenta días de cuarentena, mi aniversario dorado, en el primer lunes de mayo.  

Conocemos al mes de mayo como el mes donde la naturaleza se engalana de una manera espectacularmente hermosa.  Además, celebramos el Día del Maestro y también, el Día de las Madres.  Este último tiene un gran arraigo en nuestra cultura y tradiciones familiares.  Por eso, supongo que la Iglesia ha elegido este mes para dedicárselo a María, la madre por excelencia.

Escuchaba hoy una reflexión sobre María y pensaba en los pocos momentos de su vida que aparecen en la Biblia. Todos ellos, momentos muy importantes por supuesto, pero en realidad numéricamente hablando, pocos.  Es como diríamos de manera vulgar: “no es cantidad, sino calidad”.

Repasé en mi mente, algunos de esos momentos, Nazaret, Belén, el templo, Caná, el Gólgota, Pentecostés…Ocasiones donde estuvo presente y a veces, solapadamente ausente. Y en todos y cada uno de esos momentos dejó grabada de una manera magistralmente sencilla, una rica enseñanza.  

Hoy día, me hizo mucho eco en el corazón, Nazaret.  Me gusta mucho esa María joven, dulce, de sandalias polvorientas y manos hacedoras de pan.  La imagino caminando diariamente hasta el pozo a buscar agua con un cántaro lleno de dulzura y un jilguero en la garganta. María sin pedestal ni doradas diademas.  La joven vacía de sí misma y poblada de Dios.

¡Cuánto quisiera sentirme así de liviana!

Nazaret fue testigo de las pisadas de María, cargadas de palabras, de gestos y generosidad.  Nazaret es el lugar de aprendizaje.  Allí Jesús aprendió a hablar, el lenguaje que María había comenzado ya en el Magnificat;  sobre los poderosos, los soberbios, los hambrientos y humildes de corazón.  En Nazaret compartirían palabras y conceptos.  Inclusión, apertura, donación, disponibilidad, amor.

Le pido al Señor, me conceda el don de ese lenguaje que sabe a Reino.

Puedo imaginarme a Jesús haciendo camellos con las virutas que caían de la mesa de trabajo de José.  Y María, ahí, mirándolo con infinita ternura.  Sospecho las largas sobremesas donde además del vino, abundaban las preguntas. Las sobrias narraciones de María salpicadas de inciensos y mirra que sabían a encarnación. 

María conservaba todas estas cosas meditándolas en su corazón.

María en Nazaret es vientre frutado de Evangelio.  Fue ella quien tejió en sus entrañas al sol que nacería de lo alto y que vendría a darnos Vida y en abundancia.  Es María la brisa que nos trae a Jesús, quien nos muestra el Rostro Amoroso hecho carne y nos invita a fecundarnos con Ella. 

¡María en Nazaret es caliz, es mesa, es fiesta!

3 de mayo de 2020

A los 49 días de mi cuarentena...

Un nuevo domingo en cuarentena.  Me costó mucho trabajo levantarme, apenas dormí unas horas anoche.  Me levanté tarde pero con deseos de continuar durmiendo. 

Encontré varios mensajes en el teléfono, algunos que había que responder, otros que podían esperar, pero en ese momento no reaccioné de modo alguno a ninguno de ellos.  Me sentía con muchísimo sueño y necesitaba despertarme bien para comenzar un nuevo día…

Luego del desayuno-almuerzo; celebré la misa.  Hoy, día del Buen Pastor y Día de oración por las vocaciones.  Unas lecturas y motivación hermosas.  Me disfruté mucho ese espacio de comunión con la Iglesia y con la comunidad, a pesar de que continuamos celebrando frente a una pantalla de computadora.  

Es curioso; no me gusta ver la celebración por teléfono desde la página de Facebook, porque comienzan a surgir una enorme cantidad de personas que están continuamente escribiendo de inicio a fin de la celebración.  Suben corazones, manitos, preguntan por Pepe o Juanita; envían saludos al fulanito o al Padre.  Solicitan intenciones de misa, inclusive, “aprovechan” el espacio para pedirse teléfonos o mandar mensajes a otros.  

No me mal interpreten, tengo muchísimos defectos, pero no me considero antipática ni poco sociable, pero me siento incómoda con estas prácticas, aunque respeto a las personas que lo hacen y jamás me atrevería a juzgarlos por esto, ni por nada.  Se trata de estilos, de gustos personales, muy míos.  

Entiendo que estas actitudes puedan responder a la gran necesidad de encuentro que todos tenemos,  sumado a la falta que nos hace vernos.  Creo que si había alguna persona que no había comprendido el valor de la comunidad, ha tenido muy buena ocasión para descubrirlo. 

La comunidad es, algo fundamental en mi vida.  Ha sido medular en toda mi historia de salvación y lugar privilegiado para las cosas que considero verdaderamente importantes. Muchas.  Una de ellas es, que es el lugar privilegiado de la acogida. 

La actitud de acoger nos capacita para compartir la fuerza de la Vida con los otros.  Es celebrar juntos el paso de Dios en nuestra historia.  Es celebración, banquete fraterno, pan fresco, fiesta. Es ir juntos, hacia las “fuentes tranquilas” y los “prados de hierba fresca” a las que nos guía el Pastor.  Acoger es aceptar, comprender, recibir, escuchar.  

Cuando nos acogemos unos a otros, vamos derribando los muros del egoísmo, de la soberbia y vamos construyendo relaciones sólidas, dialogales de comunión y fraternidad.  Al llegar a la celebración eucarística se experimenta, no solo una inmensa alegría; sino una profunda certeza de que hay una comunidad viva, que nos acoge y acompaña en nuestro camino de fe. 

La comunidad también es lugar privilegiado de la gratuidad.  Donde se comparten las alegrías, las preocupaciones, los logros, los fracasos, los miedos y frustraciones.  Todo dentro de un marco de completa libertad.  No se siente nada propio, todo es de todos.  No se trata de mi problema, sino, de nuestro problema.  No se habla de mi conversión, sino que todos trabajan para lograr la de todos.  En la comunidad, no voy a formarme; entro en proceso formativo con la comunidad. Todo es auténtica gratuidad, la gratuidad del Amor.

Y por supuesto que la comunidad es el lugar privilegiado para encontrarme con el Rostro de Dios.  Es a través de los hermanos, especialmente de los más pequeños y vulnerables que voy experimentando Su Presencia en mi vida, en mi comunidad.  El Dios de la Vida, el Resucitado, se me hace el encontradizo por medio de personas que al igual que yo, estamos en su continua búsqueda.

Podría continuar describiendo lo que la comunidad representa para mí, pero me alargaría demasiado.  Es que en realidad, mi identidad más profunda está inmersa y marcada por ella.  Soy comunidad.  No puedo ni quiero vivir mi fe en solitario.  No sé hacerlo.  No me entiendo viviendo al margen de la comunidad.  Es ella quien me alienta, acompaña, anima.  

Es la comunidad la que me confronta, la que me invita a pastorear y amar a las otras ovejas que están perdidas, más allá del redil. Es discernimiento, es Palabra, el deseo de una mayor cercanía con el Evangelio y un fuerte sentido de pertenencia a una gran y privilegiada Familia.

Comprendo perfectamente que la gente envíe muchos corazoncitos por Facebook durante la misa.  Puede ser su manera de exteriorizar su necesidad de “encuentro”.  La mía: la canalizo por este medio, sentándome a escribir noche a noche lo que va experimentando mi corazón.  Así que creo que estamos a mano.

2 de mayo de 2020

A los 48 días de mi cuarentena...

Esta mañana desperté, como todos los puertorriqueños: sacudida violentamente por un terremoto de 5.2 grados.  Eran las 7:13 am; y me encontraba profundamente dormida. Apenas había podido descansar unas horas la noche anterior, por lo que mi sueño sí estaba muy pesado.  

Se me hace muy difícil encontrar palabras que le hagan justicia a lo que siento, cuando experimento un temblor de tierra.  Vivo en un piso 18; razón por la cual, los movimientos telúricos se sienten particularmente intensos y ciertamente que me hacen sentir temor, no lo niego. No hay refrán más literalmente cierto que cuando “se nos mueve el piso”, no nos queda de otra que sacar de adentro.

Cuando nos encontramos acoplados ya a la quietud del aislamiento; la naturaleza viene a despertarnos de ese marasmo para recordarnos una vez más nuestra vulnerabilidad. Nos susurra tenebrosamente que la vida sigue desarrollándose más allá de nuestras visibles ventanas.  Que el confinamiento es arduo, pero para muchos, es una verdadera pesadilla. 

Traje a mi corazón a los hermanos del sur que desde hace ya cuatro meses, perdieron sus casas por el inolvidable terremoto del día 7 de enero.  Pensé en el sufrimiento que les está ocasionando esta terrible pandemia, cuando muchos de ellos, todavía, viven bajo una carpa en el patio de la casa.  

Creo que las limitaciones nuestras y la de los demás, tienen que ver con el Reino, mucho más de lo que podamos imaginar. En momentos que podemos considerar, de oscuridad; quiero recordar que la Biblia está llena de historias de hombres que pasaron por muchas noches de oscuridad y pobladas de grandes sufrimientos.  Hay que intentar familiarizarnos con las tinieblas que no son la Verdad absoluta, sino, la certeza de que la Luz nos va acompañando.

Frecuentar los lugares oscuros del Evangelio: Getsemaní… el Gólgota.  Grabarnos la imagen oscura de Aquel que entregó su vida por todos, radiante de Amor. Pasear imaginariamente por los pasillos de tantos hospitales del mundo donde la oscuridad se va metiendo por las habitaciones, en su afanosa búsqueda de arrebatar la vida. 

Quise traer a mi corazón, a tantas personas solas, quienes ya han agotado las reservas de paciencia luego de tantos días de absoluta soledad.  A tantos niños a quienes les hemos pedido de mil maneras que no corran más por la casa en su desenfrenado deseo de sentirse libres.  A los que huyen día a día de sus propias oscuridades y a las víctimas del abandono y la miseria.

Pensar en esto me ayuda a ejercitar mi fe, que es lo mismo que alegrarme con la Luz que me trae el Resucitado en medio de mis temores, de mis limitaciones humanas.  Cultivar mi convicción creyente de que además de oscuridad, soy otra cosa, que es posible trascender a la negatividad y dificultad del momento, que no quiero escapar de mi historia, sino, asumir el papel que Él ha designado para mí.

Quiero tener presente hoy, en el que a estas horas de la noche, aún no he podido olvidar el “jamaqueón” que me despertó en la mañana; quiero recordar, que  no siempre experimentaré la quietud, la tranquilidad, la Luz; pero sí que ofreceré humildemente la lealtad de un Amor que no me pertenece, porque ya me Habita.

1 de mayo de 2020

A los 47 días de mi cuarentena...

Hoy, el día fluyó menos intenso que el de ayer; al menos yo decidí vivirlo así. La mañana estuvo bastante calurosa, pero ya luego, al llegar la tarde, comenzó a mejorar mucho la temperatura.  Y entrada la noche, comenzaron a caer intermitentes aguaceros, algo leves, pero suficientes para regar la tierra reseca.

Observé desde temprano un gigantesco árbol que está en la acera justo frente a mi apartamento.  Recuerdo que cuando llegué aquí hace unos años atrás, fue para la última semana del mes de diciembre.  La primera vez que ví este árbol, fue cuando que me senté a tomarme mi primera taza de café en el balcón. En ese entonces me pregunté, cómo era posible que los dueños de la casa mantuvieran un árbol tan feo justo al frente de su casa.  Estaba completamente desnudo, seco, sin ningún hálito de vida y su apariencia era fantasmal. No era atractivo ni para los pajaritos.

Luego, comenzando el mes de marzo, reparé nuevamente en el árbol.  ¡Qué sorpresa! Las hojas saltaban a borbotones por las arterias de aquellas huesudas ramas.  Y el árbol comenzaba a teñirse de verde con algunas pinceladas anaranjadas. Mientras los días iban avanzando, un extraordinario y profuso pelaje se iba apoderando de mi vecino árbol.  Ramas nuevas, alegres, hermosas, se dejaban zarandear por el impetuoso e imprudente viento que suele pasar por aquí en las tardes.

Al llegar el mes de mayo este árbol se había transformado completamente.  No había ni una rama sin flores.  Era de una belleza indescriptible; tanto así que mandé a preparar tarjetas con fotografías que le tomé desde mi balcón.  Fue entonces, en mayo, cinco meses luego de aquella primera impresión; que comprendí por qué este roble permanecía en pie a pesar de la desnudez y fealdad mostrada en diciembre.

Como la vida del roble está latente en el corazón de sus bellotas, la plenitud de la persona está latente en cada ser humano en proceso de conocerse y descubrir sus talentos, sus posibilidades, mientras espera la oportunidad de florecer. Pienso que esta es una de las maravillosas alegorías de la naturaleza.

La persona experimenta durante su vida, procesos de cambio, de crecimiento, de transformación en una constante búsqueda de alcanzar su máxima realización.  Se conoce a fondo, se comprende dentro de una identidad que ha ido construyendo. 

Reconoce unos talentos y dones que le han sido dados.  Hay algo en su interior que le hace comprender perfectamente hacia dónde quiere dirigir su vida, y qué se espera de ella.  Siente un impulso interior para indagar cuál deberá ser su accionar y es donde va descubriendo sus dones y también sus pasiones.

Recuerdo que cuando estaba en la escuela superior sentí un fuerte impulso para estudiar teatro. Tenía una ilusión muy fuerte que luego se convirtió en una de mis mayores pasiones. Pero al final, como suele pasar frecuentemente en la vida, esta ilusión-pasión; sufrió un proceso de racionalización que terminó borrándola de mis posibilidades.  

Al mismo tiempo disfrutaba mucho el escribir versos que respondían a sentimientos que iba experimentando, y a la necesidad de entintar en papel el testimonio de mi andadura.   Y este segundo impulso tiene la misma raíz.  Está arraigado a mi identidad más profunda.  

El no poder estudiar teatro significó para mí una gran desilusión.  Me sentía como el roble en diciembre, despojada, desolada y dolida por no poder florecer y mostrar esos dones que creía poseer y quería desarrollar.

En la primavera de mi vida, descubrí nuevas ramas, nuevas hojas, otros brotes que no traicionaron mi identidad más profunda.  Los pájaros habían esparcido mis semillas en otras tierras y mis raíces fueron bebiendo otras aguas.  Nunca dejé de escribir, lo hago diariamente. Nunca llegué a pisar las tablas de un teatro, como nunca llegaré a escribir un libro.  

Pero, aunque mis inviernos sean más largos que los veranos; continúo en pie porque ya no es importante el follaje, sino la savia que me sostiene.