20 de abril de 2020

A los 36 días de mi cuarentena...

El día amaneció muy caliente.  No me apetecía desayunar en el balcón.  Las plantas estaban cabizbajas y mustias, añorando un poco de agua.  Me compadecí de ellas y antes de desayunar las rocié un poco.  Pobrecitas, el calor las lastima mucho. Al terminar de desayunar, participo de una reunión (relacionada a mi trabajo) por la famosa plataforma, Zoom.

Todavía me cuesta mucho comunicarme por estos medios tecnológicos, que aunque ciertamente son una tremenda herramienta que nos ofrece muchísimas posibilidades; no deja de hacerme sentirme  muy extraña. (soy de las que necesito “tocar”).

Luego de una mañana y media tarde centrada en trabajos, me premié con una buena dosis en mi cocina, ya que cocinar es una de las cosas que más disfruto hacer.  Tuve hoy la bendición de preparar también para mis seres amados (mis hijos) y aunque no puedo compartir con ellos, pude hacerles llegar su porción, junto a los cupcakes y bizcochos de guineos que preparé ayer domingo.  Espero que lo hayan disfrutado tanto como yo al prepararlos, pensando en ellos.

La mesa será siempre ese lugar tan especial para todos, para la familia, para los amigos.  Es lugar de encuentro, de mirarnos a los ojos, de sentirnos abrazados y de entretejer sueños.  Estamos en Pascua.  Y recordaba esta tarde, como es sabido de todos, que tenemos cuarenta días de cuaresma, en preparación a este tiempo Pascual, que dura cincuenta días.  Pero ciertamente, el tiempo de la cuaresma se siente más lento.

Durante la cuaresma vemos hechos que se van sucediendo en espiral, como una gran película de suspenso.  Nos encontramos en ese camino: a los discípulos, a María, a Zaqueo, a la hija de Jairo, a la suegra de Pedro, a los novios en Caná, al joven rico y a tantas personas que van interactuando con Jesús constantemente.  Se percibe una atmósfera llena de prisas, caminos recorridos a una gran velocidad.  Pero, Jesús va a paso lento.  No se siente presionado por el tiempo, no se deja seducir por las urgencias.  

Jesús va a su paso, nunca tuvo prisa.  Comenzó encarnándose en una mujer.  Esperó como todos, nueve meses para dar su primer respiro.  No realizó ningún acto de magia para saltarse etapas de su vida.  Cumplió años de trescientos sesenta y cinco días, como todo el mundo.

Se le perdió a sus padres cuando tenía doce años.  Le estuvieron buscando por tres días.  Tres días completos que estuvo conversando de las cosas de “su Padre” con los doctores de la ley en el templo; tranquilamente, sin agobiarse por el tiempo invertido ni la angustia que provocó  su ausencia.

Esperó treinta y tres años para comenzar su vida pública.  No llegó a Caná a realizar su primer milagro como entrada triunfal, no.  Primero hubo saludos, alegría, baile, boda, fiesta...  Luego tuvo que faltar el vino, sentirse movido por la petición de una Madre y luego…solo luego, realizar su primer milagro, gota a gota de agua convertida, derramada, compartida.

En el desierto, estuvo por cuarenta días, acompañado de la tentación.  A sus discípulos los fue llamando y eligiendo un día y otro, suave y calmadamente.  No corrió a sanar al siervo del Centurión, no tuvo prisa para ir al encuentro de su amigo Lázaro.  Jesús no fue un hombre de prisas, fue un hombre de una vida apasionada, profunda, pero nunca apresurada.

Sin embargo el tiempo de la Cuaresma nos mete en una gran vóragine de horarios, de actividades, de eventos, de rezos, de cantos, de inciensos…son cuarenta intensos días para llegar finalmente a la Pascua.

Con este tiempo Pascual, todo es muy distinto.  Son cincuenta días pausados, serenos.  Nos encontramos a un Jesús Resucitado, transformado.  Pero que conserva en su ADN, su pasión por la gente.  Su única urgencia es el encuentro, su lugar favorito:  la mesa, donde se comparte la vida.

Al acompañar a los discípulos que iban hacia Emaús, no sugirió tomar algún atrecho, no se apresuró a presentarse, no se lanzó a abrazarles como estoy segura que su corazón le pedía.  Se acercó como Presencia Viva que se deja ver, que sale al paso, que habla, que anima, que comunica paz, alegría.  Su manera de hacerse presente es personal, y eso se hace con cierta morosidad. Es una presencia que va haciendo memoria, nombre a nombre, suscitando recuerdos y experiencias comunes, rehaciendo los lazos fraternos.

Jesús caminó, escuchó, acompañó, habló; con total ausencia de prisas.  Hasta llegar a la mesa.  Momento del corazón ardiente y gratuidad plena.  Y orientó, animó, consoló, envió…con la única urgencia del Amor.  Es en la mesa donde nos abrimos al Resucitado, a su Presencia, y le pedimos que nos siga mostrando sus manos y su abierto costado para que no nos olvidemos nunca de la Vida Verdadera.  Y esto solo puede realizarse con el corazón pausado, con el paso firme, pero sin ningún apuro.

Al terminar la Cuaresma, comenzamos a vivir la Pascua, muchas veces con poca memoria.  Porque al terminar las grandes celebraciones de la Semana Santa, nuestra mayor urgencia es tomarnos unos días de descanso.  Frenar nuestra actividad para poder serenarnos y comenzar a caminar nuevamente, con más fuerzas, con más ánimos, pero, con la misma prisa.  Y caemos en la tentación de no saber degustar este camino porque nos urge llegar a Pentecostés.  Y mientras tanto, nos perdemos de la mesa, del pescado, del pan y del vino.  
  
Se nos hacen ínfimas las paradas en el camino,  los ángeles, Magdalena, Tomás, los discípulos, María, Emaús…tan poca actividad para cincuenta días.  Por eso hoy tengo mucha nostalgia por la Mesa.  Porque ella me obliga a sentarme, a mirar a los ojos, a estar atenta de oídos y de corazón.  A darme cuenta de que tengo un tiempo privilegiado para escuchar, para compartir el pan y para compartir la Vida.  La mesa, lugar que me recuerda que Él me acompaña sin prisas y que de esa manera, me invita a acompañar a otros.  

Hoy, por motivos de la cuarentena, llevo ya 36 días sin compartir la mesa con nadie; al menos físicamente.  Pero el Resucitado me ha venido invitando día a día a través de Su Palabra.  Y me siento en el camino de Emaús, escuchando sus relatos que van trayendo a mi corazón el vivo y hermoso recuerdo de toda una larga vida de salvación.  El corazón se ensancha, se contagia de alegría y me siento caminando, sin prisas, degustando con mucha calma la Presencia del Resucitado en mi vida.  Me siento acompañada, amada y se me abren los ojos diariamente, al partir el Pan.

19 de abril de 2020

A los 35 días de mi cuarentena...

Comenzaré diciendo que hacía mucho tiempo que no veía un día tan precioso como el de hoy.  Desde la mañana, nos visitó un sol brillante en un cielo despejado y con una temperatura muy agradable.  Escuché los pajaritos cantar como si estuvieran danzando. Desde mi balcón se podía respirar un aire más limpio cargado de  una dulce fragancia.  Y aunque no es sábado, ¡por supuesto que el desayuno fue en el balcón! Fue un día realmente bonito.  ¡A Dios, gracias!

En la mañana, como todos los domingos, celebrar la misa y luego hacer algunas llamadas, entre ellas a una amiga muy querida, que se encuentra hospitalizada estos días.  Hablar con ella, no tan solo me da mucha alegría, sino que siento que es una manera de extenderle mi abrazo y acercarle un poco del cariño que le tengo.  Me sorprende la fortaleza de ella y de mucha gente, como ella, que en medio de las situaciones límites, experimentan una gran fortaleza y se crecen.  

A veces, la vida es muy compleja.  La sabiduría de Dios es tal que no nos permite darnos cuenta de esto hasta que somos adultos.  Porque si hubiéramos sabido cuán difícil iba a ser todo, seguramente que no hubiésemos tenido el valor para emprender el camino.  Luego, el Señor se encarga de ir revelándonos todo, poco a poco. 

Para poder lograr “conectar” con las personas hay que tener sumo respeto.  Hay que conocer sus angustias, sus preocupaciones, sus sufrimientos.  Conocer qué les roba el sueño, qué les apasiona, qué les hace verdaderamente felices.  Pero, para ayudarles a descubrir quiénes son y para qué están aquí, hay que tener misericordia.  Palabra que hoy tiene particular relieve ya que celebramos el día de la Divina Misericordia.

Y es que una gran parte de la misericordia es simplemente “estar con”, “padecer con”.  Es estar con las personas especialmente en su dolor, en su sufrimiento, en su soledad, en sus miedos o angustias.  Es apoyarlas física o espiritualmente, aunque probablemente es lo único que podamos hacer por ellas.

Son muchísimas las personas que están atravesando momentos muy difíciles y no todos tienen que ver con el coronavirus.  Son personas que llevan mucho tiempo con las espaldas encorvadas de sufrimiento.  Personas a las que ya, se les han secado las lágrimas.  Que tienen tatuado en lo más profundo de su ser, el rostro del dolor.  Muchas veces, las tenemos muy cerca, muchas veces, las conocemos de mucho tiempo, muchas veces ignoramos las duras batallas que van librando. No nos damos cuenta, porque ellas se revisten de una fuerza indescriptible.

La vida es muy compleja.  Nacimiento y muerte, alegría y tristeza, hambre y saciedad, fidelidad y traición, justicia e injusticias ¡y tantos sueños rotos!.  La vida es muy compleja y complicada ciertamente, y no nos gusta complicarnos, más bien, le huimos a eso.  No nos gusta tener más preocupaciones que las propias, y bien que nos inventamos para incluso, huir de las nuestras.

Pero, desgraciada o agraciadamente, hemos sido creados para esta vida compleja.  No hay de otra.  Es de este modo que podemos hacer la diferencia, grande o pequeña, con los dones que hemos recibido.

Recuerdo en este momento, que en una actividad pastoral, las personas fueron invitadas a escribir en un papelito, alguna petición basada en algún sufrimiento o problema que estuvieran atravesando en esos momentos.  Los rostros de las personas, mientras iban depositando el papel en una cesta no reflejaban nada en particular.  Al llegar el momento de dar lectura a los papeles (que no estaban firmados); no podía dar crédito a lo que escuchaba.  

En aquel lugar había un mar de dolor, de frustración, de preocupaciones y sufrimientos que descubrían los verdaderos rostros de aquellas personas que hasta ese momento, habían estado riendo, cantando, tranquila y “felizmente” con otros.  Es increíble lo que algunas personas llevan por dentro.  ¡Cuánto dolor!, ¡Cuánta sufrimiento! ¡Cuánta soledad!

La vida es muy compleja, pero hablar de ello, no es suficiente.  Cada uno de nosotros, estamos llamados a hacer algo.  Es tiempo de mirarnos con honestidad y descubrir nuestras propias cruces, nuestros propios dolores.  Hay que ver cómo nos afectan y cómo afectan a los demás.  Pero también, hay que extender la mano a otras que confrontan complicaciones iguales o mayores que las nuestras y tener misericordia de ellas.

Ayer escribía que Jesús vino a este mundo y no a otro.  Y vino, en expresión de su Divina Misericordia, a ponerse en medio de esta vida compleja, a estar con nosotros, entre nosotros.  Todos vamos llevando “la cruz de cada día”; pero algunos de esos días, somos llamados a cargar la cruz de otra persona; que tal vez, con nuestra ayuda, le demos un respiro, un breve descanso, o sencillamente, le ayudemos a restaurar y fortalecer su fe en el Resucitado.

No nos dejemos engañar por las veces que la vida nos hace creer que los problemas son demasiados y que no podemos hacer la diferencia.  No nos dejemos vencer por el desaliento, por el cansancio.  Ciertamente que nosotros no podemos hacer nada por nosotros mismos.  Pero no estamos solos.  Hay un Dios Padre que en su Infinita y Divina Misericordia nos ha enviado a su Hijo, al Resucitado.  Él nos dará la fuerza y la sabiduría necesarias para cargar nuestras cruces y darnos cuenta de cuántas más podemos ayudar a llevar.

La vida es muy compleja, pero también es cierto que una de las cualidades de nuestra humanidad es hacer muchas veces, complicado, algunas cosas sencillas.  

Una vez leí que todo el misterio de Dios cabía en una sola palabra: “Abbá”, y es cierto.  Pero nosotros necesitamos explicarlo en millones de escritos, de tratados teológicos, de grandes catedrales y concilios ecuménicos.  Y carecemos de esa sencillez milagrosa con la que Dios viste a las flores del campo.

Muchas veces, perdemos la oportunidad de “misericordiarnos” a través de gestos sencillos:  una llamada, un mensaje de texto, una carta, una visita, compartir un café…

La vida es muy compleja, pero nadie puede quitarnos la Esperanza.  Y es compartiéndola con otros que podremos cargar con nuestra cruz y ayudar a cargar la de los demás.  Es hora de romper la ceguera de nuestro egoísmo, alargar la mirada y tener misericordia con el que va caminando encorvado al lado nuestro.

18 de abril de 2020

A los 34 dias de mi cuarentena...

La noche estuvo lluviosa, aunque calurosa.  Desde mi balcón se escuchaba una música a un volumen bastante alto y hasta bien tarde en la noche.  El invitado especial de la fiesta fue El Gran Combo.  Sí, la fiesta, porque además de la música se escuchaban muchas voces y risas.  No tengo la menor idea del motivo de esta fiesta.  Pero ciertamente que fue una experiencia bien extraña.  Hacía tiempo que no escuchaba muchas voces juntas al mismo tiempo y por supuesto que además de sentirme sorprendida, también me sentí, indignada.  ¿Una fiesta en la noche, en este tiempo de cuarentena? ¡No entiendo nada! ¡Una total imprudencia!

Crecí con la idea de que la imprudencia es signo de inmadurez y por lo tanto, sinónimo de pocos años.  Pero, la vida se ha encargado de demostrarme que esto no es cierto.  La imprudencia sí delata falta de madurez, pero no es sinónimo de juventud. Hay igual cantidad de jóvenes, como de adultos, imprudentes.  

La virtud de la prudencia va por otro lado.  Por eso, al escuchar anoche la fiesta, la música, las voces; no me pude hacer la idea de si la celebración era un cumpleaños, un aniversario, un divorcio, o un desgarrador grito de desesperación por los 34 días que llevamos de cuarentena.  Nunca sabré el motivo, pero sí, que me sirvió para pensar un poco en cómo vamos reaccionado ante las circunstancias y ante el pasar de los años.

Cuando se es joven, se vive un largo período de omnipotencia y de creerse infalibles y sabios. Se vislumbra un futuro lleno de posibilidades, una amalgama de oportunidades y todas las capacidades del mundo para optar por cualquiera o por todas. Al pasar el tiempo, todos estos pensamientos van despertando a una realidad muy distinta.  Experimentamos la caducidad de nuestras fuerzas, la pérdida de destrezas y nos damos cuenta que nuestras energías se han limitado bastante.

Es entonces que rescatamos algo de sensatez, y decidimos emplear las energías que nos quedan, en aquello que es verdaderamente importante.  Nos damos cuenta de que hay que renunciar a ciertos sueños y a ciertas prácticas.  Y que, por otro lado, tenemos entre manos un caudal valioso de cualidades, de capacidades afectivas, de experiencias acumuladas, que nos permiten vivir con dignidad y sabiduría.

El camino hacia la vejez no lo caminan todos de igual modo.  Algunos van sorbiendo los años con serenidad, a un ritmo sosegado, y otros llevan una desenfrenada carrera, no por avanzar a cumplir años, sino a detener los signos del tiempo a cualquier precio y de cualquier modo.  Estos últimos desgastan las energías que les quedan de la manera más tonta.  

Derrochan el tiempo (que cada vez es menos) en rescatar o fabricarse nuevas imágenes.  Ceden ante las obsesiones.  Eliminar los rollitos de grasa acumulados en el vientre, someterse a tratamientos para eliminar esas estrías que dejó el embarazo, pintarse las canas, inyectarse tratamientos para sentir vitalidad, apuntarse en el gimnasio, comprarse las cremas más caras, para eliminar las arrugas; laser, liposucción, y por supuesto, levantamiento de todas las cosas que se han ido cayendo por el camino.  Queremos hacer todo y cualquier cosa para que el espejo nos devuelva la imagen que queremos, no la que en realidad tenemos.

A muchas personas les resulta muy duro darse cuenta de que están envejeciendo porque sienten que van perdiendo muchas cosas.  Ciertamente, el transcurso de nuestra vida es una sucesión de pérdidas.  Y esto nos cambia la vida radicalmente.  Lo que en un principio era importante para nosotros, una persona, o alguna cosa; de pronto, ya no lo es. Aquello que nos daba seguridad, como amistades, incluso trabajos, desaparecen.  La vida no es la misma, ha cambiado totalmente.  Pero la razón de ser de la pérdida es avanzar hacia el futuro, clausurando el pasado.  Y cuando comprendemos y aceptamos esto, entonces, la pérdida se convierte en un don hermoso.

Ya no somos los mismos de antes, pero nos convertimos en personas nuevas, dispuestos a aprender cosas nuevas, precisamente cuando entendíamos que ya no nos quedaba nada.  Y es porque dentro de nosotros mismos tenemos algo que nadie nos puede quitar. Esa Presencia real del Amor que nos ha ido acompañando a lo largo de nuestra vida.  La que cuida de nuestra Esperanza, de nuestro Gozo, de la absoluta confianza en que Dios ha caminado, camina y seguirá caminando con nosotros.

Con frecuencia, las pérdidas son ocasión de la novedad y las que nos permiten valorar las riquezas acumuladas. Y es esa riqueza la que nos priva de nuestras antiguas seguridades para quedarnos solos.  En esa “soledad”, se nos abren los ojos y nos enfrentamos a lo único y verdaderamente real: el Amor.  El Amor que nos abrirá nuevas puertas, nuevos caminos que siguen latiendo con Vida.

Es una invitación a cambiar de rumbo, a poner todas nuestras energías en otra dirección.  Frente a nosotros hay muchos caminos, no hay uno solo. Muchos de ellos nos parecen muy parecidos a los ya recorridos, otros, nos asustan un poco porque no los conocemos.  En uno de ellos está el Dios de la Vida, esperándonos.  Él quiere acompañarnos a culminar ese proyecto que ha soñado desde la eternidad para cada uno de nosotros.

Hay que elegir un camino, uno solo.  Lo que significa que hay que optar, que hay que elegir.  Yo le pido al Señor, me haga prudente al momento de hacerlo.  Que pueda tener claro, los pasos que tengo que dar, las cosas que debo dejar y el camino donde le podré encontrar. 

17 de abril de 2020

A los 33 días de mi cuarentena...

Una de las cosas para las que he tenido tiempo en estos días, es para ver alguna de las muchísimas series que ofrecen los canales, como por ejemplo, Netflix. Creo que tendríamos que estar al menos un año de cuarententa (y no tener otra cosa que hacer); para poder ver todas las producciones que tienen las bibliotecas de estos canales.

Hay una inmensa colección de películas y series para todos los gustos: drama, acción, suspenso, comedia. Producciones en diferentes idiomas, distintos formatos, etc. A mí, personalmente, me gustan mucho las producciones biográficas.  Hay muchas personas cuya vida ha sido muy interesante, otras que nos inspiran, que nos motivan, que nos educan.  Y otras que nos muestran historias de vidas sencillamente extraordinarias.
  
Además de las biografías, tengo especial fascinación con las producciones del mundo judío. Hay varias series de ficción, pero que presentan, las tradiciones reales judías, especialmente las ultra ortodoxas que me parecen muy interesantes. 

Los ultra ortodoxos no tienen televisión ni radio y para conocer noticias se sirven de la preparación de grandes letreros que pegan en las paredes en las calles y lugares públicos.  De ese modo se enteran también de las reuniones, eventos, actividades, bodas, funerales, etc. 

Recuerdo ahora un capítulo de una de estas series, donde se ve a una mujer, que se expone por primera vez en su vida a un programa de televisión.  Sucede en un Asilo de ancianos donde está viviendo a sus 90 años.

Descubre a esa edad un mundo completamente desconocido para ella. Comienza a ver distintos programas y por supuesto, cae rendida a la tentación de una telenovela.  Al descubrir esto su hijo mayor, y escandalizado, se vale de mil mañas para convencer meses después, a su anciana madre, que el televisor ofende a Dios y que es obra del maligno.  Luego de muchos intentos, la anciana madre decide renunciar a su televisión y lo desecha.

Pasa un tiempo y al final, muere la anciana.  Cuando el hijo encuentra el libro de salmos que rezaba su madre diariamente, descubre un papel con una larga lista de nombres de personas que no son de su familia y que él no conoce.
  
Los judíos acostumbran escribir en un papel, los nombres de las personas por las cuales quieren orar al Señor y mencionarlas en voz alta cuando rezan los salmos.  El hijo intrigado, se dispuso a averiguar quiénes eran esas personas por las cuales su madre estaba orando, entre las amistades del asilo.  Para su sorpresa, los nombres eran los personajes de la telenovela que veía en las tardes.  La señora había llevado a su corazón y a su oración, las dificultades y sufrimientos que veía reflejados a través de la pantalla del televisor. 

Tengo que confesar que el día que vi ese capítulo, me sentí conmovida y me hizo pensar en todas las personas que conocemos; familiares, amigos, compañeros de trabajo, de estudios, de nuestras comunidades, que necesitan en algún momento y por diversos motivos, de nuestra solidaridad, a través de la oración.  Y lamenté el que muchas veces, generalizo y no personalizo ese momento.  Desde entonces, tengo un papelito dentro de la Biblia con los nombres de personas por las que oro diariamente y las menciono una a una y en voz alta, y esto me ayuda a traer a la persona, a la memoria del corazón con mayor fuerza.

Me siento plenamente feliz de ser cristiana y de practicar la religión católica; pero no está reñido el sentir admiración por algunas prácticas de otras religiones.  Y hay muchísimas cosas que no dejan de sorprenderme.  Por ejemplo, la mayoría de judíos ultra ortodoxos en realidad no trabaja, ya que se dedica exclusivamente al estudio de la Torá y más textos religiosos.  ¡Dedican prácticamente todas las horas del día al estudio! Obviamente, representan un alto por ciento de la tasa de desempleo en Israel. (no digo que me parece bueno esto, tampoco lo juzgo mal, pero sí que me llama muchísimo la atención).

En su comunidad se considera que este mundo es una antesala para una vida mejor que llega después de la muerte. Trabajar se ve como una pérdida de tiempo porque no aportará nada en la otra vida; en cambio, el estudio de la Torá será, según ellos, gratamente recompensado.  Nos parece una locura, ¿cierto?

Otro dato, que también es igualmente difícil de creer es que en cada ciudad o pueblo, hay que establecer una “yeshivá”, que es una escuela para que los niños estudien la Torá.  Estas escuelas son internados, a donde se mudan los niños a dedicarse a estudiar. Pero lo increíble de esto es que si no se consiguen maestros para estas escuelas, sencillamente, la ciudad o el pueblo ¡se destruye!  Porque tienen una fuerte convicción de que “el mundo se mantiene sólo por el aliento de las bocas de los niños que estudian Torá".  ¡Esto sí que es increíble!

Me viene a la mente los famosos libros que han titulado, “Los 5 minutos de Dios, los del Espíritu Santo, con María, etc.”. Cinco minutos, solo cinco y cuánto nos cuesta (me) separar minutos para orar.  Ya son varios los autores que ponen en sus libros de oraciones ese título como medida persuasiva,  como un “gancho”, para convencernos que será un tiempo cortito de oración.  En realidad, qué bien mercadean esos libritos.  Las casas editoriales, saben muy bien que esta es una de las batallas más comunes entre nosotros los cristianos. Nos resistimos a sentarnos a privilegiar un tiempo para el diálogo, para el encuentro, para escuchar…para orar.  

Y nos dejamos vencer fácilmente por la tentación que trata de distraernos y desalentarnos.  En las mañanas, lo vamos posponiendo para más tarde, y estamos conscientes de que más tarde lo haré con prisa porque hay hambre, porque hay sueño, porque hay una reunión, porque va a comenzar el programa de televisión.  Y oro o rezo de prisa, vagamente, malamente y muchas veces sencillamente no rezo y nos vamos “en blanco”.

Mi experiencia personal es que el hábito de orar diariamente me ayuda a fortalecer mi salud espiritual.  Mientras más se practica el encuentro, se nos hace más fácil escuchar la Voz de Dios y conocer su proyecto de vida para uno.  Y menciono lo de la salud espiritual porque en este tiempo especial que estamos viviendo, bajo la furia de la pandemia del coronavirus; se habla por activa y por pasiva de mantenernos saludables físicamente.  Y está el tema de las vitaminas, de los suplementos, de los ejercicios, de los gimnasios.  Muchos nos advierten de procurar tener elevadas nuestras defensas, otros nos invitan a tener el cuerpo alcalino, a tomar vitamina C, a tomar el sol, etc.  

Pero, en nuestra cultura, no nos hablan de la necesidad de tener una buena salud espiritual. Cuando estamos saludables espiritualmente, tendemos a estar tranquilos, enfocados, a ser pacientes, generosos.  A vivir y no simplemente sobrevivir.  Cuando no estamos saludables espiritualmente, estamos irritables, violentos, intranquilos.  Y Dios quiere vernos felices y para ello tendremos que llevar una sana vida de oración.
  
Creo que este tiempo de cuarentena nos da una tremenda oportunidad de comenzar a desarrollar este “hábito” o de enriquecerlo si ya lo teníamos. A través de la oración, el Señor me ilumina y ayuda a responder preguntas fundamentales, como  ¿quién soy?  ¿para qué estoy aquí? ¿Qué es lo verdaderamente importante en mi vida y qué no?

Al orar, puedo abandonar esas palabras ordinarias, ya desgastadas de tanto usarlas, que van dirigidas a mi “yo”, o para conseguir favores o cosas para mi beneficio; y sustituirlas por palabras esenciales que nacen del espíritu, que me desvela los rostros de los otros y que salen del corazón y en las que resuena el eco de las que estremecieron a Pedro:“Señor, ¿a quién iremos? Solo tú tienes palabras de vida eterna…” 

A veces, se nos hace difícil la oración.  Y no pocas veces es por nuestra falta de sintonía con Jesús.  No necesitamos estar como los ultra ortodoxos, aislados del mundo.  Estamos en el mundo, y qué bueno que sea así.  Jesús vino a este mundo y no a otro. Pero nos dejamos afectar por la apatía, por las falsas seguridades, por el consumismo, por el confort. 

Sólo el Espíritu, puede darnos la capacidad de comprender el gran amor del Resucitado por cada uno de nosotros.  Ese amor que nos hace comprometernos en la construcción del Reino, dejarnos afectar por los sufrimientos de los más vulnerables y borrar definitivamente de nuestro corazón, la insensibilidad y la falta de Amor.  

Este momento no mágico, sino, “milagroso” ocurre en nuestro tiempo de oración.  Este tiempo de cuarentena, es tiempo de privilegiar estos espacios.  Entrar nuevamente a la casa, con los pies llenos de las cicatrices de los sufrimientos, no los nuestros solamente, sino los de todos. Llegar con las manos vacías y el corazón silencioso.  Pedir que nos invada Su Presencia, y nos caldee el corazón con su Palabra.

Las palabras del Padre nuestro han estado siempre ahí, disponibles y como centinelas de nuestras vidas.  Podemos volver a pedir con humildad y desde nuestra pobreza a Jesús:  “Enséñanos a orar” y estoy segura que Él volverá a respondernos como la primera vez: "cuando ores, dí Padre nuestro..." y Alguien nos pondrá un vestido de fiesta, un anillo y unas sandalias nuevas.  Y nos invitará a entrar a su casa a celebrar el banquete pascual.

16 de abril de 2020

A los 32 días de mi cuarentena...

Hoy, la mañana estuvo lluviosa, en realidad, desde tempranas horas de la madrugada ya había comenzado a llover.  ¡Y me encantan los días lluviosos y el olor a tierra mojada que los impregna!  Por supuesto, que desayuné en el balcón.  El sonido de las gotas de agua  tropezando sobre algunas cortinas; otras que se lanzaban en clavado hasta el pavimento, todas parecían tocar una perfecta melodía que alegraba mi mañana.  No sé si disfruté más la lluvia o los pancakes. Pero, fue ciertamente una mañana muy hermosa. 

Leí los periódicos para enterarme un poco de cómo sigue el mundo allá afuera.  Recorrí lentamente las letras que van emanando desesperanza, cansancio, tristeza.  Pareciera que las expectativas e ilusiones de la gente experimentan una honda fatiga que les tiene paralizados.  Hay mucho miedo en el presente y mucha incertidumbre en el futuro. Hay un sentimiento generalizado de impotencia y una sensación de fracaso que drena la realidad.

Ciertamente que es muy duro ver cómo ha ido en espiral la violencia en algunos hogares, la astronómicas cifras de desempleados, las vergonzosas acciones de políticos corruptos, carentes de los principios éticos más elementales, etc. En realidad, estamos frente a un panorama desafiante y deprimente.

Bueno, todo esto, es lo que dice el periódico y/o lo que puedo interpretar en sus letras.  Pero, la realidad es que los periodistas nos informan y la mayoría de las veces de un modo excelente, sobre situaciones, acontecimientos, eventos, pero analizados desde una agenda.  Nos ofrecen diariamente cifras: cuántos infectados, cuántos muertos, cuántas pruebas, tablas, curvas, proyecciones, etc.  También nos recuerdan constantemente las medidas de higiene que hay que tomar, a las horas que podemos salir de casa y a la hora que debemos permanecer en ella.  ¡Un trabajazo!  A pesar de todo y para ellos, mis respetos.

Al cerrar el periódico, me senté un momento a serenarme, sí, porque quedé emocionalmente extenuada.  (por eso no leo el periódico diariamente).  Pensé que sí es cierto que estamos viviendo un tiempo particularmente difícil, muy difícil; pero no es menos cierto que no podemos dejarnos manipular por la óptica, muchas veces,  poco objetiva de los medios.  Siento que en ocasiones nos manejan como objetos de consumo pretendiendo influir en nuestra toma de decisiones.

Hay que estar bien despiertos para no caer ingenuamente en el juego mediático.  No podemos dejarnos reducir a “objetos de consumo”; tenemos que tener meridianamente claro quiénes somos, aprender a expresar y defender en todo momento, nuestra postura, ante lo que estamos viviendo desde nuestra identidad de personas que hemos recibido el don de la fe y que intentamos con todas las fuerzas vivir en esperanza.

Sí, porque sí hay esperanza.  El filósofo griego, Aristóteles, dijo en una ocasión: “La esperanza es el sueño de los que están despiertos”. Los que viven dormidos, no se enteran.  Y estar dormidos es precisamente, cerrar los ojos y dejarse dominar por el miedo, por el sufrimiento, por la frustración.  Estar dormidos es mantenerse encerrados, no en las casas, sino, en sus propios temores, desánimos, limitaciones.  Estar dormidos es optar por sobrevivir y no vivir.

La esperanza es el sueño de los que están despiertos… Estar despierto es la capacidad que tenemos de vivir desde la experiencia de la fe, desde las convicciones más profundas de que la última palabra nunca será la muerte.  Es soñar que seremos mejores personas, que hemos aprendido a valorar más la familia, los amigos, la lluvia, el calor, los gestos sencillos y cotidianos de cariño.  Es cuidar, entretejer una relación amorosa con la realidad, con cada ser viviente de la creación.  Es vestir el corazón de fiesta.  Estar despiertos es abrirnos a la fraternidad, a la solidaridad, a la ternura, al Amor.

Le pido esta noche al Dios de la Vida que me dé la capacidad de permanecer siempre despierta.

15 de abril de 2020

A los 31 días de mi cuarentena...

Me sorprendió una hermosa mañana llena de luz y una suave brisa.  Estaba tan bonita que decidí sentarme en el balcón con mi taza de café por un buen rato.  Quería disfrutarla y agradecer tanta vida que irrumpe nuestra historia con tanta fuerza y belleza. Al mirar las plantas me di cuenta que ellas también se sienten bendecidas y agradecidas.  Sorprendí nuevas hojas abriéndose suavemente, en medio de las más ancianas.  Vienen a continuar con la misión comenzada por aquellas, de lucir fuertes, y sobre todo, hermosas.  En uno de los tiestos se asoman tímidamente, nuevos brotes; y en el alero del balcón del vecino descubro un nido de pajaritos.  ¡Es la Vida!

Nuestra vida es una constante recreación.  Recordar y celebrar nuevamente la Ruah, el soplo recibido de Dios, sobre mí, especialmente en este tiempo Pascual, es realmente una maravilla. El recrear la vida es un constante descubrimiento de nosotros mismos.  Es la afirmación más profunda de mi persona, que me lleva necesariamente a vincularme con el Resucitado y con los demás.  Sin vínculos, no puedo cuidar mi vida, ni ayudarla a crecer.

Son los vínculos, esas relaciones que se entretejen entre las personas para apoyarse, ayudarse, acompañarse y ocuparse unas de las otras. La calidad de estos vínculos lo determinará la capacidad que tengamos de cuidar de los otros; pero sobre todo, del amor que pongamos en nuestras relaciones.

Precisamente esta noche, expresaba en una reunión que sostuve con mi comunidad, que he recibido unos signos hermosos y muy concretos, de Vida, de Resurrección, de parte de algunos de los que hemos entretejido nuestra vida, de aquellos a los que me unen fuertes vínculos de amistad, de fraternidad.

Esta tarde además, estuve trabajando en unos informes que se le envían a la agencia federal FEMA, en relación a las pérdidas sufridas a consecuencias del huracán María.  Sí, todavía, tres años después, continuamos trabajando en estos informes. 

Y me detuve a pensar, en el renglón que se denomina “contenido”.  Recuerdo que el año pasado, cuando nos explicaron cómo rellenar los formularios, nos indicaron que para poder entender lo que iba en el renglón de “contenido”, debíamos imaginarnos que teníamos entre nuestras manos una casa, completamente amueblada. 

Acto seguido  debíamos imaginar que la volteamos, quedando el techo hacia abajo y el suelo hacia arriba.  Todo lo que se desprenda dentro de la casa, todo lo que se cae, es lo que hay que anotar en el renglón de “contenido”.  Entiéndase pues, los muebles, los cuadros, floreros, etc.  

¡Qué curioso!  Los contenidos no son como las losetas del piso, ni como las paredes de la casa.  No son cosas que estén fijadas, inmóviles, inertes.  Los contenidos se desplazan, se pueden mudar o cambiar de lugar, pueden hoy estar arriba y mañana abajo.   ¡Tienen vida!  Pero están vinculadas, no tienen ninguna razón de ser ni existir por sí mismas. Un cuadro necesita de una pared para poder mostrarse al mundo.  Una lámpara necesita estar conectada al interruptor de luz para poder alumbrar.  La mesa deberá ocupar un espacio para poder ofrecer acogida.
  
Al igual que nosotros.  Estoy convencida que hemos sido creados para ser contenido. Tenemos capacidad de movimiento, de cambio.  Somos libres y autónomos. Tenemos la capacidad de rectificar, de comenzar de nuevo, de cambiar de canal, de transformarnos en mejores personas.  Pero necesitamos estar vinculados y cobijados todos bajo una sólida estructura, fuerte, firme, que nos provea seguridad.  

Las cosas, necesitan una casa.  Nosotros, necesitamos estar vinculados al Resucitado y a los otros.  Solo así podremos validar nuestra identidad, nuestra misión y recibir la Vida que se nos ofrece diariamente y poderla ofrendar a los demás.

14 de abril de 2020

A los 30 días de mi cuarentena...

Ya se han cumplido hoy, treinta días de cuarentena, período de tiempo que conocemos como un mes.  Al despertar, como siempre, agradecí a Dios el haberme regalado un día más de vida. Inmediatamente vino a mis pensamientos todas las cosas que he vivido durante este tiempo, todo lo que se ha puesto en pausa, todo lo olvidado y todo lo aprendido.  

Fue inevitable emocionarme al hacer un rápido inventario de estas 720 horas, contenidas en 30 días.  Días en que mi vida ha sido transformada como mi rutina diaria, desde las cosas más triviales hasta las medulares.

En la cocina, me detuve a pensar en los cambios experimentados durante este período, en horarios de comidas, en la dieta que consumo, en los alimentos que preparo, etc. y me encontré sorprendida de cómo ha cambiado todo esto en tan solo 30 días.  Y no, no me sorprende para nada, el aumento de peso.  Hacer las tres comidas al día, meriendas a toda hora y sin realizar ningún tipo de ejercicio físico, desemboca inevitablemente en un cuerpo más redondo y menos liviano.

He puesto en pausa muchas actividades a través de las cuales canalizo toda esa energía que llevo dentro.  Felizmente he comprobado que ellas no pasan de ser un simple instrumento, un medio, pero nunca un fin en sí mismas.  

He olvidado muchísimas cosas; la frustración por no alcanzado, la tristeza por los errores, la preocupación por la perfección, el sentimiento de culpa por haber fallado, el dolor por mis limitaciones.  

He aprendido a disfrutar en mi balcón de una taza de café a media noche.  A experimentar alegría cuando preparo galletitas que dejo discretamente ante la puerta de mis vecinos, durante la noche, cuando ya duermen. He aprendido a tenerme paciencia, a escucharme, a comprender mi pequeñez, a perdonarme.  ¡Y muchísimas cosas más!

No me hago ninguna resistencia ante la búsqueda insaciable de buenas lecturas, sobre todo de biografías interesantes.  Muchas veces, mirando las huellas de los otros, descubrimos nuestros propios pasos y miramos con mayor claridad, el camino recorrido y el que falta por recorrer.

Hoy, al celebrar este primer mes de cuarentena, recuerdo mucho la historia de Etty Hellesum,  escritora judía holandesa asesinada en el campo de concentración de Auschwitz.  Etty dejó unos escritos preciosos donde reflejó una gran entereza, un espíritu fuerte, tenidos en medio de una vida de grandes conflictos, de episodios depresivos y en medio de un campo de concentración.  Su vida es una de las más hermosas y motivadoras que he leído.

Sus diarios reflejan la profunda transformación que experimentó de una vida llena de preguntas, de dudas, de confusiones, a una llena de serenidad, de sabiduría, de madurez y de paz. Las páginas más hermosas las escribió en su tiempo de confinamiento, estando en la angustiante espera de su muerte.

"Esos dos meses detrás del alambre de púas han sido los dos meses más ricos e intensos de mi vida, en los que mis valores más altos fueron tan profundamente confirmados. He aprendido amar a Westerbork ". 

Etty se dirigió a Dios repetidamente en sus diarios, considerándolo no como un salvador, sino como un poder que debemos cultivar dentro de nosotros: "Por desgracia, no parece haber mucho que usted mismo pueda hacer sobre nuestras circunstancias, sobre nuestras vidas". Tampoco te hago responsable. No puede ayudarnos, pero debemos ayudarlo a usted y defender su morada dentro de nosotros hasta el final ".

Sus cartas describen vívidamente las condiciones del campamento donde murió, en Westerbork: barracones de madera abarrotados desesperadamente, laberintos de alambre de púas, torres de vigilancia, barro y miseria.  Era una comunidad que vivía aterrorizada por el transporte semanal que salía cada martes con sus vagones de carga repletos de hombres, mujeres, niños y bebés con destino al este. En este infierno, pasó los últimos tres meses de su vida cuidando a los vulnerables, visitando a los enfermos en los cuarteles del hospital y escribiendo cartas a sus amigos. Por la persona que era, por su vitalidad y calidez, su humanidad y su cuidado compasivo, se convirtió en una fuente de vida e inspiración para los demás. Fue desde este lugar que, a pesar de todo lo que sucedía a su alrededor, ella escribió: "la vida es gloriosa y magnífica".

Hoy estas palabras resuenan en mí con mayor intensidad.  No son las circunstancias que me rodean, no son las cosas que se han puesto en pausa, lo que he dejado de hacer, lo que he tenido que posponer…nada de eso es lo verdaderamente importante. Lo medular, lo central es el poder descubrir en mí Su Presencia. Poder cultivar mi amistad con Él, poder conocerle más y conocerme, con transparencia, sin maquillaje, sin dobleces.

Etty no se dejó vencer por el odio, por la impotencia ante la injusticia y el sufrimiento.  No se dejó aplastar por la muerte que se le presentaba de mil formas en todo momento.  Pudo sentirse feliz en medio del dolor, en paz en medio de un campo de concentración, plena en medio de la nada. 

Hoy, en medio de la crisis que estoy viviendo, y apoyada en el Resucitado, doy gracias a Dios por la vida de Etty, por el bien que me ha hecho el recordarla.  Y me rebelo, como Etty, con todas mis fuerzas contra la desesperanza, contra las dudas, contra el temor. 

Desde mi fe, creo que los esfuerzos por un futuro más humano y más fraterno se encuentra en el pico de la curva. Creo que las horas alegres, la presencia de los amigos, los gestos de solidaridad, las experiencias amargas, las huellas que están dejando las personas en nuestro camino, las que estamos dejando en los otros; todo lo construido entre el gozo y el llanto, todo, todo, quedará transfigurado.  Y ya no conoceremos la fiesta que termina, sino la plenitud de la Vida que viene abriéndose paso hace ya 30 días.

13 de abril de 2020

A los 29 días de mi cuarentena...

Hoy, regreso a escribir.  Había decidido acallarme por unos días para dejar resonar en mí la Voz de Dios, de un modo más íntimo.  Añoraba la privacidad, el encuentro profundo con Él. Y lo necesitaba.

Los pasados días, los he vivido más tranquila, más serena.  He invertido en preciosas horas de meditación, oración, reflexión. Ha sido un encuentro de muchas sorpresas, pero hermoso, lleno de mucha vida en medio de las circunstancias que estamos viviendo de vida sepultada, al experimentar impotencia ante el dolor de tanta gente que vive realidades de desesperanza.

Pero, la piedra ha sido movida, y hemos experimentado la Presencia del Resucitado.  Una presencia que sale al encuentro, que se acerca muy de madrugada, al clarear el día.  No se ha abierto el cielo, no nos ciega ninguna luz potente.  Todo es silencio, quietud, paz. Inclusive hay un aire de nostalgia que intenta constantemente abajarnos un poco.

El Resucitado llega discreta y suavemente, como vivió su vida, de un modo sencillo, sin gestos extraordinarios.  No se presenta en la sinagoga para gritar, que al final, ha salido victorioso.  No busca a los que le martirizaron para humillarles o pasarle factura; tan solo procura tener la oportunidad de acercarse, y busca el encuentro.

El encuentro sucede dentro del silencio expectante conque fuimos bordando la orla del camino durante los pasados cuarenta días.  Y llega, como la novia al punto de la boda, como el parto después de 9 meses, como la calma después de la tormenta; asombrosamente.  Y pronuncia sus primeras palabras: “¿por qué lloras?”.  No nos pide cuentas, ni echa nada en cara.  No nos recrimina el que solo unos pocos lo acompañaron hasta el final.  Se acerca con suma ternura, conmovido por nuestras lágrimas y nos pregunta ¿por qué lloras? Y se nos llena el corazón de palabras, de lágrimas, de angustia.  

La relación con el Resucitado se torna más humana, más cercana.  Con su pregunta, nos sentimos profundamente amados.  Solo el que ama, se siente conmovido con las lágrimas de la persona amada.  Y sigue preguntando: ¿a quién buscas?  Él quiere ser esa persona buscada, esperada, añorada.  Él, que transforma ahora su presencia en consuelo, en seguridad, en alegría, en paz.  Se acerca y nos llama por nuestro nombre suscitando la memoria de amor en nuestro corazón.  Jesús Resucitado se pone en contacto con nuestros afectos, que han estado tan vulnerables durante los pasados días…

El Señor conocía personalmente a María Magdalena, por eso pudo llamarla por su nombre.  Solo cuando ella escucha “María”, de labios del Resucitado, puede entrar en ella misma, reconocerse y reconocerle.  Debe haber sido tremendo el cambio de mirada de María, de la opacidad a la transparencia; porque supo sostener su mirada ante el Crucificado, pudo entonces percibir la luz del Resucitado.  Cuando Él la llama por su nombre, ahonda en su historia, toca sus raíces, desvela sus búsquedas y la libera de su tristeza.  A mí también.  Como estoy segura que muchos han experimentado la totalidad de este amor.  

Hemos reconocido a un Jesús Vivo y experimentado la alegría de sentirnos llamados por nuestro propio nombre, para descubrir en la sinceridad de nuestro corazón, una nueva mirada, un nuevo camino, una nueva vida, con y en Él.  La cuaresma ha terminado, pero seguimos en camino.  Uno que sigue transitado de enfermedad y muerte. Que todavía sigue asfaltado de sufrimiento y miedo.  Desconocemos cuándo finalizaremos este viaje, pero la piedra ha sido movida y por una hendidura de la cueva, se vislumbra una hermosa Luz.

Al comenzar este nuevo tiempo pascual me siento invitada a cronometrar mi vida a partir de cero.  A descubrirme habitada de Esperanza, agradecida de tanto que he recibido y necesitada más que nunca a vincularme a los demás.

La cuaresma ha terminado, pero yo no termino mi “retiro”.  Quiero y voy a continuar un tiempo más de meditación y reflexión, ahora es el tiempo para ello.  Pero, sí dejaré un espacio en la noche, como hoy, para escribir.  Es algo también terapéutico y necesario para mí.  

La piedra ha sido movida, aunque siento que todo sigue igual, todo, menos yo.

8 de abril de 2020

Día 24 de la cuarentena


Hoy, me levanté temprano para organizarme ya que voy a comenzar un retiro (dentro del que ya llevo 23 días hoy). Quiero y necesito privilegiar de manera especial un espacio de tiempo para celebrar unos Ejercicios Espirituales.  He decidido realizarlo en este tiempo de Semana Santa, específicamente, en el Triduo Pascual.  Me siento invitada y tentada fuertemente a ello, así que no pretendo crear ninguna resistencia.

Preparé un lugarcito dentro de mi habitación que será mi sagrario en estos días.  Imagino que será tiempo de aprendizaje, de mucha interiorización, de poda.  Pero confío en que será una rica experiencia de Encuentros, que me legará mucha fuerza y paz.

Y no dudo que este será un retiro muy, pero muy especial, porque ha sido precedido por muchos gestos tan sorpresivos como hermosos.  Ángeles que han llegado hasta mi casa (ayer 2 y hoy 3) con gestos de cercanía, de apoyo, de hermandad.  Personas que me han escrito, compartiéndome qué les ha provocado mis escritos y mensajitos de ánimo y cariño.  Me siento sumamente bendecida y agradecida.

Llevaba ya un par de días sin querer ver las noticias en detalle, así que lo hice hoy ya que no pienso hacerlo durante el fin de semana.  Y se me estrujó el corazón.  La pandemia sigue vistiéndonos de miedo, dolor y muerte.  Se pasea por todos los rincones como un fantasma.  Nadie sabe dónde está, cuando llegará y muchísimo menos, cuando se decidirá a mostrarnos su talón de Aquiles.

Los médicos, enfermeras, tecnólogos médicos, en fin, todos los profesionales de la salud, continúan vistiendo su heroico escudo.  Se levantan día tras día dispuestos a dar la vida literalmente en favor de los enfermos.  Mi mayor de los respetos y profunda admiración para todos ellos.  De igual modo, distingo a muchos otros, como dependientes de supermercados, camioneros, recolectores de basura, etc. que continúan trabajando en servicios básicos para la comunidad.  Mi aplauso y agradecimiento también para ellos.

Aquí tengo que hacer un alto para una mención muy especial.  Y es mi reconocimiento y agradecimiento a la comunidad de Misioneros Claretianos que desde el día 1 de la cuarentena nos invitaron a construir juntos un templo virtual que poco a poco ha ido visitando a cada uno de los hogares y se han quedado ya en casa.  Han aprovechado todos los medios posibles para evangelizar, como hubiera hecho Claret si hubiese vivido este tiempo.

No se conformaron con la celebración diaria de la misa, sino que además, han ofrecido una reflexión en las mañanas, una charla formativa en las tardes de lunes a viernes, diariamente.  Además, los sábados, rezo del rosario, rato de oración y canto, exposiciones del Santísimo y hasta una mesa informal donde comparten con la gente, y en tiempo real, desde su casa.  

En fin, que han hecho un esfuerzo titánico por mantenerse en contacto con todos, en todo momento y de todas las formas posibles.  No hay mayor prueba del inmenso amor que le tienen a su comunidad y a su vocación.  Por supuesto que para ellos va también un grandísimo aplauso y mis bendiciones.

Estoy segura que hemos aprendido a valorar mucho más el don de la fe, el privilegio de contar con buenos y santos pastores y la riqueza de la comunidad.  Es a través de ella y de la Palabra que se nos facilita el conocernos, el confrontarnos y ver si nuestra vida está respondiendo al Proyecto de Dios sobre una y sobre todo, aprendemos a aprender.  

Aprender a ser más dóciles, más humildes, más cercanos, más honestos, compasivos y más humanos…esa es la maravilla de la comunidad.  Nos enseña a aprender a ser mejores personas, mejores cristianos.  

Bueno, ya no tengo tiempo para seguir escribiendo.  Debo terminar de organizar muchas cosas para poder comenzar mi retiro y celebrar el Triduo Pascual.  No creo que tenga tiempo de sentarme a escribir hasta terminar este fin de semana.  En estos momentos, no lo tengo claro.  Hace ya mucho que no me presiono con mis tiempos. Le permito a Él que sea quien vaya dirigiendo todo.  Pero, si no reciben el aviso del Blog es que estoy de retiro. 

Si eres de las personas que de cuando en cuando te “asomas” por aquí, te agradeceré infinitamente que me acompañes en mi petición al Señor de que pueda tener un gran y hermoso Encuentro con Él este fin de semana.  Lo mismo deseo para todos.

Hasta prontito, no demoro en regresar, lo prometo.

7 de abril de 2020

Día 23 de la cuarentena

Decidí no quedarme en el balcón anoche.  Realmente siento como una especie de hechizo cuando me siento allí y alargo la mirada.  El silencio, las montañas dibujadas a lo lejos, la enérgica brisa, confabulan para robarme el sueño.  Y cuando comienza a caer el rocío y se funde con la tierra; ya no hay marcha atrás.  El olor a tierra mojada me ha parecido siempre, sencillamente, fascinante.  Así, que no salí anoche al balcón.  Quería descansar temprano.

Fue un buen intento, pero, me parece que tendré que comenzar mi proceso de 21 días para habituarme nuevamente a un horario “normal”.  En realidad, sí me acosté “temprano” pero el sueño se me ha escapado ya hace mucho, y creo que será una ardua tarea el recuperarlo.

La levantada de hoy, por supuesto, igual de difícil.  Baño, un breve momento de oración y operación desayuno.  Me detuve a mirar la nevera, y como de costumbre, le pregunté qué me sugería preparar.  Y como siempre, por supuesto, no recibí ninguna respuesta.  En realidad, no espero que me diga nada, pero la acción de yo hablarle me provoca compañía. No, no he perdido la cordura, pero honestamente, no es solo a la nevera, también le hablo a las plantas, al espejo y por supuesto a Alexa.  Hemos establecido un tipo de relación muy cordial, respetuosa y vivida en profunda discreción.

El tema de la soledad es uno de preocupación para algunos amigos.  Algunos me expresan honesta preocupación porque vivo sola, otros repiten con la mejor de la buena fe que puedo contar con ellos, que no quieren que piense que estoy sola.  Mientras otros me expresan con una sorpresa casi angustiante que no pueden comprender cómo he podido “sobrevivir” tantos días encerrada en un apartamento completamente sola.  Buena pregunta.

Es un tema en el que he invertido varios días, (bastantes) de reflexión.  El estar solo no es lo mismo que sentirse solo, aunque lo uno puede deslizase sobre lo otro sin darnos cuenta. Por eso, tal vez, las personas se obsesionan con tener compañía cuando no la tienen.  Les horroriza pensar que no tendrán a alguien a su lado y están en constante planificación de actividades para encontrarse rodeada de gente.

El elegir a alguien, por el temor a estar solos, nos deshonra y nos hace deshonrar al otro.

La soledad es una gran maestra.  Nos adiestra con lecciones muy profundas, en especial de nosotros mismos.  En ocasiones, nos pasa una alta factura porque se torna dolorosa.  Pero del dolor también se aprende. Al sumergirnos en nuestro interior podemos palpar el paso de Dios por nuestra vida, y descubrir a lo que necesitamos sujetarnos y lo que necesitamos dejar ir.

En realidad, cuando se aprende a vivir con uno mismo, se logra vivir libre y apasionadamente. Y mientras no aprendamos esa lección no estaremos capacitados para entablar ninguna relación significativa con otra persona.  El vivir solos nos da la oportunidad de saber quién realmente somos, más allá de la percepción que puedan tener de nosotros; nuestra familia, nuestros amigos, nuestra comunidad.  

Estar o sentirnos solos nos enseña qué es lo verdaderamente importante y lo que es trivial.  También nos enseña a ser agradecidos.  Esto puede evidenciarse fácilmente cuando nos encontramos con una persona anciana.  Muchos expresan no sentir ninguna motivación para levantarse cada mañana. Y en su rostro se asoma una mal dibujada sonrisa.

Cuando nos acercamos a ellos, le brillan los ojos al expresarnos que llevan guardadas muchas historias.  Historias llenas de logros, de retos, de alegrías, de esperanzas, de sufrimientos, de trabajo, de éxitos, de familia, de amor; pero que no tienen a quién contárselas y eso les hace sufrir una profunda y dolorosa soledad.

La soledad, no es ausencia de compañía, sino ausencia de Amor…

Hoy, tuve que bajar al estacionamiento porque una amiga me avisó que venía a entregarme algo.  Ella no puede subir a mi apartamento, porque tenemos prohibido las visitas en el edificio.  Las dos, con mascarillas puestas, cumpliendo con el protocolo establecido.

Sé que ella experimentó la misma alegría que yo, al encontrarnos, a pesar de la distancia.  Me trajo un detalle muy especial que tuvo prácticamente que soltarlo en mis manos.  Obviamente, ausencia de besos y abrazos, que no opacaron el momento. 

La mascarilla dejaba al descubierto su mirada, y en ella se reflejaba su alegría y generosidad.  Ojalá que mis lentes no hayan obstruido mi eco feliz y agradecido.  ¡Cuánto se valoran los gestos en determinados momentos!  ¡De cuántas diversas formas se acerca el Señor a acompañarme y a poblar mi soledad!

Ya que había bajado, aproveché a caminar por el estacionamiento, a paso rápido y esquivando ser vista (no podemos caminar por las áreas comunes). Todo me parecía diferente, las gallinas que cruzan de los edificios vecinos, los gatos que se esconden bajo los carros, los molestosos charcos de agua que siempre se ahondan en los mismos lados…

Extraña vista de la piscina serena, con el agua cristalina y completamente vacía.  No se escuchaba las infantiles voces en el parquecito de los niños, ni se escuchaba el golpear de la bola en la cancha de baloncesto.  Un sol maravilloso, una temperatura muy agradable, una soledad impresionante, pero llena de paz.

No encontré a nadie ni el estacionamiento, ni en el ascensor ni en los pasillos.  Ausencia de voces, ausencia de vida.  Regresé al apartamento, llamé a felicitar a una amiga que celebraba hoy su cumpleaños, y finalicé ese paréntesis de llamadas con las que hago a la familia.  Al terminar, nuevamente el silencio.

No me quejo.  Valoro esta soledad que me ha permitido particularmente estos días profundizar con nueva óptica mi vida y también la vida de Jesús. Uno que vivió en una total y completa soledad especialmente sus últimos tres años de vida, a pesar de estar rodeado siempre de mucha gente.  Creo que Jesús sufrió múltiples soledades; la de la traición, la de la incomprensión, la del rechazo.  Pero su soledad estuvo preñada de Presencia, esa que siento y quiero sentir día tras día en mi vida.  Esa que me da valor y esperanza.  

He decidido privilegiar unos espacios para la reflexión, por medio de unos ejercicios espirituales que pretendo realizar durante esta Semana Santa.  Lo que se necesita es tiempo, necesidad de interiorizar, profundizar y deseos de Encuentro. Dispondré el corazón y seguramente que Él me sorprenderá.

La soledad, no es ausencia de compañía, sino ausencia de Amor…