23 de mayo de 2020

A los 69 días de mi cuarentena...

Sábado…

Tras dormir poco anoche, (nuevamente)  decidí dormir las horas que hiciera falta en la mañana y sin sentir remordimiento alguno.  Necesitaba descansar. Lo hubiera hecho más a gusto si no hubiera sido por el sonido de los mensajes recibidos en mi teléfono desde las 7:15 de la mañana.  A las 7:30 miré el teléfono, y abrí solo lo que estuve esperando hasta tarde anoche.

Era un documental que quería ver luego de las revisiones hechas.  En realidad no lo pude ver del todo bien; estaba super agotada, muy soñolienta y bueno, al final, bastante relajada porque independientemente estuviera de acuerdo o no, ya ese trabajo era el final y ya no habría nada que hacer.

Lo vi a medias, apagué el teléfono y seguí durmiendo.  Al levantarme, me di un baño, tomé un café y decidí salir.  Mi tercera salida en todos estos sesenta y nueve días de cuarentena.  Llegué hasta casa de mis padres.  Almorcé con ellos, y les llevé un pudín de pan con pasas que les preparé anoche ya muy tarde y antes de irme a la cama.

A mi papá le encanta el pudín de pan. Muchas veces le he comprado alguno y se lo he llevado de regalo.  Pero esta vez, lo quise preparar yo misma.  ¡Se lo preparé con tanta ilusión! Tras desmoldarlo, apareció enseguida un cuchillo y fue cortado el primer pedazo.  A papi le gustó muchísimo y repitió.  Mi madre me dijo que se veía raro, feo y se limitó a tocarlo y decirme que le parecía que estaba duro.  A ella no le gustó, ni siquiera lo probó.

Había mucha humedad afuera, también adentro…

Conversé un largo rato con ellos, en realidad, les escuché opinar sobre temas que fueron repitiendo todo el tiempo, entre ellos, uno de los favoritos de mi madre, sobre mi peso. Me comentaban asuntos que ya me habían contado minutos atrás, con la vehemencia y entusiasmo del que cuenta una primicia. Pero yo les escuchaba con la misma caridad y paciencia, como si fuera la primera vez. Así estuvimos varias horas.  Ellos contentos, y yo les acompañaba.

Afuera había amenaza de lluvia, adentro también…

Regresé a casa, me serví una piña colada y retomé la lectura de Michele. Dediqué un rato a la lectura y terminé metiéndome en la cocina.  Es mi refugio, mi terapia de relajación y también mi momento.  Siempre es ocasión de encuentro, de perdón, reconciliación, aceptación.  

Son esos instantes que voy cincelando sonrisas y borrando amargos.  Pero no hay engaño implícito.  Sería como dice el cuento de la niña que ve entrar a su casa a Santa Claus, pero se da cuenta que se le ha olvidado a su papá, cambiarse los zapatos.  Ella ve a Santa Claus, aunque no ha dejado de ver a su papá.  Entre la vainilla y el azúcar me voy disfrazando de felicidad y al final, de tanto ensayo, me queda muy real.

Me aventuré a preparar un “cheesecake” frito.  Es algo muy sencillo y demasiado sabroso.   (Termino dándole la razón a mi madre.)  El aumento de peso no es lo suficientemente persuasivo para privarme de los antojos que he “padecido” en estos dos meses.

Terminé en la cocina justo a tiempo, para sentarme a ver el documental.  Se había programado para las siete y se cumplió con el horario. Ya esta noche pude verlo bien y no dormida, como en la mañana.  Siempre es emocionante ver rostros de personas cercanas, queridas, hermanas. Personas que me interpelan y despiertan en mí muchísima admiración, además del cariño especial que les tengo.

A muchos les he visto desde sus cabellos oscuros y cuerpos esbeltos.  Desde que sus rostros ni imaginaban arrugas, ni callos sus manos.  Desde que un día optaron por dejar todo para seguirle.  Hoy, algunos de ellos, tienen sus rostros surcados.  A otros, la enfermedad les ha minado sus fuerzas y a muchos les tienta el cansancio.

Pero he visto en todos ellos, en los más lejanos y los más cercanos; un mismo fuego en la mirada y un corazón agigantado.  No trabajan, donan su vida.  No se han dado, se han desgastado.  Hoy miro su historia, no como una impersonal secuela de acontecimientos, sino como un camino de Vida que ha sido guiada hacia un encuentro personal con Aquel, que le has sostenido siempre en la Esperanza. 

Pienso que el documental, como un producto, y como todo, puede mejorarse mucho.  Pero, más allá de unas fotografías, de unos cintillos, de toda la técnica que esto conlleva, se pudo traslucir la pasión que sienten mis hermanos por sus comunidades, el amor por su vocación y el ardor misionero que les inquieta como el primer día. 

Ha comenzado a caer una leve llovizna afuera, adentro también…

Al terminar de ver el documental, quedo con el corazón agradecido al Dios de la Vida, por haberme dado la oportunidad de haber puesto mi granito de arena en él. Fueron muchas las personas que se expresaron solidarios por las redes y además de agradecerlo, también me emociona ver la generosidad de mi pueblo, de mi comunidad.

Terminé mi noche compartiendo la receta del cheesecake frito con dos personas amigas.  Una de ellas reaccionó enseguida y quedó animada a prepararla, la otra, pasó de largo, como mi madre.  No importa, hace mucho que entiendo que solo se puede ser feliz desde la libertad.  Y también hace muchísimo tiempo que sé cómo defender esa bandera.

PS   Mañana es domingo y el reloj lo acabo de apagar.

22 de mayo de 2020

A los 68 días de mi cuarentena...

Llegó el viernes y con él, el inicio del fin de semana…

Hoy sí que fue un día super caluroso y húmedo.  Una mañana bastante pesada, debido a que anoche sí que dormí muy poco…terminé mi día a las tres de la madrugada de hoy y ya a las ocho estaba en pie.  Más dormida que despierta, pero a trabajar tempranito.  No me place hacer esto, ni es costumbre.  Pero, se trata de un asunto puntual, particular, que no podía postergarse.  Se está preparando un documental, hay que escribir, buscar fotos, redactar, en fin…hay que trabajar.  ¡Gracias a Dios, todo terminado (eso creo) misión cumplida!

Vivo frente a una de las vías principales de este país y el tráfico hoy estuvo como hacía sesenta días que no veía, congestionado, la carretera abarrotada de carros, bocinazos, en fin; pareciera que terminó la cuarentena (y a mí nadie me lo dijo).

Estuve encerrada en mi habitación, prácticamente todo el día para poder trabajar, por el ruido y por el calor.  Era imposible hacer nada en medio de tanto alboroto y con las temperaturas tan elevadas como tuvimos durante todo el día.  (dicho sea de paso, hace ya muchísimo rato que sonó la tan puntual alarma del toque de queda).   Pero afuera, la gente continúa en la calle.  Insisto, ¡se acabó la cuarentena y a mí, nadie me lo dijo!

Esta tarde, en la misa, nos ofreció una reflexión, el P. Luis Enrique, sobre el Evangelio de San Juan y sobre el tema de la alegría.  Me parece curioso que un signo tan evidente, tan humano y tan presente en toda la Biblia, y toda nuestra historia; se nos anuncia hoy día como algo novedoso o recién descubierto.  Suele pasar con todas las cosas que tienen matices positivos.

No olvidamos nunca lo que nos hizo llorar, sufrir o aquello que puso en evidencia nuestra vulnerabilidad.  Las veces que nos equivocamos, las veces que nos hirieron u ofendieron.  Difícil que lo olvidemos. Sin embargo, aquello que nos hizo reír o causó alegría, se nos olvida muy fácilmente.

Suele pasar que las parejas que alguna vez estuvieron juntas por muchos años, recuerden vívidamente los momentos tristes o dolorosos y olviden por completo, aquellos donde experimentaron la alegría.

Cuando recordamos la famosa parábola del tesoro escondido, recordamos todos los detalles.  Que el reino de los cielos se parece a, que el hombre halla un tesoro, que lo esconde, que vende todo para comprar aquel campo, etc.  Pero olvidamos la parte de la parábola que dice que el hombre estaba gozoso.  

Repetimos mucho, entre broma y serio el salmo:  “que mi lengua se pegue al paladar, si de ti no me acuerdo”…pero no recordamos el final:  “si no considero a Jerusalén, como mi máxima alegría”.

¿Y quién no recuerda al que se le pierde las cien ovejas? Cualquiera puede recitar esta parábola de memoria. La gran cantidad de imágenes, de cuadros, de estampas donde vemos al pastor, vemos las cien ovejas, nos fijamos en una allá perdida, pero no nos detenemos a fijarnos en la enorme sonrisa que debió esbozar el pastor.  

No son inventos míos.  Muy bien que dice: “y cuando la encuentra, la pone contento sobre sus hombros”.  Y luego, cuando llega a la casa le dice a los amigos y a los vecinos que se alegren con él porque ha hallado la oveja que se le había perdido.  Pero de esta última parte, también nos olvidamos.

Imagino que a este punto, habrán recordado de la alegría que experimentó la mujer que encuentra una de las diez dracmas que había perdido.  Y que igual que el pastor, cuando la encuentra, convoca a sus amigas y vecinas y les dice: “Alégrense conmigo, porque he hallado la dracma que había perdido”.

De la parábola del Hijo Pródigo (la del Padre Misericordioso) ni hablar.  Esa sí que es harto conocida por todos.  Y hemos sometido a mil juicios al chiquito y al grande de la casa.  He escuchado miles de reflexiones sobre esta parábola tan rica y maravillosa.  Sin embargo, nunca nadie repara en ese final que dice: “pero convenía celebrar una fiesta y alegrarse…”

Este mes de mayo, mes de María; hemos escuchado algunas reflexiones en donde recordamos aquel inolvidable: “Alégrate, llena de gracia”.

La alegría ha sido deseada, buscada y hasta suplicada por todos.  Es una constante en la vida del cristiano, en nuestra vida.  No debe considerarse como un premio, como un bien ganado, como un obejtivo o meta. Es un estilo de vida que responde a la convicción de nuestra identidad más profunda.  Porque me siento amada, acompañada, consolada, bendecida, lógicamente, experimento Alegría.   Como bien nos recordaba hoy Luis Enrique, no pueden haber cristianos tristes, imposible.

Pero, llevamos más de veinte siglos de escuchar la Palabra, contando las parábolas y seguimos poniendo el acento en los sacrificios, en lo que se tiene que renunciar, abstenerse, y queriendo golpearse el pecho y decir:  “Perdona tu pueblo, Señor” o tal vez el irreverente: “No estés por siempre enojado”. Y en cambio, la alegría se nos está disecando en algún rincón del corazón…  

Menos mal que ha llegado Francisco y nos habla de “La Alegría del Evangelio” (Evangelli Gaudium), de la Alegría del Amor, (Amoris Laetitia)…

A lo mejor, necesitamos leer con mucho más detenimiento los relatos pascuales y sentirnos invitados e interpelados cuando oímos:  “Alégrense”.

21 de mayo de 2020

A los 67 días de mi cuarentena...

Ya es jueves..preámbulo del fin de semana.  Día de discernimientos y novedades.

Durante la mañana estuve trabajando y en la tarde, escuchando el mensaje de la gobernadora donde anunciaba una nueva fase del protocolo que asumimos, desde hace más de dos meses.

Entre otras cosas, se anunció que la Iglesia podrá reabrir sus templos a partir del martes 26, pero solo en días sábado y domingo.  Claro está, siguiendo las estrictas medidas salubristas y bajo el protocolo que establezca cada denominación religiosa, cada pastor, obispo, etc.

Escuché esta tarde las reacciones de algunos líderes religiosos de Iglesias hermanas.  Uno de ellos expresó que debido a que el gobierno autorizó la asistencia no mayor de un 25% de capacidad de personas dentro del templo, ellos optarán por reunir a la gente en el estacionamiento, así las personas, se mantendrán dentro de sus carros, mientras verán proyectado en pantallas gigantes el culto, y simultáneamente lo transmitirán por emisoras radiales.

Bien por ellos.  Los católicos no la tenemos tan fácil, porque precisamente los elementos que ha utilizado el COVID 19 para distanciarnos, son los mismos signos de los que nuestra Iglesia se sirve para unirnos.  La cercanía, el abrazo, el encuentro entre los hermanos, la fraternidad, la comunidad, los sacramentos…

Porque a los de Emaús les ardió el corazón cuando escucharon a Jesús hablarles de las Escrituras, pero aquel encuentro les hizo entender que es al partir el Pan que se encontrarían con el Resucitado.  Por lo que no es solo el corazón lo que tiene que arder.  

Y en nuestro pueblo hay hambre, deseos de la Eucaristía, a pesar de que muchas veces se ve opacada por otros deseos superfluos.  Aunque andemos medio desganados o aparentemente satisfechos, ciertamente hay hambre. No sería mala idea ponerle nombre a nuestra saciedad satisfecha, para mantener despierto el hambre del verdadero Pan.

Necesitamos compartir la mesa, símbolo de la comunión, de la inclusión, del banquete fraterno.  Es alrededor de la mesa que nos reconocemos hermanos.  Lugar donde se tejen vínculos de fraternidad, de solidaridad, de amor.

Además, es la mesa, lugar del desprendimiento.  Colocamos sobre ella nuestras inquietudes, nuestros sufrimientos, preocupaciones, problemas.  Llevamos ahí también los frutos del camino que vamos haciendo; nuestra propia vida.  Y somos testigos de la entrega total y plena de Jesús por cada uno de nosotros.

La Eucaristía es momento de recordar, de traer a la mente y al corazón, esa hermosa historia de salvación que nos ha precedido y marcado.  Celebrar nuevamente la gratuidad, el amor oblativo que se hace presente siempre sobre la Mesa.

Luego, alrededor de esa bendita Mesa, se imparte la bendición, que sabemos que significa “bien decir”; “hacer, desear al otro,el bien”.  La Eucaristía nos da la ocasión de recibir las fuerzas para vivir en clave de bendición para los demás.  Descubrimos en la vida de los otros, la alegría que experimentó Jesús al sentir la afinidad con su Padre.

Los católicos no la tenemos fácil, porque hemos descubierto un gran Tesoro, escondido en elementos sencillos, nada fastuosos, accesibles a todos; pero que ninguna onda radial puede transmitir, ni ninguna pantalla capturar.  

Hemos comprendido el valor del maná del cielo, y no podemos renunciar a ello. Necesitamos ponernos alrededor de la Mesa, a recordar, a entregar, a recibir, a comulgar y a bendecir.

“Al vencedor le daré un maná escondido”.  (Ap. 2,17)

20 de mayo de 2020

A los 66 días de mi cuarentena...

Miércoles…mitad de semana.

Hoy, fue un día realmente hermoso.  Sol brillante, una tarde amenazada de lluvia, que no llegó nunca, pero sí ese olor inigualable de los días nublados. Descubrí algo tan trivial como increíble.  Pude abrir unas ventanas de mi cuarto que habían quedado “atascada” luego del huracán María.  No sé por qué me dio hoy con volver a intentar abrirlas y luego de un buen rato, lo logré.  Fue asombroso sentir la brisa fuerte y sabrosa que corrió a abrazarme.  También es cierto que fueron muchos los papeles y otros objetos que tuve que avanzar a guardar porque la brisa era verdaderamente impetuosa.  ¡Tres años en larga espera a que le diera paso!

Por la mañana me llamó una amiga a decirme que le había gustado mucho la anécdota que escribí ayer sobre las dos personas que viajaban juntas en el avión y de que a pesar que realizaron el mismo vuelo, su actitud fue una muy distinta.  Y en la conversación con ella, recordamos no un cuento, ni una anécdota, sino un caso real, lamentable y trágico, acontecido en el año 1972.  

Muchos recordarán esta historia, porque luego del suceso, años más tarde, fue llevada al cine.  Hicieron una película, que honestamente nunca quise ver, porque me bastaba con haber leído sobre los hechos, y un poco sobre Fernando “Nando” Parrado.  Este junto a Roberto Canessa, de quien sí tengo un libro, fue el que lideró la historia de la supervivencia.

Me refiero al accidente aéreo de un avión donde viajaba el equipo uruguayo de rugby a Santiago de Chile.  El avión se estrelló el 13 de octubre de 1972 en la cordillera de los Andes.  Murieron 29 de sus pasajeros.  Fernando Parrado y Roberto Canessa, son dos de los dieciséis sobrevivientes.  

La historia es una muy dramática que muestra al ser humano en situaciones límite.  Los dieciséis sobrevivientes del avión, tuvieron una lucha por la supervivencia que se prolongó por 72 largos días de temperaturas bajo cero, hambre y desesperación; hasta que fueron rescatados en helicópteros.  Luego de haber pasado la primera parte de la euforia y alegría del encuentro, se vivió el momento más dramático; confirmar que pudieron sobrevivir, alimentándose de sus compañeros fallecidos.

Sobre esta cuestión del canibalismo experimentado allí, se han escrito muchísimas cosas.  Se han pronunciado sicólogos, siquiatras, teólogos, sociólogos, cada uno desde sus convicciones.  Fue un tema debatido hasta la saciedad.  Ellos, el grupo de los dieciséis, concluyó “no tuvimos otra elección: vivir o morir”. Definitivamente, fue una tristísima y muy dura experiencia.

Pero, si recordaba hoy este evento, es porque guarda un poco de relación con la anécdota de ayer.  Resulta que cuando Fernando Parrado fue a comprar su boleto, ya estaba el avión prácticamente lleno.  Él quería su asiento en una de las filas de la parte de atrás del avión, ya que su mamá y su hermana también viajaban, y ya ellas tenían comprado sus boletos para esa parte del avión.  Pero, por más que insistió y trató, le tocó un asiento en la fila 9.

Parrado cuenta que esto le ocasionó mucho coraje. Era un joven un poco caprichoso y estaba acostumbrado a tener el control de todo, y a que nadie se opusiera a sus deseos.  Pero en esta ocasión, no pudo hacer nada y tuvo que conformarse con el boleto de la fila 9, asiento A;  el único que quedaba disponible.

Cuando sucedió el accidente, de la fila 10 hacia atrás, murieron todos, incluyendo su hermana y su mamá.  Los sobrevivientes fueron los que estaban sentados hasta la fila 9. Se podrán imaginar la de veces que este hombre habrá recordado y seguirá recordando ese detalle.  Y esto es solo uno de los cientos de asombrosos sucesos que tanto él, como el resto de los sobrevivientes vivieron durante esos 72 días.

Creo que no son pocas las veces que nos encaprichamos con algo, queremos hacer nuestra voluntad, a pesar de que todo indica que lo que hemos decidido, no es lo que en realidad nos conviene.  Muchas veces nos imponemos y forzamos las situaciones con tal de satisfacer nuestros deseos.  Y también son muchas las veces que sufrimos las consecuencias de decisiones erradas, no consultadas, ni mucho menos, oradas.

Hay un detalle que me llama poderosísimamente la atención.  Los sobrevivientes han manifestado siempre, que si algo les ha marcado la vida es, que al volver, fueron aceptados y perdonados por toda la gente que les recibió y les reintegró nuevamente a la sociedad, a pesar de lo que habían hecho.

Para estas personas, el sentirse acogidos, comprendidos y perdonados sí era cuestión de vida o muerte.  Vida con mayúscula, porque valoraron lo que les significó el organizarse como una pequeña comunidad.  Apoyarse, solidarizarse, consolarse, animarse, y amarse con todas sus consecuencias, para poder sobrevivir.  Y para poder continuar “viviendo”, necesitaban sentirse parte de una comunidad que no les juzgara, sino que les abriera los brazos con el perdón.  Eso me parece verdaderamente conmovedor.

Sobre esta historia, pudiera yo escribir varios días, porque a mí personalmente, siempre me ha impresionado.  Pero vale la pena resaltar las secuelas de esta tragedia.

Nando Parrado, fue seleccionado en el 2010 como el Mejor orador del mundo, por un prestigioso Foro de Nueva York.  Es un exitoso empresario, deportista y productor de televisión.   

Roberto Canessa es un famoso cardiólogo pediátrico. Las madres de los jóvenes fallecidos crearon una Fundación en apoyo a personas que están en defensa de la vida.

Todos, de una manera u otra han expresado, que luego de 72 días, sus vidas cambiaron tan dramáticamente que necesariamente al regresar, tenían que comenzar a vivir de otra manera.  Que no podrían jamás permitirse no ser mejores personas, mejores seres humanos, mejores cristianos.  Que valoran cada día, cada minuto, y a cada uno de sus descendientes, como oportunidades que el Dios de la Vida les regaló y por lo cual viven profundamente agradecidos.

Nosotros no hemos llegado a situaciones tan límites como pasaron estas personas.  Pero llevamos ya 66 días esperando ser rescatados de nuestros miedos, inseguridades como muchos están esperando ser rescatados de la falta de pan y medios para conseguirlo.

Ojalá, que al igual que los dieciséis sobrevivientes, sepamos, al regresar,  vivir de otra manera, desear ser mejores personas y sobre todo, sentirnos agradecidos por la oportunidad de haber estados sentados en la fila 9.

19 de mayo de 2020

A los 65 días de mi cuarentena...


Hoy martes, el día fue uno intenso.  Tres reuniones, varios trabajos que preparar, algunas llamadas y en la noche, participar (esto no cuesta nada, al contrario, me reanima mucho) de una Mesa Virtual.  Ciertamente que una siente, que “haciendo menos”, se agota más. 

Yo no pienso que hagamos menos, ni más.  Lo que sí puede cansar es, que aunque en volumen tal vez sintamos hacer menos cosas, todas son del mismo modo: virtual.  Y al no cambiar de maneras, eso es lo que pienso, nos agota.

Lo experimento cuando me toca el tiempo de tomar vacaciones.   Con el solo hecho de romper la rutina ya me siento descansada.  Aunque no viaje, aunque me quede en casa.  Al modificar horarios y repetición de actividades, ya el cuerpo siente relajamiento y descanso.

Ahora estamos, al menos yo lo estoy, desde la mañana hasta altas horas de la noche, frente a la pantalla de una computadora.  Puede ser redacción de documentos, cartas, preparación de power points, montaje de fotos, interacción en chats, en redes sociales, reuniones por Zoom, etc. Pero todo es mirando fíjamente una pantalla.  Estamos haciendo lo mismo por mucho más de ocho horas diarias.

Y si encima, la computadora comienza a padecer de “parkinson”, como le está pasando a la mía, que cuando más tranquila estoy, comienza a temblar la pantalla y a duplicarse la imagen, se ve todo borroso, sombras….ciertamente que tengo que terminar muy, muy cansada.

Con esta “quejadera” recuerdo una historia que me contó un amigo hace poco. 

Iban de viaje dos personas en un avión.  Uno iba durante todo el trayecto quejándose por todo.  La comida estaba fría, las bebidas eran de mala calidad, la asistente de vuelo no era amable,  la almohada no era la que había pedido, etc. 

Se estuvo quejando por todo, durante todo el viaje. Mientras tanto, la persona que estuvo sentado a su lado, viajó feliz.  ¿Cuál era la diferencia?  Que el que se quejó, había pagado su boleto de avión.  El del lado, le habían regalado el pasaje.

Entonces, hay que preguntarse: ¿en qué asiento voy yo? 

Porque cuando la persona cree que el mundo le debe algo, va a vivir amargado.  Nunca estará conforme con el trabajo que consiguió, con la familia que le tocó, nadie en el mundo le merece, etc.  Vivirá protestando por todo, e irá muriendo lenta y profundamente a la verdadera vida, en lugar de vivir agradecido.  En cambio, la persona que tiene un corazón agradecido verá todo en la vida, como un regalo.

La persona que tiene un corazón agradecido, dice un amigo, es como un imán.  Todo lo atrae. Agradece que pudo tener comida sobre la mesa, porque sabe que hay gente que muere de hambre.  Agradece que pudo darse un baño con agua caliente, porque hay gente que no tiene acceso al agua, etc.  Tiene la capacidad (¿o don?) de ver todo como un milagro.  Y se ve rodeado de pequeños y grandes milagros siempre.  El poder oír, el poder ver, pensar, estudiar, analizar, todo, todo es un milagro.

En este tiempo del coronavirus podríamos analizarnos y ver si agradecemos tener comida en nuestra mesa, cuando hay muchos que están pasando hambre.  Si agradecemos poder proveerles a nuestros hijos una computadora para que hagan sus trabajos de escuela, cuando hay muchos que no pueden pagar el internet.  Si agradecemos que podamos sentarnos con la familia tranquilamente a ver una película, mientras otros están solos en un hospital.

Tendría que preguntarme si agradezco que puedo trabajar desde mi computadora en casa, o me quejo porque se me está dañando y me cansa mucho la vista.  Y precisamente, ahora, ha vuelto a “portarse mal”….ha regresado a temblar, y pues, no puedo seguir escribiendo.  Creo que también ella se siente cansada.

Pero, me hago la pregunta y también se las dejo:  
¿en qué asiento vas?

18 de mayo de 2020

A los 64 dias de mi cuarentena...

Hoy lunes, inició una nueva semana de cuarentena…

Un día de trabajo desde la casa, un rato de lectura y varias llamadas telefónicas.  Encuentros del corazón.  Algunos a los que llamo “encuentros de mantenimiento”; que son esas llamadas “obligadas”, no porque representan un peso, sino, una necesidad, porque necesitamos escucharnos, independientemente tengamos algo nuevo que contar o no.  Son esas llamadas que necesitamos hacer o recibir para saber cómo está el otro, y que sepa cómo estamos nosotros.  Son esas llamadas, encuentros de mantenimiento, las responsables de mantener encendido el corazón.  

Luego están las otras llamadas, los otros tipos de encuentros.  Esos a los que llamo, los “afectivos.”  Son las llamadas que recibimos como signo de solidaridad, de cercanía, de personas que se preocupan por nosotros, se ponen a nuestra disposición, nos ofrecen apoyo, nos expresan cariño o igual somos nosotros los que generamos estas llamadas, estos encuentros “afectivos”.

Y hay un tercer tipo de llamadas, otro tipo de encuentro.  Es el que llamo, el “sorpresivo”.  Estas son las llamadas que no esperamos, que ni siquiera imaginamos íbamos a recibir o que tendríamos que hacer.  Responden a un hecho en concreto. Estos encuentros no se tienen porque sí.  Son provocados por una necesidad particular.  Y en la mayoría de las veces, tienen un cierto carácter de urgencia.

Este tercer tipo de encuentro es el que puede marcar la diferencia entre un día “normal” a uno “espectacular” o “desastroso”.  En cualquier caso, nos coloca frente a lo desconocido, no hay lugar para ensayos, ni preparación previa.  Requiere, de la persona que recibe esta llamada, paciencia, empatía, creatividad, agilidad mental y espiritual.  Porque cuando una persona decide llamar a alguien, en medio de una crisis de cualquier tipo, es porque está convencida de que la persona a quien llama es la que puede darle respuesta a su necesidad.  

Y ahí, me encontré yo en el día de hoy.  Uno de los encuentros que tuve, fue uno de los “sorpresivos”.  Y ciertamente, que lo fue en todo el sentido de la palabra.  Se me hacía increíble escuchar a una compañera de universidad a quien no he visto desde hace más de veinte años.  Inclusive, lo único que sabía de ella era que vivía fuera de Puerto Rico con su familia. Y esto lo supe hace muchísimos años, y lo supe por un comentario que hizo una persona en las redes sociales.

Al principio, la sorpresa, la alegría del encuentro.  Inmediatamente, la preocupación, las dudas.  ¿Por qué esta llamada? ¿Cómo supo mi teléfono? ¿Por qué se acordó de mí ahora? …y muchísimas preguntas más que iban rondándome la cabeza en medio de los saludos protocolares.

El siguiente momento, fue tal vez más sorpresivo que el primero.  Siempre ha sabido de mí por medio de otros amigos en común.  Si bien es cierto que nunca me había llamado, siempre ha tenido mis datos.  No se había acercado nunca, por la distancias, por las preocupaciones, obligaciones, por el olvido, por la dejadez.  Pero, nunca olvidó a esa amiga y compañera con quien compartió muchas horas de estudio, lágrimas, esfuerzos, ilusiones y proyectos de vida.  Y esa soy yo.  (así me lo expresó ella).

No ha regresado a la isla todavía.  Tan pronto pase la crisis de la pandemia, quiere regresar.  Necesita volver a casa, a sus raíces, a retomar la identidad que lastimosamente ha perdido.  Me cuenta que tiene una gran familia.  Esposo, tres hijos, y dos nietos.  Una grandísima y hermosa casa en un lugar privilegiado.  Luego de una carrera exitosa, en el mundo de las finanzas, decidió quedarse en casa.  Está sola con su esposo, sus hijos ya están casados y todos muy bien.  Según me iba contando “su historia”, me parecía que la había sacado de una novela de esas que siempre tienen un final feliz.

Pero no, a estas alturas de la conversación, ya me entero de la razón de esta “aparición”.  Mi amiga lleva padeciendo maltrato sicológico de parte de su esposo por muchísimos años. Ha vivido momentos muy difíciles, tristes, duros.  Y los ha afrontado sola.  Sus hijos están ajenos a la agonía que experimenta su madre, sus padres fallecieron y ella fue hija única. 

Y, ¿por qué me cuenta todo esto? ¿por qué se acuerda de mí después de tantos años? ¿sabrá ella que no estoy casada? ¿conocerá cómo ha sido mi vida, cómo la vivo?  Y lo más importante, ¿sabrá ella que estudié Administración de Empresas? ¿que no tengo ningún crédito en sicología o trabajo social? 

Pues sí, sí que lo sabe. Pero a pesar de ello, me llama y lo hace porque necesita ser escuchada, necesita a alguien que no la va a juzgar, que no la va a cuestionar, que va a respetar su sagrario; porque así fue siempre entre nosotras dos, cuando todavía soñábamos con un futuro hermoso y perfecto.

Es muy lamentable ver cómo hay personas que sufren inútilmente por estar enganchados a cosas o a personas que le quitan las fuerzas o las ganas de vivir. Personas que demoran mucho en comprender que el bienestar emocional depende mucho de descubrir aquellas cosas que nos dañan, y desapegarnos de ellas. 

Cuando hablo de desapego, no me refiero a “no estar vinculado a,”  “necesitado de”, no se trata de anular las relaciones personales con otros.  Se trata de sentirnos sicológicamente más libres.  Desapegarnos es, no darle el control a alguien que quiera robar la esencia de mi vida, que no me valore o respete.  El desapego no es una palabra negativa, que resta.  Todo lo contrario.

Desapegarse es vivir y disfrutar de la vida, conscientes de que todo es transitorio y desarrollar un estilo de vida que no se fundamente en la dependencia emocional de personas o cosas.  Esto implica que no necesitamos crearnos una falsa identidad para sentirnos realizados plenamente como personas. Me interesan las personas, pero no me destruyo por querer vincularme a ellas.  En el desapego, podemos sufrir pérdidas, pero seguimos adelante.  

Bueno, esto es parte de lo que conversé con mi amiga porque parece ser que está atrapada en un círculo vicioso porque está apegada.  No sé si estoy en lo correcto, no soy sicóloga ni mucho menos.  Es sencillamente lo que pienso.  Pero, en realidad, de toda nuestra conversación, lo verdaderamente importante (y lo único que puede ayudarle) fue compartirle lo siguiente:

La paradoja de todo esto es, que para poder desapegarnos de personas o cosas, hay que estar apegados a Alguien que es la única garantía para poder recuperar la libertad, una sana auto estima, y nuestra dignidad.  Sólo en la persona de Jesús he podido vivir vinculada, pero no apegada, en comunión, no en sumisión, en actitud de servicio, pero no humillada.  

Solo con la fuerza que he encontrado en Él y en Su Palabra he podido vivir desapegada de todo lo que es pasajero en mi vida, solo fuerte y firmemente apegada a Él.

17 de mayo de 2020

A los 63 días de mi cuarentena...

Un domingo que nos trae nuevamente un intenso calor.  Sin embargo, contrasta con el fuerte viento que llevamos sintiendo hace ya un par de días.  Un sol espectacular, brillante, intenso.  El día estuvo sencillamente, hermoso.

Comencé mi día, con la celebración de la misa que estuvo igual de hermosa que el día de hoy. Siempre estaré profundamente agradecida, por los grandes esfuerzos que han hecho mis Claretianos, por mantenernos encendida la llama de la fe, de muchísimas maneras. 

Dedican muchísimas horas en la preparación de las eucaristías, planificación de actividades pastorales, reflexiones, encuentros formativos por Zoom, etc.  Hacen todo lo que esté a su alcance para que podamos experimentar en todo momento, la presencia del Resucitado entre nosotros.  Y ciertamente que lo logran.

Recibo una llamada de mi hermana.  Una invitación a almorzar.  Le ha llegado el resultado de la prueba del COVID 19 y ha salido negativa.  Está feliz y quiere celebrarlo. No me decido enseguida.  En estos 63 días solo he salido una sola vez, el Domingo de Madres a estar un rato, con mi madre y mis hijos.  Y con ese mismo argumento, me ha convencido mi hermana de que puedo ir a visitarla.  Ella está sana y yo no he salido de casa, por lo que asumimos que ambas estamos bien.

Quiere verme, le hace falta estar un rato conmigo, compartir la mesa….y a mí también…y a pesar de todo esto, dudo en salir.

También hay sabiduría en las dudas. Son intuiciones del corazón que van buscando aciertos, certezas.  Hay ocasiones que las dudas construyen y fortalecen el Espíritu y para un domingo, están bien.  Al final, opté por ir.  

Optar en cada momento de nuestra vida, con nuestras palabras o acciones, forman parte de nuestra libertad.  Acertar siempre, creo que sólo María supo hacerlo, claro, es que Ella era todo libertad.  

A nosotros suele darnos mucho miedo hacer uso de la libertad y no pocas veces nos justificamos de nuestras inacciones o silencios.  Nos asustan las palabras que pueden crear controversia y preferimos enmudecernos en algunas situaciones. En otras, caemos en la tentación de no cuestionar posturas que van en contra del Evangelio, y de ese modo, nos hacemos cómplices.

Finalmente, me venció el amor y almorcé con mi hermana.  Nos abrazamos con la mirada, con las palabras, con el corazón.  Hablamos, reímos, planificamos…

Había hecho un discernimiento en la mañana al que había invitado a Alguien a que me ayudara a hacer…opté, decidí ¡y acertamos!

16 de mayo de 2020

A los 62 días de mi cuarentena...

Hoy sábado, el día estuvo muy caluroso y también bastante activo…

Decidí darme un espacio exclusivamente para continuar con la lectura del quinto libro que llevo en esta cuarentena. Es una lectura muy distinta a la que habitualmente hago.  Se trata de una autobiografía.  He leído las primeras treinta páginas y ya sé que terminaré de leerlo (el libro tiene 523). Es la historia de una persona aún joven y la que espero y deseo que viva muchos años más.

La historia que va contando esta mujer de su vida, me resulta interesante e interpelante.  Y cuando un libro logra eso de mí, “me tiene”.  

La historia de otros, nos ayudan siempre a hacer introspección.  Tener acceso a la intimidad del otro; es pisar tierra sagrada.  Nos sentimos honrados y agradecidos de que nos hayan invitado a vivir una de las más hermosas experiencias; entrar en el sagrario de una persona.

Este espacio es lo más valioso, lo más hermoso y lo más auténtico que tiene cada ser humano.  Es el lugar de la transparencia, de la verdad y también de la vulnerabilidad.  Donde no existen garantías ni apoyos, todo es gratuidad. Y los sagrarios son todos distintos, y ninguno es mejor que otro.  Son la raíz, la esencia de lo que somos, la mejor versión nuestra.  Es ahí, en donde Dios ha depositado su mejor sueño.

Este libro lo había visto en librerías y en internet por varios meses.  Honestamente, nunca me sentí movida a comprarlo.  En principio, porque siempre que he leído una autobiografía ha sido motivada por lo que he escuchado o conocido sobre esa persona, sobre algo que me ha llamado la atención, porque me causa curiosidad o porque estoy segura que voy a aprender algo.  Hasta ahora, las historias que he leído, son de personas ya fallecidas.  

Por otro lado, me causaba un poco de escepticismo leer la historia de una persona que ha sido la esposa de un presidente.  Sí, efectivamente, el libro que estoy leyendo es “Becoming”, Mi historia, de Michelle Obama.  Me llegó un día a mi casa por correo, como regalo de la mayor de mis sobrinas.  Me sorprendí muchísimo, lo agradecí más…
  
Hace unos meses atrás mi sobrina estuvo de visita en Puerto Rico.  Ella nació en Estados Unidos y ha vivido siempre allá.  Un día que estuvimos hablando hasta muy tarde en la noche me preguntó qué me gustaría hacer el día que me retirase del trabajo.  Le respondí rápidamente sin pensarlo ni un minuto: “Leer muchos libros y escribir, escribir mucho también”.  Junto al libro vino una tarjeta que leía: “Para el día en que te retires”.

No me he retirado aún del trabajo, pero luego de haber leído cuatro libros en esta cuarentena, lo encontré junto a otros que esperan por mí.  Confieso que lo tomé en las manos y lo volví a guardar varias veces, antes de decidirme a leer la primera página.  Finalmente, superado esta aversión, acaricié la portada del libro (lo hago siempre al comenzar a leer uno) y me dejé sorprender.

He leído muy poco, pero lo suficiente para desear conocer la historia completa. Una de las cosas que me ha hecho “click”, que me ha tocado personalmente, es el hecho de que ella decide contar su historia, luego que ya no es la primera dama de una nación.  En cada página que he leído hay un eje transversal,  el gran respeto y admiración que siente por su esposo.  Pero, hay una fuerte conciencia de conocerse y saber estar en su lugar, en el momento y tiempo correcto.  Ella se conoce muy bien.  Sabe sus capacidades, sus cualidades, su gran fuerza. Es una mujer muy inteligente, con una sana autoestima.  

Ella tiene una historia que contar, y parece ser que una, muy interesante.  Pero la admiración que siente y por supuesto el amor, hacia su esposo, condicionaron su tiempo.  Y es ahora que decide escribir, contar, compartir una vida que estoy segura servirán de inspiración a muchísimas mujeres.  Por supuesto, esto sin ningún ápice de propaganda política partidista.  Ella va por encima de estas consideraciones.  Sí, seguramente terminaré de leer el libro completo.

Ya al comenzar a caer la tarde, ha llegado mi hijo a casa.  Va a participar en una competencia frente a uno de sus mejores amigos, que es un gran Chef (cocinero).  Ambos harán uno de esos “Live”, que están de moda.  Mi hijo, que es Bartender, tendrá que preparar una comida y un trago original, al mismo tiempo que hará lo propio su amigo el Chef.  

Llegó a casa cargado de alimentos, rones, especies y una alegría contagiosa.  Prácticamente ha invadido mi cocina y luego de colocar el teléfono y sus mil cosas, esperar a la hora que comenzaría la competencia.  Yo me retiré a la habitación y aunque le veía y escuchaba, iba viendo la competencia por la computadora.  Realmente fue muy gracioso verlo cocinar, porque la cocina no es precisamente uno de sus fuertes.  Al igual que ver a su amigo, a quien conozco hace ya muchísimos años y le tengo un gran cariño, tampoco le ubicaba a éste, preparando un trago.

El programa fue mi divertido y la gente iba saludándolos y opinando sobre sus ejecutorias.  Luego, cuando faltaban pocos minutos para terminar la competencia,  los promotores de la misma indicaron la hora y el modo en que podían hacer las votaciones para elegir al ganador.  Fue ahí cuando me doy cuenta que no he preguntado ¿cuál sería el premio?  

Luego de arroces, carne, vegetales y tragos…fue finalizando el programa.  Había disfrutado mucho de la alegría que experimentaba mi hijo y del ambiente fraterno y cariñoso que se había compartido por las redes sociales.  Faltaban unos minutos para finalizar.  No me esperaba el postre.
  
Al despedirse del programa, mi hijo expresó, que el objetivo de la competencia era para motivar a los jóvenes, que tal vez se encuentran agobiados en sus casas, por la situación del COVID 19; a que se atrevan a realizar algo nuevo, diferente.  Que busquen dentro de su interior y descubran que pueden ser más de lo que se han conocido hasta ahora.  El cielo es el límite y todos tenemos algo que aprender y algo que aportar.

Para ellos no había premio, solo la satisfacción de haber tenido a muchos jóvenes, contentos, riendo y pasando una hora de sano entretenimiento en medio del tiempo difícil que vivimos.  Para ellos no había “premio”.  Para mí, sí.  Recibí una gran alegría, una gran bendición.  

Anunciaron que mi hijo ganó la competencia, pero no es cierto.  ¡Ganamos todos! 

15 de mayo de 2020

A los 61 dias de mi cuarentena...

¡No entiendo cómo ya llegó el viernes!  Tuve que ver el calendario para cerciorarme porque honestamente, lo dudaba.  En realidad, últimamente, he perdido la noción de los días.  Ya no siento el lunes distinto al domingo, ni distingo una tarde de viernes, de una de un martes.  Se siente una medio perdida con esto de no salir de la casa.  No sé si le pasa a otros, al menos a mí sí.

Hoy, cerca de las tres de la madrugada, intentaba dormir.  Cuando ya lo estaba logrando, un fuerte sonido logró espantarme y sacarme de la cama.  No podía creer que estaba escuchando a esa hora cómo aceleraban tres motoras en la carretera, frente a mi casa.  ¡Un jueves, a las tres de la madrugada, y en cuarentena! Me senté en el balcón anonadada a observar de qué iba aquello.
  
Las motoras iban hasta el semáforo, regresaban, entraban al estacionamiento del centro comercial y repetían la ruta.  Los tres motociclistas, eufóricos, intuyo que disfrutando la osadía de violar la ley de la cuarentena. Parecía que la competencia se basaba en ver quién hacía más ruido que otro o tal vez, quién evadía por más tiempo, a la presencia de algún policía.
  
Pronto comencé a escuchar voces a lo lejos.  Por supuesto, que no fue solo a mí a quien le interrumpieron el sueño con aquel ruido ensordecedor. Algunos vecinos expresaron en voz alta su molestia. El espectáculo duró alguna media hora.  Lo suficiente para espantar el poco sueño que había logrado meter debajo de la almohada. Como resultado, sufrí un fuerte dolor de cabeza toda la mañana.

Durante el día, estuve escuchando las noticias, con mayor atención que en las pasadas semanas.  No pude evitar entristecerme, y mucho.  Las cifras de contagio del coronavirus y las estadísticas que nos hablan de los que han perdido la batalla, ciertamente que describen una situación muy lamentable.  El dolor de la familia al no poder acompañar a sus seres queridos en los momentos más duros de su vida, también.  Todo este panorama es realmente dramático.

Pero mi tristeza de hoy, estuvo fundamentada en el dolor que experimento al confirmar que la ambición de poder, la seducción del dinero y la pérdida de valores continúan ganando terreno en las instituciones que deberían liderarnos correcta y dignamente.

Pero, ante las necesidades de muchísima gente que ha quedado marginada y en el desamparo, se responde con discursos cargados de promesas y vacías de verdad.  Se le pide al que tiene hambre que tenga paciencia, desde la opulencia y la comodidad. Los líderes políticos, todos, en su constante lucha por ganar adeptos, van improvisando caridades y enredándose en artimañas donde el pobre y el de abajo, quedan a la sombra de sus intereses.

Me he sentido hoy, como mujer, como puertorriqueña y como cristiana, herida, indignada.  Y ante la injusticia social, hay que tomar postura.  Reconocer y rescatar en nuestro pueblo, esos rasgos identitarios que definen nuestra nobleza.  Dar testimonio, como pueblo cristiano que somos, de que en nuestro diccionario no podemos incluir palabras que ofenden, que separan, que irrespetan a la persona.  Que hay un genuino deseo de pronunciar ese lenguaje inclusivo que hemos aprendido de nuestros padres y abuelos; resultantes de una gran experiencia de fe.

Claro, las palabras no son suficientes.  Creo que ya nos han hablado demasiado.  Es momento de expresar la responsabilidad y la solidaridad con gestos y hechos concretos. Levantar nuestra voz y hacernos eco de los que más sufren el abuso y la exclusión, es un deber cristiano, pero no es suficiente.

Hay que escuchar, acompañar, animar, y atender.  Es urgente dar respuestas cimentadas en el Amor y sostenidas con la Esperanza.

Nos sentimos desbordados de impotencia y es un reto ser coherentes con nuestro testimonio de vida. Hemos cerrado nuestras casas, y con ellas, hemos escondido el pan que se comparte y el vino que se derrama.  ¡Y no es nuestro! Se nos ha dado para compartirlo con los demás.  

Me duele pensar que Jesús pudiera repetirnos: “Este pueblo me honra con los labios, pero su corazón está lejos de mí”…

Me asusta pensar que podamos convertirnos en los herederos silentes de un pueblo con corazón orante…  

14 de mayo de 2020

A los 60 días de mi cuarentena...

Hoy fue un día lleno de contrastes. Estuve todo el día prácticamente ocupada y resolviendo muchas cosas a la vez.  Recibí buenas noticias y otras no tan buenas.  Había planificado realizar unas gestiones, hacer un pudín y no hice ni lo uno ni lo otro…así es la vida, no la mía, la de todos, impredecible.

Fue curioso recibir varias llamadas donde escuchaba lo mismo: “esto pasará pronto”, “ya la gente se cansó y está en la calle”, “pronto volveremos a nuestra rutina,” etc.  Valoro la buena intención de la gente que me llama para “animarme” con estas palabras, porque piensan que estoy deseosa que termine la cuarentena; para regresar a lo ordinario de mi vida. Pero, no opino de esa manera, no me siento desesperada, desanimada, ni mucho menos deseosa de regresar a mi “rutina”.  Yo me resisto a eso.

No he pasado sesenta días en casa, aprendiendo a conocerme mejor desde el silencio, para regresar a ser la misma.  No he resistido a renuncias afectivas para no valorar más a los otros, cuando “regrese”.  Es imposible conservar mi lista de prioridades, cuando ésta se ha transformado completamente. No he invertido en largas y profundas horas de “Encuentro” para ignorar lo aprendido.  No es posible que luego de cargar de nuevas formas, el peso de las preocupaciones de muchos, de familiares, amigos; los propios; ahora, de buenas a primeras quieran convencerme, de que todo volverá a ser igual que antes.

No podrá ser nunca igual, porque todos hemos comprendido nuevas verdades.  Nos hemos dado cuenta de que el mundo no es tan grande como lo sentíamos.  El dolor y el sufrimiento nos han acercado con una rapidez impresionante. Los grandes poderes de este mundo, no habían logrado nunca unirnos tanto como un virus de dimensiones microscópicas. Apenas hemos comenzado a entender el sentido del ahorro y el buen uso de nuestros bienes.

Muchos, finalmente han comprendido el significado de la palabra, solidaridad.  Ese modelo social, político y económico que endiosábamos, ha colapsado.  La salud se ha coronado como el bien más deseado. Nos hemos sentado a la mesa con los nuestros, todos a un mismo tiempo.

Cuando regresemos, el mundo no será igual, porque ya no es el mismo.  Y lo que a muchos les causa ansiedad y temor, a mí me ilusiona mucho.  Confío en que todo lo vivido nos haya ayudado y siga ayudando a dar la mejor versión de nosotros mismos. 

Todos sirven primero el mejor vino, pero tú has guardado el mejor vino para el final.

Esta lectura de las Bodas de Caná me han acompañado hoy durante todo el día.  “El mejor vino, para el final”.  Así lo siento, así lo creo. Confío plenamente en la Palabra, que es capaz de romper los muros de nuestros pesimismos.  ¿Cuándo recibieron los novios el mejor vino?  Cuando ya no tenían vino.  ¿Habremos llegado ya a la total carencia de vino? 

Las cosas que se nos dieron nuevas en el pasado, no pueden ser nuevas hoy.  Dios tiene siempre algo nuevo para nosotros.  Y siempre excede nuestras limitadas expectativas. Pero pienso que primero tienen que darse unas condiciones para poder recibir el mejor vino.  

Mientras sigamos con nuestro propio vino viejo, no degustaremos nunca del buen vino que Dios da.  Si nos sentimos satisfechos con nuestras uvas, nunca sentiremos necesidad de conocer los frutos de otros viñedos.

“No ha llegado aún mi hora”.  No podemos calendarizar el fin de la pandemia y el regreso a nuestra “rutina”.  Jesús nunca hizo las cosas ni antes ni después, sino cuando hizo el discernimiento de que el tiempo había llegado.  

“Hagan lo que Él les diga”.  Es sumamente importante entender que si queremos tener el mejor vino, tenemos que poner a Jesús al centro de nuestras vidas.  Esto implica que mi convicción de que el mejor vino se me ha guardado para el final, es porque he hecho una opción preferencial por su Persona.

“El maestresala probó el agua hecha vino”.  Si Jesús está conmigo y él tiene control de mi insatisfacción, le permito que haga su intervención en mi vida.  De esta manera, puedo degustar ese vino que está reservado para mi vida al final. Y ese vino es el mejor.

Siempre que había leído este texto, había concluido que Jesús sirvió el buen vino de último, pero en realidad el buen vino fue el único que sirvió Jesús, porque el primer vino no lo sirvió él.  Todo lo que sale de las manos de Dios es perfecto. 

No es cuestión de que mi vida antes o después de la pandemia es mejor o peor, es cuestión de que en Jesús, tiene que ser la mejor etapa de mi vida, la etapa donde la gente vea y sienta, que he degustado el mejor vino.

Eso es lo que tenemos que hacer, no preocuparnos por el fin de la pandemia, no desesperarnos por retomar nuestras viejas tinajas.  Sé que el mejor vino nos lo tiene reservado el Señor para el final.  

Todos sirven primero el mejor vino, pero tú has guardado el mejor vino para el final.