3 de junio de 2020

A los 80 días de mi cuarentena...

Miércoles, mitad de semana…

Hoy tuve un día como el nuevo tiempo litúrgico: ordinario.  Un día normal de trabajo, de las llamadas a la familia, del seguimiento a las tareas pendientes etc.  Y en la noche, como todo los miércoles, el encuentro con la comunidad; lógicamente de modo virtual.

Entre otras cosas, nos detuvimos a compartir la homilía que ofreció en Pentecostés el Papa Francisco y me pareció genial en el preámbulo de la gran fiesta de la Trinidad que ya se avecina.  Las palabras del Papa Francisco, siempre tan llanas, tan profundas y sencillas a la vez, hacen que uno regrese una y otra vez a querer leer sus cartas.  Realmente es un hombre de una sensibilidad evangélica increíble.

El tema de la comunidad no se agotará nunca porque procede de una Fuente inagotable de Vida.  Y es el mismo Espíritu quien va insuflando a todos y cada uno de sus miembros.  Los va animando, acompañando, y capacitando en todo momento.  Los miembros de la comunidad nunca serán los protagonistas de ella (¡gracias a Dios!).  Si dependiera de nosotros, sería cualquier cosa; menos una verdadera comunidad.

Yo he encontrado en la vida comunitaria una riqueza incomparable, increíble y adictiva.  Confieso que soy comunidad-dependiente.  No puedo estar fuera de la comunidad.  Lo llevo en mi ADN.  No me reconozco ni entiendo sino es desde mi comunidad. No sé vivir mi relación con el Otro y con los otros, sino es desde mi identidad comunitaria.

En este tiempo “moderno”, caemos en la tentación de medir los círculos donde nos movemos, por lo que estos puedan satisfacer alguna necesidad personal.  Actitudes egoístas que reflejan una de las muchas fragilidades que llevamos dentro.  Y en la comunidad, no existe el trueque, el intercambio, el pago por… la comunidad se basa en la donación, en la gratuidad.

No se trata de derechos ni de obligaciones, se trata de libertad.  No se trata de amistad, sino de hermandad.  En la comunidad se va caminando juntos, pero cada uno va a su ritmo, respetando siempre el espacio del otro.  

Cada persona que pertenece a una comunidad, comprende su afiliación a ella, desde el Amor.  No hay otra explicación.  Somos todos diferentes, tenemos diversas historias, procedencias, andaduras, afinidades, gustos, experiencias.  Estamos contenidos en un inmenso abanico de realidades diversas.  Y eso está bien, no está mal.

Cada uno aporta desde su realidad una gran riqueza a la comunidad.  Cada uno pone a la disposición de los demás los dones que ha recibido, y que ciertamente todos poseen más de uno.  Cuando la comunidad se experimenta como don, es cuando se vuelve adictiva, necesaria, imprescindible para nuestra vida.

Es que hemos nacido para vivir en comunidad.  Y es el deseo de Dios para nosotros.  No hay mayor evidencia que ver la primera, esa que celebraremos el domingo, la Santísima Trinidad.  Una que nos muestra ese amor de interrelación, de complementariedad, de vida compartida.

Cuando en una comunidad se experimenta la alegría de sentirnos amados como somos, cuando  no se pretende cambiar a nadie, no se juzga a ninguno, hay aceptación, respeto por el otro; se constata que es el Espíritu Santo quien está en medio de ella .  Ciertamente cuando es así, hay tolerancia, comprensión, ternura, empatía, amor.

No podemos reducir la experiencia de la comunidad a una actividad que creamos necesaria para la construcción del Reino.  Aunque pudiera ser eso cierto; lo que realmente es importante es ver la comunidad como lugar privilegiado de encuentro con Dios, en medio de la pluralidad, en medio de nuestras limitaciones y fragilidades.  Tener una experiencia de fe con otros que al igual que yo, andamos en búsqueda de lo Trascendente. 

Esto no quiere decir que en una comunidad no existan dificultades.  ¿Acaso no han existido los problemas comunitarios desde las primeras comunidades?  Pero, lo que no podemos olvidar es que una comunidad nunca está en crisis.  Lo que sí puede estarlo, son algunas situaciones o experiencias que necesitan ser iluminadas por el Espíritu, pero no la comunidad.  Porque la comunidad es don de Dios y eso jamás estará en crisis.

Bueno, ya la computadora comenzó a fallar, debo terminar aquí.  Solo quería compartir hoy mi adicción, mi amor, mi enamoramiento de mi comunidad.  Creo en ella, la valoro, la defiendo, la cuido, y siempre la veré como un regalo inmerecido de mi Padre Abbá.  

2 de junio de 2020

A los 79 días de mi cuarentena...

Martes….día que la vida me despertó muy temprano…

Fue un día con agenda llena de trabajos y reuniones.  Pero, lo más difícil ha sido la lucha que llevo hace días con mi computadora.  No es nada fácil tener que preparar documentos, recibirlos, enviarlos, conectarte por Zoom para reuniones, con una máquina que de cuando en cuando deja de funcionar.  Y ahí vamos de nuevo, a esperar un rato, volverla a encender y esperar que haya tomado un nuevo aire para continuar trabajando.  (Esto sin mencionar la de veces que he perdido trabajos que ya había terminado).

Mientras voy trabajando, hay varios temas que van rumiando mi corazón.  Pero, no puedo escribir todo lo que me gustaría porque tengo que “avanzar” antes de que se vuelva a dañar la computadora.  Pero sí que he pensado mucho en mi país, en todos los sucesos que van escalando emociones y resultando en decisiones muy serias y comprometedoras para el futuro de nuestra gente; y que se están dando de manera impetuosa.

Llevamos noventa años con un Código Civil.  No dudo en que hay necesidad de atemperarlo a nuestro tiempo, que responda a las nuevas realidades…aterrizarlo.  Lo que no entiendo es ¿cuál fue la prisa de firmarlo ahora, en este tiempo de pandemia, sin vistas públicas, sin escuchar a todas las partes?  ¿Qué costaba escuchar a todas las personas que hoy dicen que faltan cosas de aclarar, lenguajes que corregir, asuntos muy serios que discernir aún?  ¿Por qué la prisa?

Me aterra pensar que se ha elegido este momento premeditadamente, con un frío cálculo, como me pareció la presencia por vez primera, de un hombre de raza negra sirviendo de intérprete de lenguaje de señas, en el mensaje de la gobernadora. (dicho esto con el mayor de los respetos, pero es verdad que es la primera vez).  ¿Casualidad? No me parece….

Por otro lado, también es cierto, que si se va a esperar a que haya un consenso entre todas las partes;  pues ya podremos esperar unos noventa años más para actualizar el Código Civil.  Pero sí creo que se pudo haber esperado a celebrar las vistas públicas, escuchar a la gente y sobre todo, esperar a que hubiera pasado la pandemia y bueno, ya luego, firmar lo que haya que firmar.

Hay otro tema que ya mencioné el otro día y es sobre la muerte de George Floyd.  Sobre ese tema, tengo sentimientos encontrados.  No hay palabras para exteriorizar toda la tristeza, indignación, vergüenza y dolor que me causó la muerte de Floyd.  Sobre todo, lo que representa el modo en que fue asesinado.  

Pero también es cierto que lamento mucho que no hayamos aprendido aún el modo correcto de señalar la injusticia y de prestar nuestra voz a los más vulnerables.  Creo firmemente en la denuncia, en exigir y procurar que se respete la vida, la persona y todos los derechos humanos existentes de nuestros códigos éticos; pero más aún, de nuestras convicciones evangélicas.  Pero nunca creeré en la violencia; porque al perder el control de las emociones, también pierdo credibilidad y me sitúo en el mismo lugar del opresor.  Sé que no es fácil, cuando se siente un hueco por dentro.  No he dicho que sea fácil, sino evangélico…

En la tarde de hoy, se manifestó un grupo de mujeres frente a la Fortaleza, en San Juan. Indicaron ellas que estaban allí, para exigir igualdad entre los blancos y negros de este país, denunciando el racismo existente.  Tienen el derecho de expresión, lo contempla nuestra Constitución.  Lo que nunca entendí fue la necesidad de lanzar aceite de motor de auto a los ojos de la policía, el lanzar piedras y pronunciar insultos.  

Pude ver parte de los visuales que pasaron por la televisión…y lloré.  Lloré de vergüenza, y sentí una pena muy honda.  Lo que presencié fueron gritos disecados, gargantas rotas, mentes encallecidas de muchos años de sentimientos frustrados.  Me parece que no han encontrado espacios para exteriorizarse, para vomitar toda la rabia que llevan dentro, y eligieron el día de hoy.  No me pareció justo para George Floyd.

Llegada la noche, pude participar de la Mesa Virtual y fue un bálsamo que le sirvió de colofón a mi día.  El tema de la Trinidad fue extraordinario.  El poder ir sobre este misterio de Amor una vez más con nuevos ojos, con un nuevo ardor.  Sí, porque todavía estamos, como diría una amiga mía, “paraclitados”, o sea, afectados por el Paráclito y como consecuencia, “animados”.

Animados, a pesar de tener la Esperanza amenazada, a pesar de haber celebrado un Pentecostés encerrados como aquel primero, pero que aún perpetuamos el encierro.  Pero lo celebramos.  ¿Acaso el que cumple años durante la pandemia dejará de cumplirlos por la situación?  Al Espíritu no hay pandemia que lo detenga, ni hay tristeza que le frene.  Al contrario, en la debilidad, en la vulnerabilidad, cobra más fuerza su acción transformadora.

Fue una noche bonita, con gente que celebra la vida, celebra la Palabra, la comunidad, el Amor.  Fue una flor en el desierto de mi día.  ¡Doy gracias a Dios por ello!

31 de mayo de 2020

A los 77 días de mi cuarentena...

Hoy, es día de múltiples celebraciones.  Hoy finaliza un nuevo mes en este periodo de Pandemia.  Finalizamos el tiempo Pascual.  Hoy es el día de la Visitación de María a su prima Isabel. Finaliza el mes mariano.  Y por si no fueran suficientes los motivos para celebrar; es Domingo de Pentecostés. ¡Estamos de fiesta!

Todas estas motivaciones me hacen ruido en mi corazón, por supuesto de diferentes maneras e intensidad.

Finaliza un mes más en este periodo de Pandemia.  Ya cumplimos, en Puerto Rico, 77 días de cuarentena.  Aunque se ha comenzado a reanudar (de modo oficial) y de una manera tímida, algunas actividades, en especial las económicas; sigue latente la amenaza del COVID 19.  El tema de la salud que nos ha polarizado durante estos últimos meses, se encuentra ahora reñido con el tema de la economía.  

Todos tememos que se avecina una terrible crisis económica, mayor de la que ya estábamos sufriendo.  Una que aumentará los niveles de pobreza, que aumentará la tasa del desempleo, que cerrará muchas empresas, que obligará a muchos estudiantes a dejar los colegios privados, porque no habrá dinero con qué pagarlos. Que serán muchas las familias que quedarán sin techo, ya que no tendrán dinero para pagar sus hipotecas.  Y ni pensar en la cantidad de ancianos y enfermos que se verán afectados por un sistema de salud que quedará más frágil de lo que ya estaba.

Ante esta preocupación, se suman muchas otras.  Estamos llenos de preguntas, de dudas.  Se nos secan los ojos mirando hacia el futuro, las horas de la noche se diluyen entre reflexiones que buscan respuestas concretas…

Desde el inicio de esta pandemia, fuimos correcta y ampliamente informados sobre la naturaleza del virus, sobre sus síntomas, sus modos de manifestación, su alto grado de contagio, sus consecuencias, modos de prevención, etc.  

Ahora, ¿quién nos orientará, preparará para el futuro que se avecina?  ¿Quién nos enseñará a vivir de otra manera? ¿Quién o quiénes estarán a la altura, en la búsqueda del bien común? ¿Cómo enfrentaremos las graves consecuencias, el saldo desastroso que dejará el paso del virus y su estela de muerte? ¿Quién escribirá un nuevo lenguaje, un nuevo modo de "estar con otros"?

Como humanidad, tenemos un gran reto.  Habrá que pensar, analizar, estudiar, orar, discernir y mucho.  Urge la reflexión profunda, el diálogo profuso, para ver cómo nos ayudamos en la creación de nuevos modos de comunicación, que nos permitan afrontar de una manera digna, la nueva realidad que nos espera.  

Porque no es cierto que volveremos a lo mismo de antes.  Ya nada será igual.  Ya todo es diferente y necesitamos crecernos en creatividad, en solidaridad, en empatía, en caridad.  Habremos de inventar nuevos códigos en las relaciones interpersonales y aprender a entendernos y a entender a otros, desde una óptica distinta.  

Hoy, ha finalizado un nuevo mes del paso de esta pandemia sobre nuestro planeta, pero no ha finalizado la pesadilla del COVID 19.  Todavía, las cifras de contagios siguen aumentando.  Todavía, se siguen sumando las muertes y no se vislumbra una pronta cura a esta terrible enfermedad.  

Pero aún persiste la Esperanza, aún se tienen las fuerzas para resistir y esperar con confianza en Aquel que ha estado, está y estará siempre acompañándonos, en cada momento y en todo lugar.  La convicción de sabernos "hijos" de un Padre Misericordioso lo llevamos en nuestro ADN.  Por esto, doy gracias al Dios de la Vida.

Por otro lado, terminamos el tiempo Pascual.  Cincuenta días que he vivido de una manera completamente diferente y novedosa en mi historia.  Un tiempo hermoso, donde me he sentido íntimamente acompañada por la Palabra.  Los relatos de las apariciones del Resucitado han sido para mí, fuente de Luz, de Fuerza, de Alegría.  Me sentí abrazada, acogida, amada por el Resucitado.  Y por esto, quiero dar gracias.

Hoy, la Iglesia celebra también la visita de María a su prima Isabel.  Con esta fiesta culmina el mes mariano.  María siempre será la mujer del Corazón Maternal que siente en su seno, la necesidad del otro.  La que sale al encuentro, la que se pone en camino, la que sabe escuchar, aceptar y cumplir la Voluntad del Padre.  María es y será siempre:  Madre...¡Qué privilegio, tenerla!  ¡Qué mucho he aprendido de ella en este último mes!  Por Ella, también doy gracias.

Y finalmente, celebramos hoy la Fiesta de Pentecostés.  Sabemos de la importancia de esta fiesta.  Con el descenso del Espíritu Santo durante una reunión de los Apóstoles en Jerusalén, nace nuestra Iglesia y con ella, la propagación de la fe en Jesús.  

Desde ese día, el Espíritu Santo nos acompaña, nos ilumina y nos fortalece.  Antes de su llegada, había confusión, tristeza, puertas cerradas y mucho miedo…como ahora. Luego de su llegada, se transformó todo.  Los discípulos no regresaron a la cotidianidad, inventaron otra.  Los caminos eran los mismos, pero los pasos fueron diferentes.  Cambió el lenguaje, cambiaron las formas, los modos, los valores, las prioridades.

Todo eso se logró por la fuerza transformadora del Espíritu Santo. ¿Por qué dudar entonces que se pueda repetir la historia?  ¿Por qué no pensar que el Espíritu dará fin a nuestro confinamiento?  ¿Por qué no esperar un nuevo Pentecostés?

Yo confío en que así será.  Su acción transformadora dará respuesta a todas nuestras interrogantes.  Dará alivio a todas nuestras inquietudes y concederá inteligencia y entendimiento, de modo especial, a los que les tocará liderar los procesos de apertura a una nueva realidad.

Y a todos, y a cada uno, nos mantendrá encendida la llama del Amor, que a fin de cuentas es lo único que nos garantizará la Vida.

¡Ciertamente, que estamos de fiesta!

30 de mayo de 2020

A los 76 días de mi cuarentena...

Sábado 31…último día del mes y vísperas de Pentecostés…

Desde pequeña aprendí varias maneras de comunicarme con Abbá, Padre.  Jesús, me lo dejó bastante fácil, comencé desde niña a rezar el Padrenuestro. Luego, a través de la Palabra, he encontrado muchísimos caminos de encuentro con Jesús y a la vez, con el Padre.  Sin embargo, con el Espíritu Santo, es otra cosa.  No nos enseñan a comunicarnos con Él, exactamente, sino a invocarlo, a pedir su presencia, su acción, en un momento dado.  La relación es distinta.

Nos han dicho que para poder ver a Dios, bastará con conocer a Jesús, ya que Jesús es el rostro del Padre.  Pero, ¿y el Espíritu?  Al Espíritu le reconocemos por lo que provoca en nuestra vida, por su paso por ella, como esa brisa que sentimos, pero no sabemos de dónde vino ni a dónde fue.

En el Evangelio de Juan, se muestra, lo que llamo, el “sagrario” interior de Jesús, aquella capacidad que tenía Él de amar, a quienes otros no podían amar, de incluir a los excluidos, de acoger a los rechazados.  Pero Jesús no se atribuyó a sí mismo ese poder reconciliador, sanador, inclusivo. Él lo recibe de Otro, y es al final, que dice que le pedirá al Padre, que nos deje otro “paráclito” que esté con nosotros siempre. 

Busqué la definición de “paráclito” y en griego quiere decir “quien mira por nosotros”, el que defiende, el que infunde ánimo, el que alienta, auxilia, el que nos da valor, confianza.  Es quien nos susurra constantemente al oído, que no debemos temer…

Son muchas las ocasiones que necesito escuchar esa Voz en mi historia.  Sobre todo, cuando no sé cómo afrontar las sombras que amenazan la Luz en mi vida; cuando escucho otras voces confusas, llenas de miedos, que pretenden invadir mi espacio interior.

Cuando nos encontramos en situaciones límite, pedimos la intervención (a veces milagrosa) del Espíritu Santo.  Pretendemos obtener los resultados de la acción del Espíritu, como si fuésemos al cirujano.  Entramos a una sala de hospital y nos succionan la grasa del vientre, nos levantan los pechos, los glúteos y luego de unas horas, nos han removido todo aquello que nos hacía sentir fea.  Han eliminado todo aquello que no nos agradaba.  Y son muchas las veces que pretendemos tener los mismos resultados con el Espíritu. 

Esperamos que el Espíritu actúe en nosotros de la misma manera, pero Él va por otro camino. Su tarea no es la de “liberarnos” de las cosas que nos afean, que nos desagradan.  Sino, que su acción nos lleva a aceptarlo, acogerlo, abrazarlo.

Su tarea de transformación nos enseña a reconciliarnos con aquellas zonas de nuestra vida que nos descolocan.  Nos ayuda a aceptar la realidad de los otros, a sentir la necesidad de construir puentes de diálogo, de tejer redes de empatía con aquellas personas a las que quizás, hemos juzgado y excluido del camino.

La acción del Espíritu no me lleva, a liberarme de esas cosas que me sobran, que me estorban, que me afean.  Porque precisamente, este material que considero “desechable”  es mi realidad más auténtica, más pobre; que servirá de combustión para que el Espíritu encienda su llama en la desnudez de mi existencia.

Y cuando llevamos esa Llama encendida, entonces podremos encender a otros.  Será cuando no necesitaremos preocuparnos por nuestras palabras, por nuestras acciones, por nuestros esfuerzos.  Nuestra única tarea será, la de abandonarnos totalmente a la Acción creadora y transformadora del Espíritu.  Y los otros, al ver en nosotros ese Fuego abrasador, también querrán arder, y querrán conocerle, querrán seguirle, amarle y servirle.

Mañana, en Pentecostés, llega el momento del entendimiento, de la mirada inclusiva, del abrazo conciliador.  Pediré al Santo Espíritu que me ayude a dar cumplimiento, al sueño de Dios sobre mí.

29 de mayo de 2020

A los 75 dias de mi cuarentena...


Viernes, comienzo del último fin de semana del mes de mayo…

Toda esta semana la prensa mundial ha tenido en sus titulares, luego de las estadísticas del COVID 19, la muerte de George Floyd, en manos de un agente de la policía de la ciudad de Minneapolis en Estados Unidos.

Ha sido una noticia que ha causado a muchísima gente: consternación, coraje, tristeza.  Algunos han expresado que es un caso más de los muchos abusos de parte de la policía, otros, se han tirado a la calle a expresar su indignación a través de actos violentos, y también hay un grupo de personas que simple y sencillamente, no opinan.

Aunque esto pasó el lunes, no había querido comentarlo por aquí, por razones que ahora no vienen al caso.  Pero, me parece que además de tener el derecho de expresión, tengo el deber de hacerlo.  Lo haré de una manera muy sencilla, solo un breve comentario desde mi óptica que no pretende levantar la bandera de la verdad, ni ser la gurú en ciencias sociales. 

Me limitaré a comentar sobre una de las tantas noticias que transcribo literalmente a continuación:

El pasado lunes 25 de mayo por la noche en la cuidad de Minneapolis, EE UU, un hombre negro, al que posteriormente se identificó como George Floyd, murió tras ser arrestado por cuatro agentes de la policía de la ciudad. Este suceso, que está siendo analizado por la Oficina Federal de Investigaciones, ha dado la vuelta al mundo gracias a los vídeos que grabaron los que lo presenciaron.

Lo primero que destaco en la noticia es el hecho de que identifican al hombre asesinado como un hombre negro”.  Las palabras hacen una explícita y clara distinción entre un hombre y otro por el color de su piel.  ¿Era realmente necesario especificar que era negro? ¿Por ser negro y no blanco, su muerte importaría más o menos? ¿Vale menos por ser negro?  Desde ese primer comentario, se demuestra el prejuicio de la prensa que debería ser la primera en ser objetiva, parcial y justa.

Luego, más adelante indica la noticia que murió tras ser arrestado por cuatro agentes de la policía de la ciudad.  Un hombre fue arrestado por cuatro y esos cuatro son agentes de la policía.  Personas que representan el orden, la justicia.  Se necesitaron cuatro hombres para arrestar a uno.  Y luego la noticia en esta “introducción” dice que murió tras ser arrestado.  Si hubiese tenido prisa a leer el periódico y no leer nada más, hubiera pensado que le dio un infarto, un derrame cerebral o algo así.  ¡Él no murió, a él lo mataron!  Sigue la prensa “suavizando” la cosa.

Según la versión oficial, los policías, que acudieron al lugar debido a que se había denunciado un fraude, encontraron a Floyd sentado dentro en su vehículo, y cuando se le ordenó que saliera se resistió el arresto. Además, añade que durante la detención cuando los agentes ya tenían al hombre esposado y tendido boca abajo notaron que presentaba "dificultades médicas", por lo que llamaron a una ambulancia.

Floyd estaba sentado dentro de su vehículo. No estaba amenazando a nadie con un arma de fuego, no estaba asaltando un banco, no estaba incendiando una oficina, no estaba colocando una bomba.  Estaba sentado dentro de su vehículo. ¿Qué daño se puede hacer en una posición propia del sedentarismo?  Estar sentado es estar en una postura bastante inofensiva, en todo caso, dañina para quien la practica.
Continúa diciendo que se resistió.  Pienso que por alguna razón, Floyd desconfiaba o ya presagiaba ya un desenlace fatal.

Más adelante dice:  cuando los agentes ya tenían al hombre esposado y tendido boca abajo ….¿qué necesidad había de ponerlo boca abajo en el pavimento de la calle si ya lo habían esposado?  Si los policías tenían “motivos” para arrestarlo, habiéndolo esposado, lo que procedía era sencillamente llevarlo ante las autoridades pertinentes a levantarle una denuncia.  Desde el instante que lo sacan a la fuerza para arrestarlo, desde ese mismo instante que comenzaron a quitarle su libertad; comenzaron a quitarle la vida…

notaron que presentaba "dificultades médicas", por lo que llamaron a una ambulancia.  ¿Así le llaman a la agonía de un hombre que está siendo torturado? ¿Dificultades médicas?  ¿Llamaron a la ambulancia para lo que se supone que se llame a una ambulancia, para socorrer, para atender, aliviar, sanar, salvar? ¿O para que recogieran los despojos de un hombre al que acaban de matar?

En el vídeo, grabado por viandantes, se ve al hombre boca abajo en el pavimento y a un agente sobre él apretándole el cuello con una rodilla durante varios minutos, sin modificar su postura, pese a que se escuchan las quejas del hombre varias veces de que no podía respirar hasta que parece perder el sentido.

En el vídeo, grabado por viandantes¿Es en serio? ¿Viandantes, en plural? ¿quiere decir que fueron varias las personas que estuvieron grabando esta barbarie y no se le ocurrió a nadie detener ese salvajismo?  ¿En qué nos hemos convertido?  ¿Cómo en este año 2020, donde el hombre alcanza la comunicación 5G, que sigue viajando a la luna, que se habla de una moneda digital; no hayamos logrado avanzar un milímetro en sensibilidad?  ¿Cómo se llega a ser indiferente ante la crueldad, el abuso, el irrespeto por la vida?

un agente sobre él apretándole el cuello con una rodilla durante varios minutos, sin modificar su postura, pese a que se escuchan las quejas del hombre varias veces de que no podía respirar hasta que parece perder el sentido….

¿Por qué dice “un agente”? ¿por qué cuando habla de Floyd dice, “un hombre negro” y cuando habla del otro dice “un agente”?  ¿Por qué no dice “un hombre blanco”?  No.  Dice, un agente:  sinónimo de autoridad, de poder, de respeto.  De este modo, sigue el lenguaje subliminal jugando con el lector, intentando justificar lo injustificable…

apretándole el cuello con una rodilla durante varios minutos,

y las personas continúan grabando…

¡Claro, supongo que esta acción es “tan natural,” tan “elemental”, tan “básica”, tan “necesaria” en casos de arrestar a una persona!  Me imagino que es una de las primeras técnicas que les enseñan en la Academia de Policía, colocar la rodilla sobre el cuello de una persona, obstruirle su respiración, causarle dolor, daño físico y sicológico…supongo que sí, que es una de las materias en que este hombre “agente” sacó un 10.

pese a que se escuchan las quejas del hombre varias veces de que no podía respirar hasta que parece perder el sentido….

Se continúa grabando, ahora, inclusive, se escucha perfectamente en el video todas y cada una de las quejas de un hombre inmovilizado, que está siendo torturado, con otros tres agentes de la policía siendo testigos morbosos y silentes de lo que allí estaba sucediendo.  Pero los tres policías, al igual que los que están grabando, no escucharon a Floyd.  Ninguno lo oyó gemir, llorar, suplicar, agonizar, pero muy bien que se escucha en las grabaciones…

no podía respirar hasta que parece perder el sentido….

Lamentablemente he visto no “el” video, sino distintas versiones del mismo.  Lo que significa que fueron muchas las personas que se detuvieron a grabar el asesinato de Floyd.  Sí, el asesinato, no el “homicidio involuntario” del que acusaron esta tarde al “hombre blanco”.

En uno de los videos puede verse claramente a varias personas que pasan caminando frente a la escena.  Ninguno se detiene, todos continúan su camino en actitud completamente indiferente, indolente.  Me hizo recordar la parábola del Buen Samaritano, cuando al ver al herido, pasaban de largo…

Uno de los tres policías que acompañaban al asesino (me permito llamarle así); parece posar frente al lente de quien le está grabando.  De cuando en cuando esboza una sonrisa burlona, con una mirada amenazante y podrida de una falsa autoestima.  Me pareció ver a los soldados que se burlaban de Jesús al momento de su crucifixión…

Muchos podrán decirme que el racismo es un problema milenario.  Otros inclusive opinarán que es “ley de vida”, que no hay nada que hacer.  Pero no puedo aceptarlo.  Esta muerte cruel, espantosa, inhumana, salvaje e ilógica pudo haberse evitado.  A Floyd lo pudieron salvar, pero no quisieron hacerlo. 

Es más fácil no complicarse la vida.  Es más cómodo guardar silencio.  Es mejor no buscarse problemas.  En el país “Rey de la democracia”, en el país “Defensor de los Derechos Humanos”; cada cual tiene el derecho de hacer lo que le de la gana y nadie tiene el derecho de impedirlo.

No encuentro palabras que puedan expresar todo lo que me ha “movido” por dentro esta noticia.  Siento que hemos retrocedido siglos en las conductas de convivencia más elementales.  Me duele profundamente.  Anoche, no podía dormir porque me parecía escuchar a Floyd repetir una y otra vez que no podía respirar; y a mí me faltaba el aire.  La imagen de la mirada ausente del agente no la podía borrar de mi mente.

Sí, el policía tenía la mirada ausente de compasión, de humanidad, de empatía, de respeto, de amor… Sus ojos estaban desbordados de crueldad, de cinismo, de indiferencia, de odio…

En todo momento, tuvo sus manos escondidas dentro de los bolsillos de su pantalón.  ¡Es que tiene sus manos atrofiadas!  ¡No aprendió a ofrecerles! ¡No le enseñaron a dar una mano, menos un abrazo! Si dejaba sus manos fuera, probablemente, no sabría qué hacer con ellas...

Ha sido devastador y demasiado triste esta noticia.  Se degenera la imagen del hombre que ha sido creado a imagen y semejanza de Dios. No se respeta la vida. Nos hacemos inmunes a la sensibilidad y a la compasión. 

Siento vergüenza ajena, me siento indignada, muy decepcionada, frustrada, dolida.  Este no es el proyecto de Dios, esto no es lo que Él sueña para nosotros.  Pero la culpa no es de Él.  La responsabilidad es de cada uno de los que han protagonizado esta triste historia.

Porque a Floyd no lo mató solamente el policía blanco.  Lo mató una sociedad enferma, lo mató la irracionalidad, lo mató el pensamiento retrógrado de un país progresista, lo mató una sociedad racista y excluyente, lo mató la falta de amor.

Podría escribir muchas otras cosas que esta noticia me ha provocado.  Pero, me extendería demasiado.  Solo me resta decir ahora que siento verdadera lástima por todas las personas que tomaron el video, por todas las que pasaron de largo y por los policías que no detuvieron a su compañero y le dejaron sumarse a la lista de crueles asesinos del país. 

Por todos y cada uno de ellos siento una profunda pena.  Porque cuando menos se lo esperen, escucharán el grito desesperado de Floyd que despertará sus conciencias y les hará caer en la cuenta de que fueron igualmente responsables por la muerte de Floyd.  Lo mataron lenta y cruelmente con su indiferencia…

Esta noche Derek Chauvin, el policía “blanco”, ha sido acusado de homicidio involuntario, abriendo así, una herida profunda en el corazón de muchos…

Pero también debe ser acusado de intentar matar la confianza, de intentar matar la esperanza, la sensibilidad, la solidaridad, los buenos y grandes sentimientos de inclusión, de comunión.

George Floyd fue asesinado.  Cruel, salvaje e injustificablemente torturado y asesinado.  Pero no fue la única víctima. Muchos fueron víctimas de la insensibilidad, otros de cobardía, otros del odio.  

Derek Chauvin, el policía blanco también fue víctima…de la falta de Dios en su corazón.  Tiene que tener un enorme vacío en su interior.  Debe haber sufrido amargamente la ausencia de cariño.  No sabe de gratuidad, de generosidad, de respeto, de cercanía, de ternura...

También a él le deseo “que descanse en paz”.  Porque una persona como él, con ese enorme hueco en su corazón; sin amor, sin humanidad, está sencillamente muerto.

28 de mayo de 2020

A los 74 días de mi cuarentena...

Jueves de la última semana de mayo…

Ayer miércoles no escribí en el blog.  En realidad, estuve indispuesta todo el día.  Parece ser que se trató de un envenenamiento, una mala digestión.  Pasé el día bastante mal.  Pero ya hoy, estoy mejor, gracias a Dios.  Y luego de agradecerle a Él, también tengo que agradecer a los que me escribieron preguntándome por qué no había escrito, y que se habían quedado esperando leer el blog hoy.  

Su preocupación y buenos deseos me sorprendieron, pero igual, los agradezco y valoro mucho. Es una sensación bien extraña.  Me siento en las noches a escribir, intentando dejar a un lado los razonamientos, y escribir desde el corazón lo que voy viviendo en este tiempo de cuarentena; especialmente, cómo voy experimentando el paso de Dios por mi historia.  Y me emociona saber que hay personas que van acompañándome en este proceso.  Debe ser que hay muchas historias parecidas a la mía…

Como estuve mal, no pude trabajar ayer.  Estuve prácticamente todo el día en la cama. (salvo las “visitas” constantes al baño); por lo que, en la noche, cuando ya me comenzaba a sentir mejor, decidí ver una película.  

Acostumbro a escoger lo que voy a ver.  Nunca he sido de ver lo primero que aparezca, ni me gusta arriesgarme a ver alguna película que no me hayan recomendado, o de la que no haya leído una buena reseña antes.  Pero reconozco, que en ocasiones, cuando voy subiendo y bajando el cursor del control del televisor, mirando títulos en Netflix, de pronto, alguno me hace “click” y me arriesgo.

Así fue que vi anoche, 18 Regali, una película italiana basada en la historia de Elisa Girotto.  No me gusta contar películas, no se preocupen, no la contaré. Pero, se la recomiendo cien por ciento.  Es una película muy bonita, y a pesar que utiliza en un momento dado, el recurso de la ficción, es muy humana.  Llena de contrastes; como la vida misma. 

Es una película que ahonda en la realidad de que la vida no está en nuestras manos, no está bajo nuestro control, pero sí podemos procurar vivirla el tiempo que sea, el tiempo que dure, de la mejor manera posible. Y sobre todo, vivir pensando en los otros.  Esto hace una gran diferencia entre una historia y otra.

Vivir, ya es bastante complejo.  Y encima de eso, si se quiere vivir bien, con dignidad, con honestidad, desde al Amor, pues la cosa es un poco más complicada.  

Al ver la película pensaba en mi madre, pensaba en mí.  Mi madre está viviendo su proceso de enfermedad con una valentía pasmosa.  Su pasión por la vida está cimentada en una fe fuerte, firme. Vive cada día, construyendo futuro.  Piensa en las plantas que ha de sembrar, en cómo celebrará las próximas navidades (por esto de la pandemia), en los gandules que recogerá en la próxima cosecha, en el día que jugará nuevamente bingo, en los biznietos que faltan aún por llegar y en el día que volverá a su parroquia.

Tiene una constante preocupación por la salud del vecino, por las libras que he adquirido en estos meses y porque la dejemos salir al supermercado.  Está atenta a llamar diariamente a las amigas enfermas, a los familiares que viven lejos y al nido que le preparó a sus canarios.

En sus palabras, cercana ya a sus 89 años, no hay reproches ni quejas por lo vivido; pero sí urgencias y demandas por su futuro.  Hay cosas que nunca ha negociado en su vida, su misa diaria y el rezo del rosario, antes de irse a la cama.  Independientemente esté en casa, o en el hospital, nunca ha prescindido de esto.

Está aferrada a la vida con una fuerza que a veces me parece hasta irracional.  Pero también pienso que ella ha sabido descubrir esa Fuerza que el Señor pone en cada uno de nosotros, y se ha preocupado y ocupado de cuidar, sostener, defender en todo momento.  Ella, junto a esa Llama de Fuego que le quema por dentro, han formado un gran Equipo.

Un Equipo que se apoya, se animan, se ayudan continuamente.  Ella se siente acompañada, dirigida, ¡salvada! por el Otro y se ha abandonado con total confianza en ese Compañero que le es Fiel y a quien ella le ha respondido con igual fidelidad.

Nunca llegaremos a comprender el Misterio del Amor.  No sabremos nunca cómo la fe se va colando en cada pulsación de nuestro cuerpo; como nunca sabremos al ver a una mujer embarazada, cómo será el fruto de su vientre.  No comprendemos cómo se va construyendo el Reino, con los conocimientos científicos que nos explican cómo pasar de la oscuridad a la luz. 

Pero sí podremos beneficiarnos del testimonio de esas personas, como mi madre, como Elisa Girotto y muchas otras, que han sabido vivir con pasión, con coherencia, con transparencia, desde el Amor, desde dos, desde la comunidad trinitaria.

26 de mayo de 2020

A los 72 días de mi cuarentena...

Martes de aperturas, de una nueva fase.  Como era de esperar, fue un día bastante agitado en las calles. Algunos sectores económicos comenzaron a operar nuevamente, de otras maneras, estrenando protocolos e intentando retomar lo dejado hace setenta y dos días atrás…

Asistí a una reunión en la mañana y luego tuve que llegar hasta el Banco por unas gestiones que no podía delegar.  Fueron dos escenarios completamente distintos, con gente y motivaciones diferentes, pero con denominadores en común.

Tanto en la reunión, como en el Banco; se respiraba temor y preocupación.  Dos palabras que se han sumado a la lista de las más usadas en los últimos días.  No deben interpretarse ninguna de las dos como actitudes negativas en sí mismas.  Son solamente indicadores de cosas más profundas y muy válidas que todos experimentamos en este tiempo.

Al menos, me sentí tranquila, porque en ambos lugares, se tuvo especial cuidado con los protocolos sugeridos; distanciamiento, uso de mascarillas, etc.  Evidentemente, esto es signo de responsabilidad social pero igualmente, de temor y preocupación.

Regresé a casa ya a media tarde, algo cansada (el calor me drena) y lógicamente con mucha hambre.  Me metí a la cocina, para prepararme algo ligero y luego de comer, me senté a responder correos.  Ya pronto iniciaría la Mesa Virtual que hemos estado celebrando durante este tiempo de confinamiento por medio de Zoom.

Llegada la noche, experimento una vez más, una enorme gratitud al Dios de la Vida por el privilegio de poder participar en estos encuentros.  Hoy culminamos la llamada: “Escuela de la Resurrección”, donde fuimos viendo cada martes, en este tiempo pascual, los relatos de las apariciones del Resucitado.  Hoy fue el último de esta “serie”.  

Culminamos con Pentecostés en los Hechos de los Apóstoles.  Y realmente tuvimos un gran banquete.  Fue increíble ver que en cada grupo se compartió la experiencia del Espíritu, como el gran comunicador de Pentecostés.  La mayoría de las personas (de las más de cien que participamos) expresó, que al escuchar la reflexión, pudieron cambiar su mirada y descubrir con nuevos ojos la fuerza del Espíritu, que sin duda sigue de protagonista, en este tiempo especial que estamos viviendo. 

Pienso que este tiempo, no es ni el más malo ni el peor.  Es un tiempo privilegiado para descubrir en nosotros esos signos del paso de Jesús por nuestra vida, que nos hace reconocer la acción del Espíritu.

Pentecostés nos invita a mirar este tiempo, como uno lleno de Gracia, donde, si somos capaces de acallar nuestras voces, nos sorprenderemos con el eco de su Voz dentro de cada uno de nosotros.

Pentecostés nos ayuda a descubrir aquellos aspectos de nuestra vida que no están lo suficientemente claros.  Y aunque esta mirada pudiera herirnos o hacernos sentir aplastados; podemos celebrarlo con alegría y paz porque no depende ni dependerá nunca de nuestro esfuerzo, sino de la fuerza que le permitimos al Espíritu desarrollar en nosotros. 

Pentecostés me recuerda, quién me habita desde siempre, quién me guía, quién me acompaña, ilumina, capacita, fortalece; ama.  Es un recordatorio permanente de mis exiguas fuerzas; de mi necesidad de que mi vida sea llevada por Él.

Fue muy hermoso escuchar el testimonio de tantos hermanos que celebran el participar de estos encuentros.  Todos expresan su agradecimiento porque descubren en la Palabra, “las palabras” que han estado siempre presentes, pero no se habían detenido a escucharlas desde el corazón.  La sencillez con que expresan su alegría, es realmente conmovedor…

Yo me uno a ellos, a los que se sienten agradecidos por el don de la fe.  A los que valoran que la ausencia de agendas cargadas, le hayan dado espacio a una mayor profundización de la Palabra.  A los que se sienten privilegiados de poder participar con una comunidad de hermanos, desde la propia vida.  A los que se han beneficiado de una comunidad de Pastores, Misioneros Claretianos, que insuflados por el Espíritu, no cejan en su empeño de provocar para nosotros, encuentros con el Resucitado.

Pentecostés nos incendia el corazón para que sintamos siempre viva la memoria de Jesús, para que nos apasionemos por las cosas que le apasionaban a Él, para que suframos lo que le hacía sufrir a Él, para que amemos como amaba Él.

Pentecostés es ocasión de incendiar a otros, de frutar ese ardor, no con grandes obras, sino con el profundo y sencillo lenguaje del Amor.

María Belén...


María Belén…

María Belén me habla de dulzura, fragilidad
de la casita de Nazareth que coloco en Navidad.
Has sido frutada de reciedumbre,
soñada en la libertad.

Llegaste en un tiempo difícil, dirán algunos
yo más bien diría, que en uno especial.
Has sido alegría en medio de un mundo
que busca afanoso poderla encontrar.

Te asomas cual frágil crisálida
con desplegadas alas
queriendo estrenar.
Con polvo de estrellas
en tu dulce mirada
y con sueños inéditos
de tu amado Abbá.

Tu nombre me sabe a esperanza
a mejores tiempos en Su voluntad,
tu nombre me sabe a Pan fresco
que ha sido Amasado para la eternidad.

María Belén:  Casa del Pan