Durante muchos
meses en el año, vamos anhelando y degustando de poco a poquito este hermoso
tiempo de Navidad. Y vamos tejiendo en
nuestra mente y en nuestro corazón, caminos y formas que nos ayuden a prepararnos
dignamente para recibir a Jesús en nuestro corazón. Añoramos sentir la magia
que trae esta época en donde todos nos sentimos invitados a una conversión
profunda que nos develará el Misterio una vez más.
En la Navidad siempre
nos vemos rodeados de luces, canciones, Misas de Aguinaldo, Posadas, reuniones
familiares y con amistades. Muchos compromisos
marcados en el calendario y proyectos que por fin “se van a dar”. Hay una
ilusión legítima en todo eso: el deseo de celebrar, de compartir, de sentirse
parte de algo bueno. Pero a veces, justamente en estos días que parecen hechos
para la alegría visible, la vida nos coloca ante una realidad distinta: nos
sorprende la fragilidad humana vestida de enfermedad. Y entonces, todo cambia de ritmo, el tiempo
se parte en turnos, cuidados, preocupaciones, tensión, silencios… y de pronto
todo aquello que se había venido planificando con tanto esfuerzo y muchísima
ilusión; se cae como hojas secas.
Y entonces
aparece una primera batalla interior: la del corazón que se resiste. Porque
renunciar duele. Duele cancelar una actividad que llevabas meses preparando.
Duele decir “no puedo ir” cuando te habías comprometido. Duele sentir que te
quedas fuera, que te pierdes lo que otros viven. Duele también porque, sin
querer, uno puede preguntarse: “Señor, ¿por qué ahora? ¿por qué precisamente en
Navidad?” Y esa pregunta no es falta de fe; es humanidad. Es el alma tratando
de entender.
Pero hay un
punto, lento, a veces casi imperceptible en el que el Señor nos invita a mirar
con otros ojos. La Navidad no es solo el recuerdo de un nacimiento hermoso; es
el misterio de un Dios que precisamente: elige la fragilidad. El Hijo de
Dios no llegó al mundo imponiéndose, sino necesitando: necesitó leche, abrazos, calor, protección. Necesitó a una madre que renunciara a una vida tranquila y a
un padre que aceptara una misión sin entenderla del todo. La primera Navidad
fue, desde el principio, una escuela de renuncias por amor.
Cuando un
padre se enferma y tú tienes que cuidar, la Navidad se te vuelve pesebre. No el
pesebre de las figuritas bien acomodadas, sino el pesebre real: ese lugar donde
no todo está “bonito” y “perfumado”; donde hay cansancio, preocupación,
incertidumbre y, sin embargo, Dios decide habitar. Porque el Señor no se asusta
de la enfermedad ni del desorden de nuestras emociones. Él nace precisamente
ahí, en lo que no controlamos, en lo que nos desinstala, en lo que nos obliga a
amar de otra manera.
A veces
pensamos que la voluntad de Dios debe sentirse siempre “luminosa” y
“agradable”. Pero muchas veces la voluntad del Señor se presenta como un
llamado silencioso: “Quédate. Acompaña. Sé presencia. Haz lo que nadie aplaude,
pero que sostiene la vida”. Y ahí empieza la profundidad: cuando entiendes que
tu lugar no es donde te aplauden, sino donde te necesitan. Que tu misión en ese
momento no es brillar, sino servir. Que tu “Navidad” puede ser una silla al
lado de una cama, una conversación pausada, una mano que toma otra mano, una
madrugada en la que vigilas y rezas sin palabras.
Cuidar a un
padre enfermo te pone frente a un misterio muy fuerte: el amor se prueba cuando
cuesta. Porque amar cuando todo está fácil es hermoso, pero amar cuando implica
renunciar a tus planes, a tu descanso, a tu agenda, es un amor que se parece al
de Cristo. Es un amor pascual, un amor que tiene cruz; no como castigo, sino
como entrega y que, por eso mismo, tiene una gloria escondida.
En ese camino,
el Señor también purifica algo dentro de ti: te libera del orgullo de creer que
“todo depende de mí” o de la ansiedad de “tener que cumplirlo todo”. Te enseña
que hay temporadas en las que el fruto no se mide por lo que logras, sino por
la fidelidad con que acompañas. Hay proyectos que se posponen, sí. Hay
actividades que se cancelan, sí. Pero hay una obra más grande que se está
realizando en tu interior: estás aprendiendo a amar con paciencia, a servir sin
exhibición, a obedecer sin entenderlo todo, a confiar sin controlar.
Y,
curiosamente, cuando aceptas con fe, la renuncia deja de sentirse como derrota.
Se vuelve ofrenda. Cada gesto simple, dar una medicina a tiempo, preparar una
sopa, cambiar una almohada, escuchar una queja repetida, aguantar el cansancio
con serenidad; se vuelve una oración encarnada. Es como decirle a Dios: “Señor,
no te traigo frutos de alguna actividad; te traigo este amor concreto, este
cuidado escondido. Te lo entrego a Ti”.
En ese
servicio humilde también se vive una “misa interior”. Porque cuidar a un
enfermo es un modo de tocar la carne de Jesús. “Estuve enfermo y me
visitaste…” No es solo una frase bonita: es un criterio del Reino. Y muchas
veces, la santidad real no ocurre en escenarios grandes, sino en la constancia
de lo pequeño. Ahí se aprende a amar, sin condiciones, a amar sin calendario, a
amar aunque no se vea el resultado inmediato.
Habrá días,
claro, en los que te sientas agotada y hasta vacía. Habrá momentos de
frustración, de tristeza, de sentir que no puedes más. En esos momentos, también es
parte del amor decir: “Señor, no puedo sola. Dame tu fuerza”. Porque esta
entrega no se sostiene solo con voluntad humana; se sostiene con la gracia. Y la
gracia llega, muchas veces, en forma de paz inesperada, de una palabra que
consuela, de una persona que te ayuda, de un pequeño signo que te recuerda que
Dios está contigo.
Y entonces, la Navidad se vuelve más profunda: ya no depende de una actividad, de una salida, de un evento. La Navidad se vuelve presencia. Se vuelve “Dios con nosotros” en lo cotidiano. Se vuelve un amor que no hace ruido, pero que ilumina. Puede que no haya fotos, ni fiestas, ni algarabía… pero hay algo más verdadero: un corazón que, en medio de la renuncia, escogió amar.
Quizás al
final mires atrás y descubras que ese año no “perdiste” la Navidad: la viviste
de una manera más parecida a Jesús. Porque el mismo que nació en pobreza y
fragilidad, el mismo que vivió para servir, el mismo que entregó su vida por
amor, se deja encontrar también cuando tú entregas la tuya, un poco cada día; cuidando
a tu padre.
Y en ese
cuidado, aunque parezca paradoja, hay una alegría distinta: no la alegría
ruidosa de afuera, sino la alegría serena de adentro, la que nace de saber:
“Estoy donde el Señor me quiso hoy. Estoy amando como Él ama”. Esa es una
Navidad con profundidad. Una Navidad que quizá nadie entiende del todo… excepto
Dios, que ve en lo secreto, y que recibe tu renuncia como un regalo muy
hermoso: el regalo de un amor fiel.

Querida Nancicita: No calculas cómo llegaste a mi corazón con este post. Lo sentí totalmente porque viví una situación similar con mi papá.
ResponderEliminarQué hermoso cómo logras plasmar en palabras tanto sentir!!!
Gracias Cris...y también gracias por lo conversado esta mañana. Un abrazo grande!
EliminarUna reflexión profunda y hermosa de una Navidad distinta pero con mucha espiritualidad.
ResponderEliminarGracias! Feliz Navidad!
EliminarGracias por compartir esta hermosa reflexión. Me encantó 💜
ResponderEliminarGracias, muchas bendiciones!
EliminarGracias Nancy por esas palabras que apuntan al maravilloso misterio escondido que nos envuelve en estos días aunque la mayoría de las veces no entendamos ni estemos a la altura pero si estamos seguros de estar en la dirección correcta. Feliz y Santa Navidad 🙏🏻🎄🙏🏻
ResponderEliminarGracias! Feliz Navidad!
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