22 de marzo de 2020

Séptimo día de la cuarentena

Así terminó Dios
la creación del cielo y de la tierra
y de todo cuanto existe,
y el séptimo día descansó.
Génesis 2:2
Hoy domingo, séptimo día de la semana y de la cuarentena, he tenido muy presente este versículo del Génesis.  A pesar de verme tentada a continuar con las labores de limpieza, decidí recordar que, a pesar de lo ordinario y extraordinario de este día, no deja de ser domingo.  Y los domingos deben vivirse tranquilamente y priorizando lo importante.  Y la limpieza no está en mi lista de prioridades. 

En la mañana, celebré la misa, como todos los domingos, esta vez, a través de las redes sociales. Hoy, con la lectura del ciego de nacimiento, tuvimos un tremendo banquete de la Palabra.  Este Evangelio es uno de esos de los que se han escrito tantísimas cosas.  Hay reflexiones extraordinarias porque ciertamente es una Palabra tan profunda como hermosa.  

No quiero (ni me atrevo) hacer una reflexión sobre el Evangelio luego de escuchar al P. Héctor quien nos ofreció una homilía preciosa, en la que no hay nada que agregar.  Su voz fue instrumento para poder escuchar y hacer nuestra la voz del Otro.  Solo comentaré muy brevemente el eco que me ha producido la Palabra hoy.

La experiencia del ciego es tremenda.  Pasa de la exclusión, del sufrimiento, de la soledad, del pecado; al gozo de la libertad, a la alegría, al retorno a la comunidad.  El encuentro con Jesús, le arranca de la oscuridad, de la muerte y le concede experimentar las primicias de la Resurrección hoy, ya, aquí y ahora.  Jesús le ha dado una nueva vida, vinculándolo a la de Él. 

Tengo la completa seguridad que el Dios de la Vida sigue pasando entre nosotros, y está encarnado en nuestro sufrimiento.  Sigue pasando hoy junto a nuestras tumbas y su paso nos arrastrará detrás de Él, hacia la Pascua.  

Luego de la misa, dedico un rato a la lectura.  Entre tanto, algunas llamadas telefónicas y el uso de las redes sociales me conectan con ese mundo exterior que vivo desde el silencio de mi casa. Recibo la visita de mi hijo y con él, una buena dosis de amor, de risa y distención.  Los años no le han robado a mi hijo generosidad, ni su corazón de niño.  Sigue confiando en los sueños y empeñado en sus búsquedas.

Compartimos sobre las actividades que vamos haciendo, él desde su casa y yo desde la mía y nos sugerimos y motivamos a realizar cosas nuevas.  Por lo pronto, luego de compartir la comida; regresó a su casa con pinturas y pinceles que alguna vez me atreví a usar. (me atreví, sí, de atrevida porque no tengo la más remota idea de pintar jajajaja).

Antes, el dibujo de una hermosa águila inauguró la libreta que hace mucho tiempo le tenía guardada. Un dibujo a lápiz, sombreado, muy bonito.  (Él sí sabe dibujar, y muy bien).

Se fue con mis pinturas, pinceles, libreta y por supuesto, mi bendición.

Regresé a la caja “mágica” donde se escondían las pinturas y pinceles y continué en la búsqueda de materiales que me sirvan para crear mínimamente expresiones de cercanía y cariño. He estado preparando pequeños “regalitos” para compartir con otros que, como yo, y como todos, estamos confinados en las casas y que imagino (el ladrón juzga por su condición) que al recibirlos, se sentirán acompañados y queridos; al menos, por unos instantes.

Es increíble el gozo tremendo que me produce el solo hecho de imaginar lo que voy a preparar.  Elegir una tarjeta, un detallito, un mensaje, (¿unos cupcakes?) me salva del egoísmo y del tedio. Anticipar una sonrisa, un instante de paz, de alegría en el otro, me acelera el pulso y me lanza en infantil carrera a la creatividad cargada de ilusión.

Antes de irme a la cama, me siento a escribir por aquí y me despido de este bendito día del Señor no sin antes pedirle que libre a mis ojos de la tentación de juzgar, de ignorar o excluir.  Le pido que me libre de la ceguera del egoísmo y me conceda el don de la fraternidad.  Le agradezco profundamente el don de la fe, y los maravillosos Encuentros con Él que me hacen descubrir esos caminos que me llevan a pensar en los demás, antes que en mí.  Le pido que tenga la dicha de poder ver a los otros, como me ve Él a mí.  Amén

21 de marzo de 2020

Sexto día de la cuarentena

Ya hacen seis días que se detuvo el reloj para dar paso a un nuevo estilo de vida.  Uno mucho más sosegado, tranquilo, ausente de agendas y matizado de muchas incertidumbres. ¡Llegó el sábado, el primero de esta cuarentena!

Por lo regular, el sábado es el día que procuro levantarme más tarde; y en donde se ausenta el sentimiento de culpa al prepararme varios pancakes. Trato siempre de organizar compromisos durante la tarde ya que me encanta desayunar en el balcón tranquilamente y sin la presión de tareas pendientes.  Además, es el día donde dispongo de más tiempo para organizar y limpiar la casa y la ropa.  Y les confieso que me encantan los sábados, en realidad es mi día favorito de la semana.

Hoy, por supuesto que fue muy distinto.  Me levanté tarde en la mañana pero no por opción, sino porque en realidad dormí muy poco y mal anoche.  Parece ser que luego de cinco días, se comienza a descompensar no solo nuestra anatomía, sino también, las emociones.  Y cuando estas no andan equilibradas suelen irse de fiesta en las noches y nos roban la oportunidad de descansar.  En fin, que no me causó mayor angustia porque en realidad, no tenía urgencia de madrugar hoy para nada. 

La mañana, que para mí fue muy cortita; me pareció dominguera.  Son los domingos cuando duermo más de lo habitual pero menos que los sábados porque voy a misa a media mañana, y no desayuno en el balcón.  Hoy tampoco lo hice.  Me sentía muy adormilada y un pedazo de bizcocho y una taza de café fueron suficientes para arrancar mi día.

Dedico un rato a la oración, acompañada del Proyecto “Nos quedamos contigo en casa” que han organizado con tanto cariño, mis hermanos Claretianos.  No puedo dejar de agradecer diariamente al Señor por la preocupación, el cariño, el cuidado y esfuerzos que han realizado para acercarse a nosotros y acompañarnos en estos momentos cruciales que estamos viviendo.  Preparan una Oración de la mañana, una Reflexión diaria y además celebran la Eucaristía desde su comunidad.  Todo esto es un signo evidente del gran amor que nos tienen.  Hoy, sábado, día mariano, además de lo anterior, separaron espacio para el rezo del rosario y en la tarde un espacio para orar cantando.  Definitivamente, un gran bálsamo que alimenta nuestro espíritu y nos mantiene en comunión.

Me llevo la hermosa sorpresa de ver el paso de alguno de ustedes por este Blog y me emociona el ver que por estos medios tan impersonales se pueda tender el puente de la fraternidad. Llevo ya muchísimos años escribiendo aquí pero no ha sido hasta ahora, en esta desértica etapa de mi vida, que me he atrevido a compartir desde la profundidad de mi sagrario.  Lo hago desde el corazón con el mayor de los respetos y de la manera más auténtica posible.

Y desde esa honestidad; me permito compartirles unas letras que dediqué a los Misioneros Claretianos de Antillas en el año 1999 por motivo de la celebración de los 150 años de la Fundación de su Congregación.  Me parece que las palabras escritas en ese momento,  son muy pertinentes hoy por todo lo dicho anteriormente y porque hoy 21 de marzo es el Día Internacional de la Poesía. 

Yo no soy poeta ni mucho menos pero sí una enamorada de este género.  Creo que la poesía es la perfecta y más hermosa expresión de nuestro vino escondido en vasiijas de barro. Es la ventana a nuestro mundo más íntimo y más puro. 

Termino mi día agradeciéndole a Dios por todo lo vivido, por ustedes y por mis hermanos Claretianos a los que una vez más les reconozco humildemente con los siguientes versos.


En esa hora del día

en que el dulce nombre de Dios

me amanece los sentidos

y reviste el corazón.


En ese preciso instante

se amulata mi razón

y entre verdes delirantes

se agiganta la ilusión.


Es el fuego misionero

que se imanta a las Antillas

gestando semillas del reino

donde el salitral anida.


Es la Palabra encarnada

alborotada en oleajes

que va surcando las islas

convulsando libertades.


Es la trigueña salmodia

de 4 entrañas hermanas

en la andadura hecha historia

de un mismo sol preñadas.


Es el canto huracanado

fraguado en amor materno

que fue en su vientre endulzando

la pulpa del Evangelio.


Fue la Caridad del Cobre

La Altagracia, Providencia

cuna, bandera y norte,

¡las primeras misioneras!


Bendito seas misionero

de fe hiedra y visionaria

que vas frutando mi pueblo

con la Misión Claretiana.

20 de marzo de 2020

Quinto día de la cuarentena.

Ya está por terminarse el quinto día de la cuarentena.  Y como dije el día 1 de este tiempo “especial”, intentaré expresar por aquí, lo vivido durante mi día, antes de ir a la cama.

Hoy, fue un día tan “normal” como distinto del resto de la semana.  Me levanté relativamente temprano y luego de llamar a casa de mis padres y desayunar; comencé a organizarme para preparar las galletitas que les comentaba ayer.  Y sí, es verdad que llevo días pensándolas y anticipando lo que iba a disfrutarlas.  

Al repasar la lista de ingredientes: ¡sorpresa: falta uno! Tengo dos opciones:  abandono la cuarentena, para ir al supermercado a comprar lo que me falta, o sencillamente, me olvido de las galletitas.  Pues, como imaginarán, decidí lo segundo.  Si algo tengo claro, es que la vida es un constante ejercicio de hacer opciones; siempre desde la libertad.  Estoy segura que hice lo correcto por responsabilidad y por mi convicción de que es lo único que está en mis manos hacer ahora, en este esfuerzo de frenar la cadena de contagios del coronavirus.

Pero, aunque no hubo galletitas, mi casa, en mi empeño de endulzar las horas, quedó a media mañana, preñada de almendra.  Los aromas fueron tan persuasivos que, le pedí a mi “amiga”  Alexa (maravilloso aparatito electrónico) que nos acompañara con música suave y juntos, la harina, la azúcar, leche, etc., Alexa y yo experimentamos un místico momento.  Momento mágico que se tronchó como mis cupcakes.  Nunca los había preparado, pero sí los he comido (y bastante) y tan pronto los ví me dí cuenta que no lucían como los que compro en la panadería.  No habían subido elegantemente, sino que habían optado por asomarse muy tímidamente. Bueno, son mis primeros cupcakes.  Eso sí, quedaron muy sabrosos.
Mientras los preparaba, experimenté un poco de impaciencia porque además de que ciertamente el proceso toma tiempo, también es cierto que el esperar es una de las acciones más retantes para nosotros en estos días.  Y de pronto recordé un cuentito que leí en alguna ocasión en una revista.  

Resulta que un hombre, en un momento dado de su vida, pasó por una crisis muy fuerte.  Decidió retirarse de todo y de todos y se encerró en un cuarto en donde solo tenía sobre una mesita, un teléfono y una biblia.  De cuando en cuando abría la biblia y cuando encontraba un nombre raro, marcaba un número cualquiera y decía: “¿Por favor, podría hablar con Ezequiel?”, o “Póngame por favor a Don Malaquías”.  Hasta que un día, llamó y preguntó: “¿Está Dios?” y alguien le contestó: “No.  Salió a pasear el perro”.  Y desde ese día, el hombre está esperando a ese Dios que salió a pasear su perro y que todavía no ha vuelto.

Al recordar este cuento, me vinieron a la mente muchos rostros de personas que viven con la imagen de ese Dios que anda de paseo y ausente de sus vidas.  Y no hay peor sensación de desamparo que el no sentirse amado ni acompañado. Es bien duro pensar que nadie cuida de nosotros, y que Dios sufre un tipo de amnesia que pasa frente a nuestra casa y lo sigue de largo.  

Tristemente sé que hay personas que se sienten así.  Sufren y mucho. Personas que en su día se encontraron con el Dios del Amor y estrecharon fuertes lazos, pero que, al enfrentar la crisis, se debilitan los recuerdos de la intimidad vivida con el Amado y caen en la tentación de repetir como Jeremías en su momento: “Me desperté, miré, y me pareció un sueño feliz…”(Jr 31,26).  Y llegan a pensar que su esperanza se había apoyado en sueños fugaces.  Creo que esto se ve reflejado claramente en el lenguaje que utiliza hoy, el profeta Oseas: “Vamos, volvamos al Señor.  Porque él ha desgarrado, y él nos curará; él nos ha golpeado, y él nos vendará.” ¡Qué mucho sentido cobran hoy estas palabras!

Esperar, esta es la palabra de hoy.  Y pude constatar que para algunos esta espera de “buenas noticias” les está causando ya, mucha ansiedad.  Están instalándose en añoranzas y es bien importante estar atentos, porque pudiera ser que tan cerca como un vecino nuestro, esté borrando las imágenes de ese Dios que le ha estado acompañando en todo su camino.  Es posible que vayan desdibujando en su corazón, las experiencias de amor vividas y estén en actitud de éxodo.

Si es mi responsabilidad quedarme en casa estos días, también lo es, el alargar la mirada para reconocer a quien pudiera estar viviendo con esperanzas adormecidas e intentar sacudirles la memoria del corazón.  Ayudarles a retomar el camino, a rehacer su carnet de identidad y redescubrir de Quién somos hijos.   Es mi deseo, creo que también mi responsabilidad.  Me siento llamada a ello, aunque no sé si lo lograré.

A las 9:00 de la noche, cada noche, en mi teléfono suena una alarma que me avisa que esté alerta, que salga de mi letargo; que debo estar en casa. Me gustaría poder ser alarma para esos al que la espera les está agobiando tanto y alertarles de la Noticia gozosa que el Dios que ha estado paseando su perro, ha regresado y se ha instalado en nuestra casa y se ha sentado a la mesa. ¡Y nos ha invitado a comer un cupcake!

19 de marzo de 2020

Cuarentena: cuarto día

Esta mañana, demoré en abandonar la cama.  Es la primera vez que lo hago en esta semana, a pesar de que no hay motivos para activar alarmas ni tareas urgentes que resolver temprano.  Además:  hay que quedarse en casa.  

Cuando el sueño ya moribundo, iba despejando la conciencia, y con el cuerpo todavía tibio, me dispuse a escuchar/hacer la oración de la mañana. No hay mejor antídoto para la pereza que el dejarse seducir por el diálogo con el Amado.  Escuchar, respirar, sentir, orar…momento único que susurra paz al corazón.

Una de las tareas que organicé para hoy fue la recopilación y organización de recetas que he ido acumulando (y atesorando) por mucho tiempo.  Confieso que una de las cosas que más disfruto, es cocinar.  Mientras iba estudiando una receta de galletas que pienso hacer mañana, pensaba en el tiempo que transcurre entre el desear un platillo, pensarlo, organizar los ingredientes, cocinar y esperar el tiempo exacto de cocción.  Es un tiempo en que vamos anticipando lo que vamos a degustar.  Y se me quedó fija esta palabra:  anticipar.  

Estoy segura que si algo fue difícil para San José, fue el descifrar realidades confusas.  Y por eso su fe necesitó, como la nuestra, de dirigir su mirada hacia las cosas últimas, desearlas, imaginarlas, porque tenía una necesidad profunda de anticipar, de degustar lo que sería su destino final.

Vivir los acontecimientos de mi vida con esperanza me hacen anticipar desde ya, aquí y ahora, el sueño de Dios sobre mí.  En medio de un presente roto por la incertidumbre, por el temor y orillado de impotencia; se acentúa mi deseo por anticipar el final de todo esto.  

Y sueño como José, con la Voluntad de Dios.  Vivo mi presente como anticipación utópica del mundo fraterno al que he sido invitada.  Y esta degustación está enmarcada en la cotidianidad de la vida, en las cosas sencillas que me hacen ensanchar espacios de escucha, de apertura, de donación.

Anticipar la puesta en común de ideas y esfuerzos, en la búsqueda de soluciones a la pandemia que estamos enfrentando.  Anticipar la fuerza de la comunidad. Anticipar el eco de la Palabra entre nosotros.  Anticipar la alegría, la fraternidad, la inclusión, la comunión.  Anticipar un mundo de armonía y de paz.  Anticipar mi conversión. Anticipar mi felicidad, que en definitiva, es el sueño de Dios sobre mí.

Para esto necesitaré, como para la preparación de mis galletitas mañana, organización, paciencia, dedicación, cuidado y sobre todo:  confianza.  Confiar en que el cumplimiento de la Voluntad de mi Padre se realizará en mí y será por mucho, mejor que lo que anticipé.

En la tarde, el rato de reflexión y el celebrar la Eucaristía recordando a San José, me confirmaron que tenemos la dicha de contar con tantas personas, que como él, en medio de sufrimientos, de situaciones incomprensibles, supieron anticipar y degustar a Dios en su historia personal.

Mañana, pensaré, desearé y prepararé mi receta, en la confianza de que la casa se llenará de ricos aromas que me harán anticipar unas ricas galletitas.

¡Ya les contaré cómo me quedaron!

18 de marzo de 2020

Tercer día de la cuarentena...

En mi tercer día de la cuarentena, he comenzado a experimentar el hastío por el exceso de noticias sobre el coronavirus.  Y hoy decidí, que aunque es una situación muy seria la que estamos viviendo; no voy a permitirme que mi día gire alrededor de este tema.  Ciertamente que deseo y necesito estar informada no solo de lo que pasa en mi país, sino en el mundo entero.  A fin de cuentas, soy parte de un todo, no soy una isla y la opción de vida que he hecho hace ya mucho tiempo, demanda de mi parte un corazón atento y solidario. 

Pero, al igual que los padres han preparado un horario para sus niños para distribuirle las horas entre tareas, juegos, televisión y deportes; yo también he preparado hoy mi calendario.  Y limitaré el tiempo que dedico a las redes sociales, y lo invertiré en actividades que siempre me han apasionado y a las cuales he tenido abandonadas, por falta de tiempo:  leer y escribir.

Para muchos, esto pudiera ser algo sumamente sencillo y realmente lo es.  Pero no puedo negar que a mí, en este contexto, no se me hará imposible, pero ciertamente, algo difícil.  Vivo sola y el modo de comunicarme con el “mundo exterior” es a través de las redes sociales; que admitamos o no, son rápidas y seguras vías de comunicación que manipulan nuestra vulnerabilidad (o nos dejamos manipular).

Bueno, comencé hoy mi día motivada por la primera lectura de hoy.  ¡Me pareció sencillamente maravillosa!  ¡Dios siempre me sorprende con su Palabra! Es increíble cómo se hace presente, tan cercano y real.

Del libro del Deuteronomio (4,1.5-9) 

" MOISÉS habló al pueblo, diciendo:  «Ahora, Israel, escucha los mandatos y decretos que yo les enseño para que, cumpliéndolos, vivan y entren a tomar posesión de la tierra que el Señor, Dios de sus padres, les va a dar.  Obsérvenlos y cúmplanlos, pues esa es su sabiduría y su inteligencia a los ojos de los pueblos, los cuales, cuando tengan noticia de todos estos mandatos, dirán: “Ciertamente es un pueblo sabio e inteligente esta gran nación”.

Porque ¿dónde hay una nación tan grande que tenga unos dioses tan cercanos como el Señor, nuestro Dios, siempre que lo invocamos?

Y ¿dónde hay otra nación tan grande que tenga unos mandatos y decretos tan justos como toda esta ley que yo les propongo hoy?

Pero, ten cuidado y guárdate bien de olvidar las cosas que han visto tus ojos y que no se aparten de tu corazón mientras vivas; cuéntaselas a tus hijos y a tus nietos".

Nadie puede dar nada de lo que no sea dueño.  No hay lugar a dudas que el Señor es quien tiene el título de propiedad, el que tiene control de todo; porque todo es “obra de sus manos”.  No somos nosotros los dueños.  Y de repente nos damos cuenta de las muchas equivocaciones que hemos cometido cuando hemos renunciado a ser hijos y herederos por el afán de pretender convertirnos en dueños.  Y nos hemos frustrado.  No acabamos de comprender que lo único que se nos pide es escuchar y cumplir con la voluntad de Dios y hemos ahogado Su Voz con nuestro egoísmo. 

¿dónde hay una nación tan grande que tenga unos dioses tan cercanos como el Señor, nuestro Dios, siempre que lo invocamos?  

¡Un Dios tan cercano, presente siempre que lo invocamos!  Cuando el peso de la cuarentena se nos vuelve “un peso insoportable”, porque no hay profundidad de espíritu, porque intentamos beber de nuestra propia fuente, completamente estéril; y mendigamos en las aguas turbias de lo efímero…Entonces, miramos a lo alto e invocamos.  Reconocemos al “dueño de la mies” y oramos…y pedimos.  Es entonces que nos damos cuenta que Él , siempre ha estado y estará en medio de nosotros. 

Y se nos hace el encontradizo de muchas maneras; a través de una llamada, de la oración, de la familia, de los amigos, de la comunidad y sobre todo a través de Su Palabra.

Conversaba un día con mi querido Jafet, sobre la Palabra de Dios y concurrimos que es una maravilla; es “como un trampolín”.  Viene de un acontecimiento histórico especifico y real y cuando la leemos en el contexto de los acontecimientos actuales que estamos viviendo; nos rebotan o “devuelven” el Espíritu que los originó.  Y entonces la Palabra se actualiza, y nos da Vida.

Pero, ten cuidado y guárdate bien de olvidar las cosas que han visto tus ojos y que no se aparten de tu corazón mientras vivas; cuéntaselas a tus hijos y a tus nietos».

Quiero hacer oración de esta última línea de la lectura…

Señor:
No quiero olvidar el sufrimiento de tantos hermanos, 
ni el amor y la solidaridad que nos van sanando.
No quiero olvidar las distancias sociales, 
ni nuestra necesidad de abrazos.
Quiero recordar la urgencia de una mirada
de una sonrisa, de una llamada.
No quiero olvidar la sensación de impotencia
revestida de esperanza.
Quiero recordar mi fuerza
cimentada en tu Palabra.
Amén.

17 de marzo de 2020

Segundo día de la cuarentena


Hoy, el Señor me concedió el regalo de poder iniciar este segundo día, orando junto a mis hermanos Claretianos a través del Proyecto “Nos quedamos contigo en casa”.  Ha sido una tremenda iniciativa que han preparado los Misioneros de las Parroquias Claretianas Solidarias de Bayamón, para este tiempo de cuarentena y que difundirán a través de las redes sociales, tal como lo haría hoy día Claret (utilizando todos los medios posibles).  El Proyecto tiene 3 momentos diarios, la oración, una reflexión y/o formación y la celebración eucarística.

Acompañada por la voz del P. Luis Enrique fui deshojando mi cuerpo de perezas y cansancios y despertando el alma a lo trascendente. Fue un momento de profunda comunión donde el Dios de la Vida me saludaba con infinita ternura a través de “La oración de la mañana”.  Fue un rato de oración profundo, tranquilo y verdaderamente muy bonito.

Luego de este excelente inicio de día, me ví obligada a salir de la casa.  Tuve que visitar una oficina médica y una farmacia junto a mi hermana por motivos de salud de nuestra madre. 

Fue muy extraña la sensación que sentí al salir afuera cuando la brisa paseó sobre mi cara.  Pareciera que experimentaba nuevas sensaciones y me sentí liberada, contenta. ¡Qué curioso! Fue caminar los mismos pasos, el mismo tramo desde el elevador hasta mi carro en el estacionamiento y me sentí estrenando huellas. ¿Será que la ausencia de apretadas agendas me concede una nueva mirada?

En la mañana: dos escenarios sorprendentes.  Al llegar a la oficina médica, encontramos portones y puertas cerradas.  Pacientes esperando de pie afuera de la oficina y mirando constantemente por el cristal de la puerta a ver si lograban observar algún movimiento que indicara que había vida dentro de aquel lugar.  

Luego de varios intentos, se dibuja finalmente, una mujer con todo su cuerpo perfectamente cubierto a la que solo se le percibe el miedo a través de sus ojos.  Las instrucciones muy claras: solo podía entrar una persona a la vez, a la que prácticamente se le lanza a considerable distancia una mascarilla y un par de guantes. Escena que jamás hubiera imaginado yo que presenciaría.

Luego, la siguiente parada:  la farmacia.  Un panorama totalmente distinto.  El local abarrotado de gente. Adultos, jóvenes y ancianos.  Entré libremente y sin ninguna restricción.  Me dirigí de inmediato a la parte posterior de la farmacia para entregar la receta. Una fila bastante larga donde una cinta adhesiva en el suelo nos iba colocando a una prudente distancia entre unos y otros.  Me pareció una excelente medida de prevención en favor de evitar un posible contagio.  Pero la línea iba paralela a la góndola de efectos escolares, y constantemente venían en búsqueda de carpetas, lápices de colorear, plastilina…signo de la necesidad de los padres de tener ocupados a los niños en casa durante estos días.  Y ¿qué creen?  ¡Las personas se saludaban, conversaban entre ellas y con los que estábamos en la fila de las recetas, con toda la cercanía y naturalidad del mundo! Es que de verdad era para reírse. 

Luego de unos largos 45 minutos, pude entregar la receta la que por supuesto, no la despacharán hasta mañana.  El farmacéutico, no llevaba ni mascarillas ni guantes.  Y me pidió firmar la receta con el mismo bolígrafo que habían firmado todas las personas que habían ido antes que yo y que continuarían firmando todos los que vendrían después de mí.  A este punto confieso, que descubrí las “desventajas” de estar bien informados sobre las cosas que NO deben hacerse si queremos evitar contagiarnos y/o contagiar a otros.  En fin…estamos aprendiendo muy, muy lentamente…

Al salir, diviso botellas de agua y aprovecho para comprar algunas. Al dirigirme a pagar: ¡sorpresa! Me encuentro con una fila de personas común y corriente, algunas conversando, otros compartiendo entre ellos sus miedos, preocupaciones y sobre todo su molestia  por no poder salir en las noches por el toque de queda que “este gobierno les ha impuesto, caprichosamente”.  Allí no había cinta adhesiva en el suelo, no había distancias guardadas, había total ausencia de guantes, de hand sanitizer, de mascarillas.  Dentro de la misma farmacia, estaba en un mundo completamente “normal” y distinto al área de recetas.  Y no decir de las  5 personas que esperaban un poco alterados porque no entendieron el que no se les vendiera boletos para jugar el Pega 3…una escena completamente normal.

Luego de estar un rato en la casa de mis padres, regreso a mi casa.  Comienzo a organizar pendientes y hago un alto para escuchar “En comunión contigo”, del Proyecto Claretiano que ya mencioné al principio. Ahora es el P. Héctor quien, a nombre de la comunidad, se hace cercano con palabras esperanzadoras que van animando y despejando miedos e inseguridades.  Sus palabras nos va empoderando de fuerza, nos va orientando la mirada confiada hacia nuestro Padre y sobre todo, nos humaniza el camino, con serenidad. Una vez más, el corazón agradecido a Dios por hacerse tan presente a través de nuestros hermanos.

Continúo organizando papeles, viendo noticias y sacando tiempo para comunicarme con otros que al igual que yo se encuentran en este compás de espera.  La llamada de una entrañable amiga española me llena de mucha alegría.  Nos emociona a ambas, el descubrir la hermosa red que va tejiendo nuestra familia claretiana a través de tantos gestos. Darnos cuenta de la fuerte comunión que emerge milagrosamente entre nosotros, y que nos hace protagonistas de una hermosa historia de salvación; nos orilla a vivir desde un corazón agradecido.

Ya va cayendo la tarde.  A las 6:00 me conecto al Facebook y celebro la tercera parte del Proyecto: la celebración de la Eucaristía.  Ha sido para mí una experiencia totalmente novedosa.  Confieso que es la primera vez que veo de principio a fin una misa por internet. Pero no fue una misa ordinaria.  Fue muy especial; porque pude celebrarla junto a una comunidad de hermanos Claretianos que ciertamente son mi familia extendida. Fue un momento sencillo pero de gran apertura de corazón.

La Palabra, como siempre, se viste de primavera y me alegra el corazón.  Me siento animada, contenta, fortalecida.  Pero también, profundamente agradecida por estos hermanos que nos tienen siempre muy presentes y se preocupan y ocupan por servirnos y acompañarnos en todo momento.  Por supuesto que doy gracias a Dios por la vida de todos y cada uno de ellos.

Me consiento con una rica cena y sigo organizando gavetas.  ¡Cuántas cosas reencontradas!  Pareciera que he ido de compras porque muchas cosas me parecieron nuevas ya que había olvidado que las tenía.

Un rato más de televisión, con buenas y no tan buenas noticias.  

Los cielos se van despejando, las aguas aclarando, la contaminación bajando…parece que le estuviéramos realizando algunos injertos a nuestra Tierra común.  Nuevos pulmones que le permiten volver a respirar, nuevas arterias por donde el agua corre con mayor pureza, una nueva vida y digna.  

Se me hace difícil hacer una justa lectura de todo esto.  No sé si nos están queriendo decir que solamente cuando seamos capaces de detenernos y ayunar del desenfrenado consumismo, podremos coexistir en paz.  No lo sé, no lo tengo claro. 

Lo que sí tengo claro es que he podido terminar de escribir cómo ha sido éste, mi segundo día de la cuarentena.  Y no es tan fáicl...cuando lo pienso bien, ha sido un día bastante atípico, bueno, digno de una cuarentena.

Ya no escribo más.  Será hasta mañana, si el Dios de la Vida así lo permite.

16 de marzo de 2020

TOQUE DE QUEDA


16 de marzo de 2020


Día 1

Hoy es el primero de los catorce días de cuarentena que ha decretado el gobierno de Puerto Rico, como una de las medidas preventivas, para detener la propagación del temido Coronavirus en nuestro país.

Ha sido un día algo extraño y confuso. Desde la mañana escucho el ir y venir de los vehículos, transitando frente a mi casa con total normalidad.  La misma cantidad de carros, las mismas prisas.  Hay bastante flujo vehicular, en realidad, como de costumbre.

Lo que ciertamente es diferente es ver espacios disponibles en el estacionamiento del centro comercial y la ausencia del paso del tren urbano.  Esta estampa evoca en mí, los muchos días sin electricidad que tuvimos luego del paso del huracán María.

Enciendo la televisión para escuchar las noticias en lo que voy preparándome el desayuno.  En algunos canales ofrecían de manera simultánea la misma información.  En todas, un afán indescriptible por convencernos de que estamos frente a un virus letal, muy peligroso, y que al momento la única forma para evitar el contagio no es enfrentarlo sino, escondernos de él.

Mientras desayunaba, continuaba escuchando la televisión.  Pensé que era una exageración y de muy mal gusto la repetición de las bondades de lavarnos las manos, del uso del “hand sanitizer”, de las “lógicas” razones para mantenernos en la casa, etc.  Llegué a sentir que nos trataban como a niños pequeños y sin capacidad de razonar.  No tardé mucho en comprender mi errónea percepción…

A los pocos minutos, saber que hay personas disfrutando de un normal día de playa…compartiendo con sus amistades, disfrutando del sol y la arena.  Otro grupo de personas jugando dominó en la Placita Barceló, al son de la música del Gran Combo, mujeres comentaban como cualquier otro día sobre la novela, otras quejándose de encontrar cerrado el salón de belleza. 

Informan además que la Policía ha intervenido a 2 guaguas llenas de turistas que se encontraban en plenas excursiones; 2 turistas ahogados; negocios repletos de gente comiendo y bebiendo como un día cualquiera...pareciera que no, que no se han enterado.  Pareciera que viven enajenados, que los han secuestrados y encerrados en una gran burbuja, de la que en realidad no quisieran salir.

Las noticias se amplían y siguen ofreciéndonos estadísticas, datos, medidas, orientaciones y reglas a seguir. Nos dan muchísimos consejos y motivan a que hablemos y compartamos con la familia, que nos sentemos a la mesa con los de casa, que preparemos una nueva receta para los nuestros, que organicemos los closets de la casa, que juguemos con los niños…

Y me pregunto: ¿y los que viven solos?   ¿Y los que estarán 14 días atrapados entre 4 paredes, escuchando solo las mismas voces diciéndoles las mismas cosas una y otra vez? ¿Los que no tendrán con quien hablar, con quién sentarse a la mesa?  ¿A quién le compartirán sus temores, cansancios, hastíos? ¿Con quién planificarán qué hacer durante el día?

Es un gran reto para un pueblo en donde hay una gran población envejecida y sola, viviendo solos, aunque tuvieran hijos o una gran familia…viven solos y antes de la amenaza del coronavirus.  Conozco a muchos ancianos que van a la farmacia y al supermercado diariamente solo para poder cruzar una mirada con alguien, sentir que alguien les presta atención, ofrecer y recibir una sonrisa, solo para poder hablar con alguien y sentirse escuchados. 

Otros, como mis padres, a pesar de tenerse uno al otro, viven conectados por teléfono con los demás.  Hacen llamadas a los familiares, a los amigos y hasta a las secretarias de los doctores que frecuentan y que ellos han elegido incluir en su lista de amistades, al cabo de encontrarse tantas veces en las citas médicas.  Al menos, ellos están juntos, muy unidos.

Pero los que sí viven solos, no pueden salir ahora de su casa, han perdido la oportunidad de relacionarse con otros, han perdido la excusa para vestirse y arreglarse para estar “presentable” para los demás, han perdido la oportunidad para hablar con alguien.  Pero ¿saben qué?, no han perdido la esperanza.  Esa que está en lo profundo del corazón de cada uno de ellos.  La esperanza que les garantiza que esto va a pasar, que esto no durará para siempre y que cuando pase la cuarentena saldrán con más fuerza y alegría al supermercado y a la farmacia, al centro comercial, a la iglesia, a la cita médica cargados de abrazos, de sonrisas y de muchas y hermosas palabras para compartir.

Yo por mi parte, me propuse no irme a la cama antes de sentarme a escribir cómo había pasado el día. Es uno de los 2 retos que me propuesto para esta cuarentena.  No he salido de mi casa, no he visto a nadie, no he hablado con nadie.  He leído, he trabajado, he dedicado un buen rato a la meditación, a la oración y reflexión; he respetado las reglas del gobierno, me he quedado en casa.

Ahora, a las 11:00 pm sigo escuchando el ruido de los vehículos que vienen y van y honestamente, me muero de curiosidad por saber cuál supermercado o farmacia estará abiertos todavía. (¿no hay toque de queda?)

5 de marzo de 2020

El amor de Padre-Madre

Estos días he estado escuchando reflexiones sobre el Amor del Padre.  Para algunas personas se les hace difícil el poder “entender” bien esto.  Y creo que una de las mejores cosas de ser madre es que te ayuda enormemente a intuir lo que significa el Amor de Dios Padre-Madre.

Precisamente en estas últimas semanas que experimento la fragilidad de la vida en la de mi madre, entiendo que esto es solo el principio de un largo camino donde la relación con mi Padre adoptará nuevos modos y formas de encuentro, pero donde definitivamente continuará siendo su Presencia, mi fuerza y brújula.

He pensado mucho en que si yo, siendo tan insignificante, tan pecadora, egoísta, limitada, soy capaz de dar la vida sin dudarlo ni un instante, por mis hijos, así de inmensa es la fuente del Amor de la que recibo por Gracia, tanta fuerza. Y ciertamente que es la gran “Garantía” que me anima y alegra.

Veo en mis padres, una historia de una larga vida (más de 80 años) entregados al bienestar de su familia y de su comunidad.  Donde la acogida y el servicio han sido siempre sus prioridades. Ahora, frente a la enfermedad, siguen en pie, fortalecidos en la Fe, confiados en nuestro Padre, afianzados a la fuerza del Amor, en medio de sus sufrimientos.

No todo son momentos difíciles. Hay momentos hermosos, cotidianos, conversaciones, risas, llamadas y visitas de personas que nos quieren bien.  Momentos en donde la presencia del Padre se hace tan ¡brutalmente visible!, como cuando veo que, a pesar de la enfermedad y limitación de mami, de la preocupación y sufrimiento de papi, de sus limitaciones; verlos preocupados por el vecino enfermo, moviendo cielo y tierra por garantizar que tenga alimentos, medicinas y cuidados, los que hasta ahora han suplido ellos.  ¡Ese es el Amor de nuestro Padre!  Un Amor que sigue emanando ternura, cercanía, solidaridad, fraternidad, a través del testimonio de los que le aman y sirven.

Mis papas siguen testimoniando el Amor del Padre, del que siempre está atento a nuestras necesidades, a pesar de nuestra fragilidad, de nuestra pequeñez.  Pueden mostrarnos Su Rostro porque han descubierto la Fuente de ese Amor inagotable y nos hacen partícipes a todos, de ello.

Son semillas de ternura; es el Reino que ya está...

30 de julio de 2019

Ella, siempre ella.

Se iba acabando el día con la laxitud de cada segundo transcurrido; lenta y dolorosamente…

Un día más donde las preguntas invadieron cada poro de su piel maltrecha, opaca.  Experimentaba la sensación de abandono, de sequía profunda.  Desorientación, miedo, cansancio, mucho miedo…

Nada hacía sentido, nada tenía sentido y al mismo tiempo, todo estaba meridianamente claro. No pensaba en el destino porque no creía en él.  No era un castigo porque quien Ama, no castiga.

¿Suerte? No.  ¿Desgracia? Tampoco.

Era nuevamente el momento tan temido, como inevitable, ese que regresa de cuando en cuando, sorpresivamente, cuando menos lo imagina y le desvela su vulnerabilidad.

Son días fríos, inhóspitos, carentes de sonrisas, hambrientos de ternura.

Los recuerdos llegan con sus comparsas de reproches, de culpas, de fracasos, de lágrimas...

Y a pesar de vislumbrar a lo lejos la Esperanza, no pudo evitar romperse por dentro.

Y no había nada más que hacer…solo ponerse en pie y responder a la llamada a la confianza, a la desnudez del alma, a despojarse de heridas y de orgullo, de la autocompasión. Era el momento una vez más de alzar la mirada, de abrir los brazos y saltar al vacío…

Mañana:  todo estará bien.

18 de febrero de 2019

18 de febrero

Ya han pasado 4 días luego de la celebración de San Valentín.  Y todavía hay un ambiente festivo, alegre y sobre todo, muy bien mercadeado que nos hipnotiza en la celebración del mes del “Amor”.  Muchas parejas, sobre todo las más jóvenes viven ilusionadas e inquietas esperando este gran día para manifestar sus sentimientos de diversas maneras.  Regalos, flores, chocolates, salidas a cenar, a bailar, a viajar…en fin, hay una inmensa variedad de gestos que salen a nuestro encuentro para ayudarnos a mostrar al otro cuánto le amamos.

Siempre me ha llamado la atención que mucha gente le llama a este día: “Día del Amor”, pero la mayoría prefiere llamarlo: “Día de los enamorados”.  Y me parece bien curioso, porque el Amor y el Enamoramiento no son la misma cosa aunque en muchas ocasiones se nos presentan con la misma pinturita.

Enamorarse es una de las experiencias más hermosas que conozco.  Es una etapa en donde nos sentimos profundamente atraídos por esa persona a la que llegamos a idealizar.  El solo escuchar su voz nos inyecta energía y nos mejora el ánimo.  El tiempo se detiene cuando se comparte con él.  Nos sentimos literalmente flotando en medio de sensaciones de bienestar, de placer, de “felicidad”.  Nuestro mundo se reduce a su presencia y giramos en torno a su persona y a sus actividades.  Todo esto, alimentado ciertamente por la reciprocidad de nuestros sentimientos. 

Nos sentimos unidos a esa persona, respetados, acompañados y amados de igual modo. Somos para esa persona igualmente importantes y necesarios en su vida.  Hay mucha complicidad, y fuertes deseos de encontrarse, apoyarse, amarse.  Y en la inmensa mayoría de los casos, juega un fuerte papel las apariencias, el físico, el erotismo, la sexualidad.

Somos capaces de realizar grandes cosas al igual que muchas tonterías por el ser del cual nos sentimos enamorados.  Utilizamos todos los recursos y medios necesarios para sostener la captación de su atención:  modas, maquillajes, implantes, inyecciones, cirujías…lo que fuera, todo es válido. Lo importante es mantener esa chispa que se enciende cuando estamos juntos. Y sentirnos felices.

Para sostenernos “enamorados” hace falta sentirnos acogidos, queridos, deseados, acompañados de igual forma por la otra persona.  De lo contrario esa llama se va extinguiendo poco a poco o tal vez a pasos agigantados, pero definitivamente morirá si no es cuidado.
Definitivamente que es una etapa preciosa, que pinta nuestra vida de arcoíris. (Bien que decía mi abuelo: “Lo mejor del mundo es estar enamorado”).

Pero,¿el amor?  No, pienso que el amor es otra cosa. 

Ciertamente la mayoría de los grandes amores (aunque no todos), pasan por la etapa del enamoramiento.  Pero el amor es un sentimiento auténtico, donde sí se racionaliza, a diferencia de lo que muchos opinan.  Hay una fuerza de voluntad, hay una conciencia abierta y sobre todo:  libertad.  No pasa igual en el enamoramiento, donde nos sentimos atraídos por una fuerza superior y experimentamos incapacidad de raciocinio.

Cuando se ama; no se siente el rigor de la búsqueda de lenguajes “simpáticos” o amables.  Al amar, se establece una relación en donde las palabras tienen otra significación.  Hay mucha transparencia, sinceridad, respeto.  Existe un auténtico deseo del bien de la persona amada. Queremos que sea feliz,que se sienta realizado y pleno, aunque ello nos excluya.

Cuando se ama, se conoce muy bien al ser amado.  Conocemos todas sus virtudes, sus habilidades, sus dones; y no nos asustan ni agobian sus limitaciones, sus defectos, sus desaciertos, sus pobrezas.  Y le tenemos una profunda admiración.  Frente a su humanidad, nos sentimos maravillados y fuertemente atraídos.

Al amar de verdad, llegamos a adivinar las necesidades del otro, sus deseos, y también sus mentiras, y en ocasiones a algunos, una doble vida.  Y nos duele que no se de cuenta de que la fuerza del amor es el motor del consuelo y el perdón que todo lo puede.  Y se sufre, ¡y mucho! ; pero por amor.  ¡La de veces que intuimos sus luchas, sus tentaciones!  Y también las muchas ocasiones en que el silencio es lo único que se nos permite aportar.

Al amar, las pasiones humanas, lógicas entre personas que se aman; no son protagonistas de la relación.  Jamás serán condicionantes a la permanencia de la pareja.  Porque el amor va más allá de la carne.  Pensar esto es tener una gran pobreza mental. Las expresiones del amor, siempre serán eso:  expresiones, no son fuente ni raíz de lo fundamental.  Y expresiones hay muchísimas, todas las que el verdadero amor suele descubrir porque así es el amor:  creativo.

Cuando se ama, se privilegia un lugar único y especial en nuestro corazón para esa persona. Lugar que nadie puede ni podrá nunca sustituir, como nunca se puede sustituir a una madre o a un hijo(a).  No pasa igual con el enamoramiento.  Pienso que podemos enamorarnos muchas veces y con igual intensidad, pero amar…no, amar es otra cosa.

Al descubrir el verdadero Amor, no nos hace falta buscar a nadie más porque ya hemos encontrado esa persona que nos hace vibrar, que nos alegra, que despierta en nosotros los sentimientos más hermosos, auténticos, nobles.  Queremos verle, estar con él, ser su mejor amigo(a), su cómplice, su compañero(a) de camino, su mano derecha, su confidente, su aliado (a), su incondicional, su todo.  Ese es el deseo más profundo que inspira el verdadero amor, aunque la persona amada no desee recibirlo y bueno, en ocasiones, hasta llegue a rechazar.

Cuando amamos, nos sentimos motivados por el ser amado a dar lo mejor de nosotros, a ser mejores personas, a abrirnos de modo incondicional a la vida.  Nuestro deseo es poder servirle, apoyarle, hacerle sentir cuán importante es en nuestra vida, cuánto nos aporta, cuánto nos enseña, cuánto bien nos hace. A pesar de que muchas veces la persona amada, ni se entera.

Pero el amor es así y es muy independiente.  No lo condiciona el reconocimiento ni la reciprocidad de la persona amada.  El amor no es esclavo de formas, ni de modas, estilos, vanidades.  No tiene miedo a la enfermedad, a la vejez, a las torpezas, a los desaciertos, a las limitaciones.  El amor tiene el sello de la Cruz.  Si no hay cruz, no es verdadero amor.

El amor es libre y es auténtico.  Tiene la capacidad de escucha, de esa que acoge siempre con ternura.  La fuerza del perdón, que supera la humillación, el engaño y la indiferencia. Y tiene la dulzura de un corazón materno que está dispuesto siempre a acompañar, cuidar y AMAR aunque sea desde el anonimato.

Así es el verdadero amor…que definitivamente no es el enamoramiento.  Ojalá podamos enamorarnos menos y amar más…

" El amor es paciente, es bondadoso; el amor no tiene envidia; el amor no es jactancioso, no es arrogante; no se porta indecorosamente; no busca lo suyo, no se irrita, no toma en cuenta el mal recibido; no se regocija de la injusticia, sino que se alegra con la verdad."  
1 Corintios 13:4-6