8 de abril de 2020

Día 24 de la cuarentena


Hoy, me levanté temprano para organizarme ya que voy a comenzar un retiro (dentro del que ya llevo 23 días hoy). Quiero y necesito privilegiar de manera especial un espacio de tiempo para celebrar unos Ejercicios Espirituales.  He decidido realizarlo en este tiempo de Semana Santa, específicamente, en el Triduo Pascual.  Me siento invitada y tentada fuertemente a ello, así que no pretendo crear ninguna resistencia.

Preparé un lugarcito dentro de mi habitación que será mi sagrario en estos días.  Imagino que será tiempo de aprendizaje, de mucha interiorización, de poda.  Pero confío en que será una rica experiencia de Encuentros, que me legará mucha fuerza y paz.

Y no dudo que este será un retiro muy, pero muy especial, porque ha sido precedido por muchos gestos tan sorpresivos como hermosos.  Ángeles que han llegado hasta mi casa (ayer 2 y hoy 3) con gestos de cercanía, de apoyo, de hermandad.  Personas que me han escrito, compartiéndome qué les ha provocado mis escritos y mensajitos de ánimo y cariño.  Me siento sumamente bendecida y agradecida.

Llevaba ya un par de días sin querer ver las noticias en detalle, así que lo hice hoy ya que no pienso hacerlo durante el fin de semana.  Y se me estrujó el corazón.  La pandemia sigue vistiéndonos de miedo, dolor y muerte.  Se pasea por todos los rincones como un fantasma.  Nadie sabe dónde está, cuando llegará y muchísimo menos, cuando se decidirá a mostrarnos su talón de Aquiles.

Los médicos, enfermeras, tecnólogos médicos, en fin, todos los profesionales de la salud, continúan vistiendo su heroico escudo.  Se levantan día tras día dispuestos a dar la vida literalmente en favor de los enfermos.  Mi mayor de los respetos y profunda admiración para todos ellos.  De igual modo, distingo a muchos otros, como dependientes de supermercados, camioneros, recolectores de basura, etc. que continúan trabajando en servicios básicos para la comunidad.  Mi aplauso y agradecimiento también para ellos.

Aquí tengo que hacer un alto para una mención muy especial.  Y es mi reconocimiento y agradecimiento a la comunidad de Misioneros Claretianos que desde el día 1 de la cuarentena nos invitaron a construir juntos un templo virtual que poco a poco ha ido visitando a cada uno de los hogares y se han quedado ya en casa.  Han aprovechado todos los medios posibles para evangelizar, como hubiera hecho Claret si hubiese vivido este tiempo.

No se conformaron con la celebración diaria de la misa, sino que además, han ofrecido una reflexión en las mañanas, una charla formativa en las tardes de lunes a viernes, diariamente.  Además, los sábados, rezo del rosario, rato de oración y canto, exposiciones del Santísimo y hasta una mesa informal donde comparten con la gente, y en tiempo real, desde su casa.  

En fin, que han hecho un esfuerzo titánico por mantenerse en contacto con todos, en todo momento y de todas las formas posibles.  No hay mayor prueba del inmenso amor que le tienen a su comunidad y a su vocación.  Por supuesto que para ellos va también un grandísimo aplauso y mis bendiciones.

Estoy segura que hemos aprendido a valorar mucho más el don de la fe, el privilegio de contar con buenos y santos pastores y la riqueza de la comunidad.  Es a través de ella y de la Palabra que se nos facilita el conocernos, el confrontarnos y ver si nuestra vida está respondiendo al Proyecto de Dios sobre una y sobre todo, aprendemos a aprender.  

Aprender a ser más dóciles, más humildes, más cercanos, más honestos, compasivos y más humanos…esa es la maravilla de la comunidad.  Nos enseña a aprender a ser mejores personas, mejores cristianos.  

Bueno, ya no tengo tiempo para seguir escribiendo.  Debo terminar de organizar muchas cosas para poder comenzar mi retiro y celebrar el Triduo Pascual.  No creo que tenga tiempo de sentarme a escribir hasta terminar este fin de semana.  En estos momentos, no lo tengo claro.  Hace ya mucho que no me presiono con mis tiempos. Le permito a Él que sea quien vaya dirigiendo todo.  Pero, si no reciben el aviso del Blog es que estoy de retiro. 

Si eres de las personas que de cuando en cuando te “asomas” por aquí, te agradeceré infinitamente que me acompañes en mi petición al Señor de que pueda tener un gran y hermoso Encuentro con Él este fin de semana.  Lo mismo deseo para todos.

Hasta prontito, no demoro en regresar, lo prometo.

7 de abril de 2020

Día 23 de la cuarentena

Decidí no quedarme en el balcón anoche.  Realmente siento como una especie de hechizo cuando me siento allí y alargo la mirada.  El silencio, las montañas dibujadas a lo lejos, la enérgica brisa, confabulan para robarme el sueño.  Y cuando comienza a caer el rocío y se funde con la tierra; ya no hay marcha atrás.  El olor a tierra mojada me ha parecido siempre, sencillamente, fascinante.  Así, que no salí anoche al balcón.  Quería descansar temprano.

Fue un buen intento, pero, me parece que tendré que comenzar mi proceso de 21 días para habituarme nuevamente a un horario “normal”.  En realidad, sí me acosté “temprano” pero el sueño se me ha escapado ya hace mucho, y creo que será una ardua tarea el recuperarlo.

La levantada de hoy, por supuesto, igual de difícil.  Baño, un breve momento de oración y operación desayuno.  Me detuve a mirar la nevera, y como de costumbre, le pregunté qué me sugería preparar.  Y como siempre, por supuesto, no recibí ninguna respuesta.  En realidad, no espero que me diga nada, pero la acción de yo hablarle me provoca compañía. No, no he perdido la cordura, pero honestamente, no es solo a la nevera, también le hablo a las plantas, al espejo y por supuesto a Alexa.  Hemos establecido un tipo de relación muy cordial, respetuosa y vivida en profunda discreción.

El tema de la soledad es uno de preocupación para algunos amigos.  Algunos me expresan honesta preocupación porque vivo sola, otros repiten con la mejor de la buena fe que puedo contar con ellos, que no quieren que piense que estoy sola.  Mientras otros me expresan con una sorpresa casi angustiante que no pueden comprender cómo he podido “sobrevivir” tantos días encerrada en un apartamento completamente sola.  Buena pregunta.

Es un tema en el que he invertido varios días, (bastantes) de reflexión.  El estar solo no es lo mismo que sentirse solo, aunque lo uno puede deslizase sobre lo otro sin darnos cuenta. Por eso, tal vez, las personas se obsesionan con tener compañía cuando no la tienen.  Les horroriza pensar que no tendrán a alguien a su lado y están en constante planificación de actividades para encontrarse rodeada de gente.

El elegir a alguien, por el temor a estar solos, nos deshonra y nos hace deshonrar al otro.

La soledad es una gran maestra.  Nos adiestra con lecciones muy profundas, en especial de nosotros mismos.  En ocasiones, nos pasa una alta factura porque se torna dolorosa.  Pero del dolor también se aprende. Al sumergirnos en nuestro interior podemos palpar el paso de Dios por nuestra vida, y descubrir a lo que necesitamos sujetarnos y lo que necesitamos dejar ir.

En realidad, cuando se aprende a vivir con uno mismo, se logra vivir libre y apasionadamente. Y mientras no aprendamos esa lección no estaremos capacitados para entablar ninguna relación significativa con otra persona.  El vivir solos nos da la oportunidad de saber quién realmente somos, más allá de la percepción que puedan tener de nosotros; nuestra familia, nuestros amigos, nuestra comunidad.  

Estar o sentirnos solos nos enseña qué es lo verdaderamente importante y lo que es trivial.  También nos enseña a ser agradecidos.  Esto puede evidenciarse fácilmente cuando nos encontramos con una persona anciana.  Muchos expresan no sentir ninguna motivación para levantarse cada mañana. Y en su rostro se asoma una mal dibujada sonrisa.

Cuando nos acercamos a ellos, le brillan los ojos al expresarnos que llevan guardadas muchas historias.  Historias llenas de logros, de retos, de alegrías, de esperanzas, de sufrimientos, de trabajo, de éxitos, de familia, de amor; pero que no tienen a quién contárselas y eso les hace sufrir una profunda y dolorosa soledad.

La soledad, no es ausencia de compañía, sino ausencia de Amor…

Hoy, tuve que bajar al estacionamiento porque una amiga me avisó que venía a entregarme algo.  Ella no puede subir a mi apartamento, porque tenemos prohibido las visitas en el edificio.  Las dos, con mascarillas puestas, cumpliendo con el protocolo establecido.

Sé que ella experimentó la misma alegría que yo, al encontrarnos, a pesar de la distancia.  Me trajo un detalle muy especial que tuvo prácticamente que soltarlo en mis manos.  Obviamente, ausencia de besos y abrazos, que no opacaron el momento. 

La mascarilla dejaba al descubierto su mirada, y en ella se reflejaba su alegría y generosidad.  Ojalá que mis lentes no hayan obstruido mi eco feliz y agradecido.  ¡Cuánto se valoran los gestos en determinados momentos!  ¡De cuántas diversas formas se acerca el Señor a acompañarme y a poblar mi soledad!

Ya que había bajado, aproveché a caminar por el estacionamiento, a paso rápido y esquivando ser vista (no podemos caminar por las áreas comunes). Todo me parecía diferente, las gallinas que cruzan de los edificios vecinos, los gatos que se esconden bajo los carros, los molestosos charcos de agua que siempre se ahondan en los mismos lados…

Extraña vista de la piscina serena, con el agua cristalina y completamente vacía.  No se escuchaba las infantiles voces en el parquecito de los niños, ni se escuchaba el golpear de la bola en la cancha de baloncesto.  Un sol maravilloso, una temperatura muy agradable, una soledad impresionante, pero llena de paz.

No encontré a nadie ni el estacionamiento, ni en el ascensor ni en los pasillos.  Ausencia de voces, ausencia de vida.  Regresé al apartamento, llamé a felicitar a una amiga que celebraba hoy su cumpleaños, y finalicé ese paréntesis de llamadas con las que hago a la familia.  Al terminar, nuevamente el silencio.

No me quejo.  Valoro esta soledad que me ha permitido particularmente estos días profundizar con nueva óptica mi vida y también la vida de Jesús. Uno que vivió en una total y completa soledad especialmente sus últimos tres años de vida, a pesar de estar rodeado siempre de mucha gente.  Creo que Jesús sufrió múltiples soledades; la de la traición, la de la incomprensión, la del rechazo.  Pero su soledad estuvo preñada de Presencia, esa que siento y quiero sentir día tras día en mi vida.  Esa que me da valor y esperanza.  

He decidido privilegiar unos espacios para la reflexión, por medio de unos ejercicios espirituales que pretendo realizar durante esta Semana Santa.  Lo que se necesita es tiempo, necesidad de interiorizar, profundizar y deseos de Encuentro. Dispondré el corazón y seguramente que Él me sorprenderá.

La soledad, no es ausencia de compañía, sino ausencia de Amor…

6 de abril de 2020

22 días de cuarentena...


Anoche fue en realidad, una muy larga.  La lluvia me empujaba a acompañarla desde mi balcón.  El sonido de las gotas cayendo sobre la cortina y el espejismo de luces a la distancia rompían el sordo silencio que se iba creciendo dentro de mí.

Es la primera vez que presencio esta imagen…ni siquiera luego del huracán María; porque para entonces, las calles y montañas estaban hundidas en sepulcral oscuridad.  Ahora, por el contrario, la cuantiosa cantidad de luces que se alfombran a mi vista, me convidan a parpadear su fiesta.

Permanecí varias horas en mi balcón.  Acompañada por mis plantas y mis pensamientos.  Asaltada de vida, privada de sueño. Y así, recibí las 2:00 de la madrugada…

Hoy, la levantada fue difícil ciertamente, pero no hay nada que no componga una buena taza de café.  En mi balcón, había cambiado el paisaje.  Nuevamente la veloz carrera de los carros, la soledad del centro comercial y el solo sonido de las palomas, me recordaron mis 22 días de cuarentena.

Llamo a mis padres, con la usual dosis de amor y paciencia.   Luego de 88 años de generosa entrega, es muy difícil un ayuno de besos y abrazos.  Han sido contagiados de la impaciencia que mina su capacidad de sonreír.  Si no fuera por la profunda fe que ambos profesan, y el eterno rosario en las manos y en los labios de mi madre…sería otra la historia.

No quiero ver el periódico ni las noticias por internet, no en la mañana.  Derramo papeles sobre la mesa y me siento a trabajar un rato, entre pasajes que cancelar, informes que preparar y correos que responder.

Mientras tanto, me va sorprendiendo el aumento de ruido en la calle. Salgo al balcón y ciertamente, hay muchísima más gente que unas horas atrás.  En fin, que termino buscando noticias para ver si me enteraba de alguna novedad. Y bueno, que la gente se ha tirado a la calle (al menos los que su tablilla terminan en números pares) porque han anunciado que no habrá supermercados abiertos a partir del miércoles.

¡Tremendo caos que se ha formado! En las redes sociales, las filas eran tan kilométricas como la desesperación de la gente.  Horas enteras esperando poder entrar para satisfacer sus necesidades.  Un desfile de mascarillas y guantes saturados de miedo e impotencia.

Termino en la cocina pasando inventario para ver cuántos días más puedo extender la salida que tanto he esquivado.  Creo que ha llegado la hora 0 y tendré que sumarme a la extensa fila que haré, como todos, llena de miedo.

Al fin decido sentarme un poco a serenar el espíritu, que estamos en lunes santo y no se me puede olvidar.  ¡Es lunes de Betania! ¡Cuánto me emociona esta escena!  Una cargada de símbolos, de entrega, de humildad, de amor, de fragancia.

Estas dos mujeres, Marta y María tan famosas en la historia de Jesús, tan emblemáticas y tan sugerentes.  Vidas paralelas, heridas de amor, que luego de haber abrazado juntas el dolor, se han fortalecido sus vínculos entre ellas y Jesús.  Han abierto la puerta del agradecimiento y se han vaciado de todo para entregarse a Jesús y a los demás.

Marta sigue igual de afanosa, sirviendo y cuidando que no falte nada en la mesa.  María, como siempre a los pies del Amado.  No hay palabras, solo entrega, devoción, cariño, generosidad.  Ambas se han sentido amadas primero por Jesús y ahora son ellas las que se desbordan entre mil detalles.

Estoy convencida que los verdaderos amigos son aquellos que nos hacen crecer, querer y creer.  Crecer como personas, querer ser mejores y creer en el otro.

Marta ya no exige la ayuda de María.  Entiende perfectamente el hermoso y significativo gesto de su hermana. Percibe la ternura que se ha enraizado en su corazón y lo acepta y se alegra por ello.  No se siente desplazada, ni entra en competencia con María.  Simplemente se permite ser coherente con ella misma.  Y es a través del servicio que sabe responder al amor recibido.

Veo a Marta planificando esta celebración, pendiente que no falte ningún detalle.  El mejor vino, y una rica cena.  Ha elegido el mejor mantel y se ha asegurado personalmente de que todo estuviera inmaculado y perfecto.  ¡Tanto tiempo de vida compartida con los discípulos y ninguno se había tomado la molestia de preparar un banquete así al Maestro!

María, extiende su mano para tocar los pies de Jesús, dejando fluir sin temor alguno, toda su ternura con tanta fuerza que llegará hasta el corazón mismo del Amigo.  Se ha abajado, se ha inclinado, se ha encorvado, y se ha puesto a los pies de Jesús.  ¿No les recuerda el lavatorio de pies?  Jesús se abaja, se encorva, y en silencio toma los pies de sus discípulos. 

María no escatima en derramar un costoso perfume sobre los pies de Jesús.  En la última cena, es Jesús mismo quien vierte su vida sobre los demás…

Hoy, en mis 22 días de cuarentena, y en mi oración, he pedido al Señor que transforme mi casa en Betania, con Jesús, con Marta y María y que me conceda el don de saber cómo agradecer con el corazón.  Porque es lunes santo, y puede ser que Jesús, antes de llegar al Calvario quiera detenerse en casa.

5 de abril de 2020

A los 21 días de la cuarentena...

¡Llegó la Semana Santa!.  Y a esta hora de la noche, perdí ya la cuenta de las veces que he leído y escuchado: “Esta Semana Santa será diferente”.  ¡Por supuesto que lo será!  Hoy todo es diferente. Todo ha cambiado, todo se ha transformado y ha dado paso a la novedad.
  • Levantarme sin la prisa habitual de este día, ya que el Domingo de Ramos, todos los cristianos sí van a misa, y hay que llegar temprano a la parroquia para poder encontrar espacio en el estacionamiento, sí que es novedad.
  • No experimentar esa milagrosa alegría del encuentro con los hermanos, con los que van haciendo camino conmigo, sí que es novedad.
  • Celebrar la eucaristía sentada en el sofá de mi casa, en la más completa soledad, sí que es novedad.
  • Tener entre mis manos, no una rama, sino un teléfono, ¡Vaya que sí es novedad!

Podría continuar enumerando tantas cosas que sustentan lo distinto que ha sido este día; pero entiendo que no es necesario, porque le ha pasado igual a muchos, mi experiencia sí que no es novedad.  

Es la realidad de todos.  Una realidad que no ha hecho excepción de personas, ni por edad, nacionalidad, credo, género, etc.  Un hecho inesperado y doloroso que ha terminado volcándonos de manera vertiginosa en un mundo diferente.

Pero diferente es sinónimo de distinto, no de malo.  Diferente es una palabra que tiene dos caras.  Se puede hablar de lo diferente motivados por la exclusión o se puede hablar de diferente, para distinguir positivamente a alguien o a algo.  Yo elijo la segunda acepción.

Existe una teoría sicológica que dice, que 21 días son suficientes para convertir una acción o comportamiento determinado, en un hábito.  Esto sí que me parece muy interesante.  Quiere decir que hoy a los 21 días de nuestro confinamiento debemos haber aprendido nuevas cosas, haber adquirido nuevas costumbres, diferentes sí, pero diferente es sinónimo de distinto, no de malo (ya lo dije antes).

¡Y qué emoción he sentido!  Ya hoy, hemos tenido suficiente tiempo para haber adoptado nuevos hábitos.  Un nuevo estilo de vida que redundará en un mundo completamente distinto, y por supuesto, mejor.  Hay muchísimos signos que me motivan a creerlo:

Ahora las familias han ensayado el encontrarse bajo el mismo techo a una misma hora.
Los niños han descubierto el sazón de mamá porque ya no se compra la cena afuera.
Las parejas tienen tiempo para contarse sus cosas y soñar juntos un futuro.
Los padres han aprendido a valorar a los maestros de sus hijos.
Quedó confirmado que el no ir de tiendas un sábado, no es letal.
Descubrimos la belleza de unas playas limpias.
Nos maravillamos de nuestra resiliencia.
Hallamos la verdadera definición de héroes.
Hemos encontrado lo increíble de un aire limpio.
Hemos detectado cuán creativos podemos ser.
Hemos desenterrado talentos, por años guardados.
Rehicimos nuestra escala de valores.

Esta lista también está inconclusa.  Cada familia, cada hogar, cada persona, hoy, luego de 21 días de estar en cuarentena; ha adoptado nuevos hábitos, éstos u otros.  Pero hay que tener en cuenta que este aprendizaje es uno muy personal.

Los hábitos no pueden fotocopiarse ni compartirse en un mensaje de texto. Cuando pase la cuarentena, algunos mantendrán los ojos bien abiertos para alentar y cuidar las semillas de fraternidad que han brotado en este tiempo.  Otros, descifrarán el lenguaje de los sin voz para transfigurarlos en profundos ecos.  Habrá quienes busquen y construyan nuevos caminos de servicio; espacios de apertura y acogida.  Y también surgirán nuevos profetas que nos hablen del Reino recién instaurado.

Luego de 21 días, en esta cotidianidad “distinta” ciertamente que celebraremos una Semana Santa diferente, porque hemos descubierto que nuestros genes espirituales no son novedad; porque tenemos a un mismo Padre.  Y en esta cotidianidad, la fe no algo ajeno, sino, medular.  Es la fe la que nos ha dado fuerzas estos 21 días.  La que le da sentido a nuestra vida y la que mantiene viva en nosotros la Esperanza.

Al terminar la cuarentena podremos encontrarnos cualquier día sin sospechar siquiera que también fuimos contagiados de Amor en una Semana Santa distinta, diferente, pero no mala.

4 de abril de 2020

Día 20 de la cuarentena...


Hoy, mi día ha sido uno bastante ordinario dentro de este tiempo extraordinaro.

Lo único particular que he hecho es romperme la cabeza pensando dónde iba a conseguir la ramita que nos han pedido que coloquemos mañana en nuestras puertas o balcones, como signo de nuestra identidad cristiana, siendo mañana Domingo de Ramos.

Los que me conocen, saben que vivo en un apartamento, no tengo patio ni jardín.  Por lo que tendremos que optar por una rama artificial.  Bueno, pues ¿qué creen?  ¡Se ha sacrificado mi arbolito de Navidad!  Voluntariamente se ha prestado para colocarse mañana como un fiel centinela frente a mi puerta.  Francamente, no está nada bonito 😏, pero "es lo que hay".  En el fondo, no está tan mala la idea de tener un símbolo de la Navidad, que es el tiempo que celebramos el nacimiento de Jesús, en el tiempo que celebraremos su muerte y resurrección.  (¡qué bien que me consuelo!).


Bueno, he recibido una llamada desde el Perú y me han pedido que prepare una breve reflexión sobre el Evangelio de mañana, cuando celebraremos el Domingo de Ramos.  Mañana, escucharemos la Pasión del Señor, que volveremos a escuchar el Viernes Santo.  Y prefiero detenerme a hacer una breve reflexión sobre el Evangelio de la Bendición de los Ramos que me gusta mucho. (Mateo 21, 1-9).

Es una reflexión muy sencilla que compartiré mañana con una comunidad de seglares y que les comparto desde ya por aquí a ustedes.  Les copio el Evangelio por si no lo tienen a mano:

“Al llegar cerca de Jerusalén, entraron en Betfagé, junto al monte de los Olivos, entonces Jesús envió a dos de sus discípulos, diciéndoles: “Vayan al pueblo de enfrente, y enseguida encontrarán una burra atada y su cría junto a ella; desátenla y tráiganla.  Si alguien les dice algo, ustedes les dirán:  que el Señor la necesita, y enseguida la devolverá.”
Esto sucedió para que se cumpliera lo anunciado por el profeta:  “Digan a la ciudad de Sión:  mira a tu rey que está llegando humilde, cabalgando un burrito, hijo de asna.” Fueron los discípulos y siguiendo las instrucciones de Jesús, le llevaron la burra y su cría.  Echaron los mantos sobre ellos y el Señor se montó.
Una gran multitud alfombraba con sus mantos el camino; otros cortaban ramas de árboles y cubrían con ellas el camino. La multitud delante y detrás de Él aclamaba: “¡Hosanna al Hijo de David! ¡Bendito el que viene en nombre del Señor! ¡Hosanna en las alturas!”.
Cuando entró en Jerusalén, toda la población conmovida preguntaba. “¿Quién es éste?” Y la multitud contestaba “Es el profeta Jesús, de Nazaret de Galilea.”  Palabra de Dios

Me llama mucho la atención que Mateo comienza el Evangelio dándole el protagonismo a una burra y a su cría.  Comienza diciendo que Jesús pide que los desaten, y que sean liberados para que cumplan con un servicio específico.  Por lo tanto, la tarea de los discípulos no es nada difícil, es una sencillez, ¡desatar una burra!. 

En estos días en que he estado en cuarentena, me he dado cuenta que muchas veces, lo único que me pide el Señor es tal vez, hacer una llamada a una persona que vive sola, ir a comprar el medicamento a mi madre enferma, ir al supermercado a comprarle algo a mi vecina anciana, ponerme una mascarilla cuando voy a salir a la calle, o tal vez, sencillamente lo que me pide es:  quedarme en casa. Nada más…cosas muy sencillas.  Y ¡cuánto nos cuesta asumirlas porque estamos siempre esperando a que el Señor nos pida cosas importantes, cosas extraordinarias!. 

Bueno, regresamos con el burro.  El burro en la época de Jesús y también en la nuestra, es símbolo de humildad, de trabajo, de servicio.   Y ese es el signo que Jesús ha elegido para entrar a Jerusalén.  Pudo haber elegido un caballo que es un animal más elegante y así acostumbraban los reyes.  Pero no, elige a una burra. 

¡Y lo mucho que nos preocupamos nosotros de nuestra imagen!  Muchas veces, las cosas que elegimos son el reflejo de quiénes somos, quiénes pretendemos ser, o quiénes queremos ser.  Y nos relacionamos con las personas de acuerdo a lo que tienen o pueden ofrecernos.  Y vivimos en una carrera desenfrenada de competencias, de demostrar lo que muchísimas veces no somos.  Jesús, al elegir a la burra, nos da una lección de una vida coherente, basada en la sencillez y en la humildad.

¿Qué significa el gesto de desatar el burro? 

Pues para poder entender ese gesto, hay que conocer la identidad de la burra, porque ella es la protagonista de esta primera escena.  La burra es un animal manso, tranquilo, que solamente es utilizado para llevar personas o cosas de un lugar a otro, solamente existe para cargar o llevar…para servir.

Todos llevamos dentro esa burrita, que es signo de servicio.  Tenemos grandes reservas de paciencia, una gran fuerza interior que nos da la capacidad de acoger, de acompañar, de servir al otro.  ¡Esto es un don!.  Todos tenemos la capacidad de estar siempre disponibles para los demás, como Jesús, que nunca se cansa, que está ahí siempre presente para nosotros.

La tarea que Jesús le da a sus discípulos es la de ir a desatar la burra, que no es otra cosa que desatar la capacidad de servicio que todos llevamos dentro.  Pero muchas veces, tenemos la burra amarrada, nos ponemos como dicen vulgarmente, “potrones”, nos asalta el egoísmo, porque no queremos ser servidores, sino servidos.  

 “Y si alguien le dice algo, ustedes le dirán que el Señor la necesita” 

Nunca he escuchado en ninguna otra parte de la Biblia a Jesús diciendo estas palabras.  Que Jesús exprese que Él necesita algo.  ¡Él, que es Dios!  Y aquí nos expresa un pedido, una súplica y al mismo tiempo un mandato.  Y sí, es cierto.  Él necesita de nosotros, de nuestra disponibilidad, de nuestra colaboración para poder inaugurar el Reino en medio de nosotros.  Pero, muchas veces, nos resistimos, porque su Reino no nos parece un buen negocio.

Nos gusta mucho estar arriba, al tope, ser jefes.  Nos gusta liderar, dirigir, controlar.  Y nos cuesta mucho ser soldaditos y no generales.  Y para poder responder al pedido de Jesús, hay que tener la capacidad de liberar, de soltar nuestra burra, y hacernos disponibles para amar y servir.

Echaron los mantos sobre ellos

Para un israelita, el manto, o la capa significa su misma persona.  A un israelita no le podían quitar el manto, ni el vestido, porque era quitarle todo. Se podía renunciar a todo, a cualquier cosa, menos al manto. 

Y dice la Palabra que los discípulos ponen sus mantos, sobre la burra y su cría, lo que significa que ponen todas sus vidas, todo lo que poseen, para el servicio.  Están convencidos de la propuesta que les ofrece Jesús.

Jesús se sentó sobre estos mantos

Y ahora entra en escena toda la gente, que dicen que era una multitud, que extiende sus mantos sobre el camino.  En realidad, la multitud no está reaccionando de la misma forma que los discípulos.  Los discípulos pusieron los mantos sobre la burra y Jesús se sentó sobre estos mantos.  Esto es, el nuevo reino avanza con Jesús con el símbolo de esta burra. Y los discípulos pusieron sus vidas en aquella burra. En otras palabras, los discípulos entendieron que hay que entrar por el servicio a la instauración del nuevo Reino.

Por otro parte, la gente coloca sus mantos por tierra, no sobre la burra. Tiene un significado especial.  Porque en tiempos de Jesús, cuando se tenía una investidura real, el pueblo extendía sus mantos por tierra para que el rey, con su caballo, pudiera pasar sobre los mantos, y esto significaba sumisión; quería decir que estaban totalmente de acuerdo a sujetarse al poder de este rey.

Ahora aquí, la gente acepta a Jesús sin haber comprendido cuál era su propuesta.  Aún tenían en mente al Mesías que ellos esperaban.  Al hijo de David poderoso, que haría que Israel dominara los demás pueblos.  En realidad, no habían entendido nada.  Lo aclaman rey, pero el rey que tienen ellos en sus cabezas.  En cambio, los discípulos sí han entendido y aceptado la propuesta de Jesús.

Entonces, tenemos dos grupos.  Por un lado, los que no han entendido nada, que son la mayoría  y por otro lado, unos pocos, que son los discípulos, que han comprendido la propuesta que ha venido a hacernos Jesús. 

Es exactamente lo que sigue sucediendo hoy en nuestras comunidades.  Tenemos muchísima gente que sigue a Jesús, son muchos.  Pero que no han entendido nada porque tienen una imagen de Jesús distorsionada o hecha a su medida.  Todavía sueñan con el Rey poderoso, que viene a organizarnos desde una autoridad dominante, que se impone, que atropella, que juzga y castiga.  Y son muchos los que aún siguen esperando a ese Mesías.

Y también hay un segundo grupo, que son los que sí han comprendido la propuesta del Maestro y le han aceptado su propuesta. Tendríamos que preguntarnos en cuál grupo estamos nosotros.

Luego cortan ramas y las extienden sobre el camino

El detalle de los ramos, es muy significativo para poder comprender el Evangelio.  Se habla de cortar ramas de árboles y nos parece una cosa muy simple.  ¡Cuántos de nosotros no ha salido hoy al patio a recortar una rama de un árbol para colocarla en la puerta!  Es un gesto sencillo sí, pero no trivial. Hay que detenerse un poco para entender lo que en realidad significa. 

En los meses de septiembre y octubre se celebraba, y todavía hoy día se celebra, una gran fiesta que se llama la Fiesta de las Chozas, de las Tiendas.  Era la celebración de la liberación de la esclavitud de Egipto.  Durante esta fiesta, la gente cortaba las ramas de los árboles para construir las chozas y allí se quedaban por una semana en esas cabañas, para recordar el paso de la tierra de la esclavitud a la tierra de la libertad. 

Con este gesto, la gente quiere expresar que sí ha llegado la liberación porque ha llegado el rey mesiánico. En el tiempo de Jesús, la gente continuaba pensando en el hijo de David que se habían construido en su mente, en ese Mesías que ciertamente estaba muy lejos de la imagen del verdadero Rey que hoy tenemos nosotros el don y privilegio de conocer.

Mañana, en la Fiesta de Ramos, siento que se nos invita a que nos paremos a la orilla del camino junto a todos nuestros hermanos, con las palmas en las manos.  Y con total honestidad, miremos a Jesús, entrando a nuestra historia, a nuestra vida, montado sobre una burra, con una propuesta basada en el Amor. Es Jesús mismo que nos invita a soltar al burrito que tenemos dentro de nosotros para poder amar y servir a los demás.  Y cuando lo hayamos logrado podremos decir con toda la fuerza de nuestros pulmones: ¡Bendito el que viene en nombre del Señor! ¡Hossana en las alturas!  ¡Y permaneceremos juntos en torno a Él!

3 de abril de 2020

Día 19 de la cuarentena...

Tan pronto abrí los ojos recordé que hoy es el llamado: “Viernes de Dolores”, viernes antes del Domingo de la Pasión (Domingo de Ramos).  La Iglesia nos invita hoy a recordar a María en su advocación de la Mater Dolorosa, de la sufriente, de la madre al que una espada le atraviesa el corazón.  La tradición habla de siete dolores que sufrió María. En realidad, no soy capaz de enumerar la experiencia de un dolor tan profundo.  María sufrió hasta el límite porque amó sin medidas.  Las que hemos recibido el don de la maternidad podemos acercarnos un poco a las lágrimas de María.

Hoy existen muchas advocaciones marianas, muchísimas.  La mayoría de ellas, nacidas de grandes experiencias de fe.  Otras quizás, responden al deseo del hombre de “exaltar” la imagen de la madre de Jesús, con toda la razón y la mejor voluntad, sin ninguna intención malsana; con lo que han tenido por muchos siglos a la mano para expresarle su amor…aunque tal vez, la han colocado muy lejos de nosotros.

Hoy muchos nos recuerdan a María, adornada con diademas de oro, con túnicas bordadas de plata, pintada sobre lujosos lienzos.  La han colocado en extraordinarias andas, le han construido Santuarios, poemas y rezos.   Y a veces tengo la sensación que en nuestro afán de hacerla “grande”, la hemos reducido a una imagen de porcelana.  Por eso me impresiona mucho la Mater Dolorosa…

El ángel se aparece a María cuando era casi una niña, sencilla, viviendo en un barrio pobre.  Ella se hace servidora de su prima Isabel.  Fue la esposa de José, el carpintero.  Probablemente, lavaba la ropa en el río a las vecinas, para ayudar con los gastos de la casa. Sufrió humillaciones, calumnias, fue madre soltera, anduvo fugitiva, fue inmigrante…una vida llena de cotidianidad y de muchas dificultades.

Fue la maestra de Jesús, su primera discípula y la primera evangelizadora.  La que amasó el pan en su vientre que nos alimentaría luego.  La mujer del “Sí”, la de la suma fidelidad, la del silencio, la del amor oblativo.  La primera que recibe a Jesús y la última mujer que sus ojos vieron. Fue ella, quien llevó dos palomas al templo y terminó entregando al Cordero…

Todo esto es lo que le valieron tantos títulos:  María es la Madre de la Iglesia, la Reina del Cielo, Trono de Sabiduría, etc.  Odre inmaculado para el Vino nuevo.  La mujer que subirá el domingo también a Jerusalén.  La que tendremos muy presente todos estos días, pero ya sin diamantes, ni coronas; nos bastará mirarla a su rostro herido, para querer quedarnos adheridos a sus vacíos brazos.  

Agradecí a Dios el haber orado hoy con la Madre Dolorosa. Quiero sentirme acompañada por Ella de manera especial esta Semana Santa.  Siento que también será distinta para Ella.  Es tanto el sufrimiento que se ha sumado a su corazón.  ¡Tantos enfermos, tanta angustia, tanta desolación, tantas muertes, pero sobre todo, tanta hambre de Paz!.

Presiento que María, como todas las madres, nos dará sus remedios caseros para nuestras dolencias.  Ella conoce cada una de nuestras grietas por donde se nos ha ido escapando el agua.  Pero Ella nos llevará a la verdadera Fuente que calmará nuestra sed más profunda. Nos sabrá controlar la temperatura elevada de nuestras soberbias, nos vacunará contra la autosuficiencia, descongestionará nuestros pulmones contaminados de tristezas.  Nos dará a beber a sorbos el jarabe de la Alegría y nos inyectará Esperanza.

Esta Semana Santa, no tendremos la Procesión por las calles, pero veremos salir a la Dolorosa…

2 de abril de 2020

Día 18 de la cuarentena...

Me he despertado en medio de una calurosa mañana.  Hoy, rompió record la temperatura y nos ha invadido un pesado sopor.  Pareciera que la primavera ha entrado también en cuarentena.

Después de 18 días, la rutina ha sincronizado ya nuestras horas y la mañana pasa demasiado rápido.  En un abrir y cerrar de ojos me encuentro ya pensando en el almuerzo y ni siquiera he consultado los periódicos.  No he degustado las horas como en los pasados días.

Le compartía por teléfono esta sensación a una amiga y se alegraba porque me decía que era mejor así, ya que no me pesaría tanto la soledad. Luego que terminé de conversar con ella, me puse a reflexionar sobre nuestra conversación y concluí que difiero de su opinión.

Cuando podemos ralentizar el tiempo, se aprecian mejor las cosas y se graban mejor los momentos en nuestra memoria.  Con un pausado ritmo podemos tener mejor dominio de nuestros pensamientos y nuestras acciones.

En los pasados días, nuestras emociones han subido y bajado vertiginosamente.  Hemos aprendido nuevas sensaciones: miedo, incertidumbre, confusión, impotencia.  Y creo que para estas y muchas otras novedades; se necesita tiempo para entender, digerir y asumir.  Por eso, prefiero experimentar días extensos y alargadas horas…

Al revisar mi correo, encuentro un mismo mensaje repetido en todos, dicho de diferentes maneras:  “esto va a pasar”, “esto es pasajero”, “esto no es definitivo”. Y me asusta pensar que podamos engañarnos, pensando en que no estamos viviendo un presente.  Que nos perdamos de vivir el “hoy”, pensando en lo que será mañana.  Que banalicemos nuestros días y quisiéramos arrancar las hojas del calendario para hacer una gran fogata con ellas.

Me preocupa mucho en que mirando este momento como uno transitorio; queramos vivirlo de prisa, sin ninguna hondura, sin una reflexión seria y con el corazón puesto en el acelerador del carro.

Y mientras van pasando los días, vamos añorando lo que hemos perdido, anhelando lo que vamos a tener y anulando la oportunidad de vivir hoy.  Nos distraemos fácilmente y experimentamos pequeñas dosis de egoísmo y vanidad.  Nos dejamos impresionar por las voces que abundan por las redes sociales que nos invitan a que “aproveches el tiempo para mimarte” y aparecen mil rutinas de belleza y ofertas de gimnasio para mantenernos en forma.  Estas cosas no están mal en sí mismas.  Pero cedemos ante la tentación de enredarnos en mil cosas que nos desvían la mirada de lo verdaderamente importante del momento.

Queremos pasar este tiempo como el artista que se prepara para un gran concierto. Dedicamos horas y días a exhaustos ensayos, motivados a disfrutar el éxito de ese gran día.  Y mientras tanto, se nos escapa la vida entre las manos como las notas musicales entre nuestros instrumentos.

Lo que nos ha tocado vivir es un momento verdaderamente histórico que nos está ofreciendo una oportunidad única y privilegiada de estrenar una nueva mirada.  No tenemos derecho a soñar un futuro si renunciamos a nuestro presente.  No podemos reservar nuestras fuerzas, nuestros dones, lo mejor de nosotros para mañana, cuando es hoy que la vida nos exige entregarlo.

Es hoy cuando estoy llamada a descubrir la Voluntad de Dios sobre mí.  Es hoy cuando tengo el tiempo para detenerme a escuchar, a aprender, a perdonar y pedir perdón, a redescubrirme y aceptarme.  Es hoy cuando tengo que replantearme la vida y mi relación con el Otro y con los otros.  Es hoy, cuando estoy invitada a la solidaridad, a la comunión, a la fraternidad.

No quiero invertir tiempo (¿o perderlo?) en pensar qué voy a hacer cuando termine la cuarentena.  No voy a entretenerme en pensar en proyectos que emprenderé, en asuntos que resolveré ni soñar con lo que me gustaría que fuera.  Quiero vivir mi HOY.  Hoy tengo una historia que protagonizar.  Hoy tengo una vida que compartir.  Hoy tengo que responder con todo mi ser a una realidad que no es virtual, sino vital.

Y escribiendo esto, recuerdo las palabras de Jesús a Zaqueo: “Hoy ha llegado la salvación a esta casa…” Y Zaqueo descubrió el secreto del HOY. 

1 de abril de 2020

Día 17 de la cuarentena...

Me levanto cerca de las 9:30 de la mañana.  Un nuevo día, una nueva oportunidad para muchas cosas.  Como hago diariamente, le doy gracias a Dios por la vida y por todo lo que tengo, porque todo es don.  Y también le agradezco todo lo que me falta porque no me permite olvidar mi pequeñez y mi necesidad del Otro y de los otros.

Agradezco el poder abrir los ojos, levantarme y saborear una taza bien cargadita de café.  Nunca me ha gustado el café “bibí” donde abunda la leche. Siempre el café, cargado y el azúcar abundante.

Luego de un ratito de oración, reviso el correo y respondo algunos mensajes. Me detengo a leer el último informe del Departamento de Salud con los datos más recientes.  No puedo decir que me resulta indiferente porque no es así.  Las estadísticas están muy lejos de ser alentadoras y más bien abonan mis temores y me acercan dolorosamente al sufrimiento de mucha gente.  

No pude evitar pensar en tantas personas que se encuentran viviendo estos momentos, solos.  Que quizás llevan el peso de otras pandemias tan letales como el coronavirus.  Personas que tal vez, no tengan con quien compartir sus tristezas, sus miedos, sus dificultades, en fin, su vida. Ya son 17 días de un confinamiento tan necesario como fuerte; que se vuelven para éstos, exponencialmente difíciles como el virus.

Queriendo liberarme de la opresión que me iba subiendo por la garganta, retomé el libro y me ensordecí en medio de sus hojas.  La lectura que estoy haciendo estos días es de un excelente libro que tiene la capacidad de exiliarme de la realidad de una manera asombrosa.  Es un buen libro de un excelente autor.  Pero, finalmente; pudo más el corazón que la razón…

Me olvidé totalmente del cómodo ambiente en que estaba, cerré el libro, interrumpí mi plácido día y puse en práctica ese tan raro y ordinario acto que llamamos “escuchar”.  Sí, esa es la palabra de hoy:  ESCUCHAR.

Saber escuchar no es una actitud fácil, porque exige mucho de uno mismo; apertura, comprensión y una gran dosis de empatía. Requiere renunciar de nosotros mismos para ofrecer una auténtica y gratuita atención al otro.

El que nos habla tiene necesidad de contar, de confiar.  A todo el mundo le encanta ser escuchado.  Hay muchísimas personas que sienten que nadie les escucha y por ende, nadie les entiende y por consecuencia no se sienten amados.

En muchas ocasiones nos acercamos a los demás con una actitud un poco egoísta.  Queremos ser escuchados, atendidos, valorados; pero no estamos dispuestos a acallar nuestras voces para dar paso a la escucha.  Saber escuchar al otro es más que oír voces; es fecundar palabras, arropar el corazón del que nos habla.  Es volcarse en lo que el otro te quiere decir, dejar que se exprese, ponernos en su lugar, no ponernos a analizar ni mucho menos juzgar.

No son pocas las ocasiones en que somos testigos de la misma escena:  un restaurante bonito, una música agradable, y dos personas reunidas alrededor de una mesa, a poca distancia uno del otro.  De pronto, uno de los dos, comienza a hablar, no solo con la boca, sino también con las manos, con los ojos, en una desenfrenada búsqueda de llamar la atención del otro. 

Todavía no he entendido cómo es posible que en medio de dos personas pueda tenerse un teléfono en la mano.  Es una actitud completamente egoísta e irrespetuosa.  No es posible que pueda escuchar al otro si mi atención está desviada a otro lugar.  Si mientras tengo una persona conmigo, de frente, puedo estar comunicándome con otra a la distancia; si prefiero responder algún mensaje o sencillamente “conversar” cibernética y simultáneamente con otro; significa sencillamente que no valoro al que está conmigo, no le respeto, no me interesa ofrecerle mi atención porque ya la he comprometido con otra persona y es imposible escuchar con el corazón a dos personas a la vez.  Y tocará privilegiar, tocará optar y tocará excluir…

La gente necesita ser escuchada, no interrogada, ni mucho menos señalada.  Necesitan que nos acerquemos con dulzura, con genuino interés de su persona y de su historia.  Al escuchar, le decimos al otro que es importante para nosotros y eso abre los canales de la confianza.

Nuestros sentimientos afectan, en diferentes grados, nuestra capacidad de escuchar y a veces nos producen sordera que bloquea la comunicación.  Escuchar significa estar ahí, percibir lo que el otro dice, lo que no dice, y lo que quiere decir.  No es oír, que para eso solo necesitamos los oídos, sino:  prestar atención desde el corazón, acoger al otro con sensibilidad, con respeto, con amor.

Tomé el teléfono, marqué un número y comencé a escuchar, con el corazón.  Y tal vez, la persona que llamé se sintió contenta, con mi llamada.  Pero yo me sentí increíblemente feliz y agradecida.  Una vez más, en medio de la cotidianidad, de lo ordinario, emerge la maravilla de la novedad, la sorpresa, la presencia de Jesús.  Un Jesús, herido, dolido, sufriente, solo.  Un Jesús que necesitaba ser escuchado, acogido, comprendido, acompañado.   

Al escuchar, me sentí conmovida.  Pude experimentar ternura, sencillez, dolor, incertidumbres, soledad. A través de las palabras, sentía sus pulsasiones y su hambre de un abrazo.  Al escuchar, me sentí fortalecida, humana, hermanada...Una conversación transformada en oración.

Al colgar el teléfono comprendí que ahí terminaba la comunicación y ahí empezaba todo también. De fondo, había mucho camino recorrido, una fe compartida, una convicción del valor de la persona, una Voz que intercedía para que pudiéramos experimentar la cercanía, en el lenguaje del Amor.

“Te bendigo, Padre, porque has ocultado estas cosas a los sabios y entendidos 
y se las has revelado a la gente sencilla”. (Lc 10,21).  

“Te doy gracias, porque siempre me escuchas”. (Jn 11,42)