5 de marzo de 2020

El amor de Padre-Madre

Estos días he estado escuchando reflexiones sobre el Amor del Padre.  Para algunas personas se les hace difícil el poder “entender” bien esto.  Y creo que una de las mejores cosas de ser madre es que te ayuda enormemente a intuir lo que significa el Amor de Dios Padre-Madre.

Precisamente en estas últimas semanas que experimento la fragilidad de la vida en la de mi madre, entiendo que esto es solo el principio de un largo camino donde la relación con mi Padre adoptará nuevos modos y formas de encuentro, pero donde definitivamente continuará siendo su Presencia, mi fuerza y brújula.

He pensado mucho en que si yo, siendo tan insignificante, tan pecadora, egoísta, limitada, soy capaz de dar la vida sin dudarlo ni un instante, por mis hijos, así de inmensa es la fuente del Amor de la que recibo por Gracia, tanta fuerza. Y ciertamente que es la gran “Garantía” que me anima y alegra.

Veo en mis padres, una historia de una larga vida (más de 80 años) entregados al bienestar de su familia y de su comunidad.  Donde la acogida y el servicio han sido siempre sus prioridades. Ahora, frente a la enfermedad, siguen en pie, fortalecidos en la Fe, confiados en nuestro Padre, afianzados a la fuerza del Amor, en medio de sus sufrimientos.

No todo son momentos difíciles. Hay momentos hermosos, cotidianos, conversaciones, risas, llamadas y visitas de personas que nos quieren bien.  Momentos en donde la presencia del Padre se hace tan ¡brutalmente visible!, como cuando veo que, a pesar de la enfermedad y limitación de mami, de la preocupación y sufrimiento de papi, de sus limitaciones; verlos preocupados por el vecino enfermo, moviendo cielo y tierra por garantizar que tenga alimentos, medicinas y cuidados, los que hasta ahora han suplido ellos.  ¡Ese es el Amor de nuestro Padre!  Un Amor que sigue emanando ternura, cercanía, solidaridad, fraternidad, a través del testimonio de los que le aman y sirven.

Mis papas siguen testimoniando el Amor del Padre, del que siempre está atento a nuestras necesidades, a pesar de nuestra fragilidad, de nuestra pequeñez.  Pueden mostrarnos Su Rostro porque han descubierto la Fuente de ese Amor inagotable y nos hacen partícipes a todos, de ello.

Son semillas de ternura; es el Reino que ya está...

30 de julio de 2019

Ella, siempre ella.

Se iba acabando el día con la laxitud de cada segundo transcurrido; lenta y dolorosamente…

Un día más donde las preguntas invadieron cada poro de su piel maltrecha, opaca.  Experimentaba la sensación de abandono, de sequía profunda.  Desorientación, miedo, cansancio, mucho miedo…

Nada hacía sentido, nada tenía sentido y al mismo tiempo, todo estaba meridianamente claro. No pensaba en el destino porque no creía en él.  No era un castigo porque quien Ama, no castiga.

¿Suerte? No.  ¿Desgracia? Tampoco.

Era nuevamente el momento tan temido, como inevitable, ese que regresa de cuando en cuando, sorpresivamente, cuando menos lo imagina y le desvela su vulnerabilidad.

Son días fríos, inhóspitos, carentes de sonrisas, hambrientos de ternura.

Los recuerdos llegan con sus comparsas de reproches, de culpas, de fracasos, de lágrimas...

Y a pesar de vislumbrar a lo lejos la Esperanza, no pudo evitar romperse por dentro.

Y no había nada más que hacer…solo ponerse en pie y responder a la llamada a la confianza, a la desnudez del alma, a despojarse de heridas y de orgullo, de la autocompasión. Era el momento una vez más de alzar la mirada, de abrir los brazos y saltar al vacío…

Mañana:  todo estará bien.

18 de febrero de 2019

18 de febrero

Ya han pasado 4 días luego de la celebración de San Valentín.  Y todavía hay un ambiente festivo, alegre y sobre todo, muy bien mercadeado que nos hipnotiza en la celebración del mes del “Amor”.  Muchas parejas, sobre todo las más jóvenes viven ilusionadas e inquietas esperando este gran día para manifestar sus sentimientos de diversas maneras.  Regalos, flores, chocolates, salidas a cenar, a bailar, a viajar…en fin, hay una inmensa variedad de gestos que salen a nuestro encuentro para ayudarnos a mostrar al otro cuánto le amamos.

Siempre me ha llamado la atención que mucha gente le llama a este día: “Día del Amor”, pero la mayoría prefiere llamarlo: “Día de los enamorados”.  Y me parece bien curioso, porque el Amor y el Enamoramiento no son la misma cosa aunque en muchas ocasiones se nos presentan con la misma pinturita.

Enamorarse es una de las experiencias más hermosas que conozco.  Es una etapa en donde nos sentimos profundamente atraídos por esa persona a la que llegamos a idealizar.  El solo escuchar su voz nos inyecta energía y nos mejora el ánimo.  El tiempo se detiene cuando se comparte con él.  Nos sentimos literalmente flotando en medio de sensaciones de bienestar, de placer, de “felicidad”.  Nuestro mundo se reduce a su presencia y giramos en torno a su persona y a sus actividades.  Todo esto, alimentado ciertamente por la reciprocidad de nuestros sentimientos. 

Nos sentimos unidos a esa persona, respetados, acompañados y amados de igual modo. Somos para esa persona igualmente importantes y necesarios en su vida.  Hay mucha complicidad, y fuertes deseos de encontrarse, apoyarse, amarse.  Y en la inmensa mayoría de los casos, juega un fuerte papel las apariencias, el físico, el erotismo, la sexualidad.

Somos capaces de realizar grandes cosas al igual que muchas tonterías por el ser del cual nos sentimos enamorados.  Utilizamos todos los recursos y medios necesarios para sostener la captación de su atención:  modas, maquillajes, implantes, inyecciones, cirujías…lo que fuera, todo es válido. Lo importante es mantener esa chispa que se enciende cuando estamos juntos. Y sentirnos felices.

Para sostenernos “enamorados” hace falta sentirnos acogidos, queridos, deseados, acompañados de igual forma por la otra persona.  De lo contrario esa llama se va extinguiendo poco a poco o tal vez a pasos agigantados, pero definitivamente morirá si no es cuidado.
Definitivamente que es una etapa preciosa, que pinta nuestra vida de arcoíris. (Bien que decía mi abuelo: “Lo mejor del mundo es estar enamorado”).

Pero,¿el amor?  No, pienso que el amor es otra cosa. 

Ciertamente la mayoría de los grandes amores (aunque no todos), pasan por la etapa del enamoramiento.  Pero el amor es un sentimiento auténtico, donde sí se racionaliza, a diferencia de lo que muchos opinan.  Hay una fuerza de voluntad, hay una conciencia abierta y sobre todo:  libertad.  No pasa igual en el enamoramiento, donde nos sentimos atraídos por una fuerza superior y experimentamos incapacidad de raciocinio.

Cuando se ama; no se siente el rigor de la búsqueda de lenguajes “simpáticos” o amables.  Al amar, se establece una relación en donde las palabras tienen otra significación.  Hay mucha transparencia, sinceridad, respeto.  Existe un auténtico deseo del bien de la persona amada. Queremos que sea feliz,que se sienta realizado y pleno, aunque ello nos excluya.

Cuando se ama, se conoce muy bien al ser amado.  Conocemos todas sus virtudes, sus habilidades, sus dones; y no nos asustan ni agobian sus limitaciones, sus defectos, sus desaciertos, sus pobrezas.  Y le tenemos una profunda admiración.  Frente a su humanidad, nos sentimos maravillados y fuertemente atraídos.

Al amar de verdad, llegamos a adivinar las necesidades del otro, sus deseos, y también sus mentiras, y en ocasiones a algunos, una doble vida.  Y nos duele que no se de cuenta de que la fuerza del amor es el motor del consuelo y el perdón que todo lo puede.  Y se sufre, ¡y mucho! ; pero por amor.  ¡La de veces que intuimos sus luchas, sus tentaciones!  Y también las muchas ocasiones en que el silencio es lo único que se nos permite aportar.

Al amar, las pasiones humanas, lógicas entre personas que se aman; no son protagonistas de la relación.  Jamás serán condicionantes a la permanencia de la pareja.  Porque el amor va más allá de la carne.  Pensar esto es tener una gran pobreza mental. Las expresiones del amor, siempre serán eso:  expresiones, no son fuente ni raíz de lo fundamental.  Y expresiones hay muchísimas, todas las que el verdadero amor suele descubrir porque así es el amor:  creativo.

Cuando se ama, se privilegia un lugar único y especial en nuestro corazón para esa persona. Lugar que nadie puede ni podrá nunca sustituir, como nunca se puede sustituir a una madre o a un hijo(a).  No pasa igual con el enamoramiento.  Pienso que podemos enamorarnos muchas veces y con igual intensidad, pero amar…no, amar es otra cosa.

Al descubrir el verdadero Amor, no nos hace falta buscar a nadie más porque ya hemos encontrado esa persona que nos hace vibrar, que nos alegra, que despierta en nosotros los sentimientos más hermosos, auténticos, nobles.  Queremos verle, estar con él, ser su mejor amigo(a), su cómplice, su compañero(a) de camino, su mano derecha, su confidente, su aliado (a), su incondicional, su todo.  Ese es el deseo más profundo que inspira el verdadero amor, aunque la persona amada no desee recibirlo y bueno, en ocasiones, hasta llegue a rechazar.

Cuando amamos, nos sentimos motivados por el ser amado a dar lo mejor de nosotros, a ser mejores personas, a abrirnos de modo incondicional a la vida.  Nuestro deseo es poder servirle, apoyarle, hacerle sentir cuán importante es en nuestra vida, cuánto nos aporta, cuánto nos enseña, cuánto bien nos hace. A pesar de que muchas veces la persona amada, ni se entera.

Pero el amor es así y es muy independiente.  No lo condiciona el reconocimiento ni la reciprocidad de la persona amada.  El amor no es esclavo de formas, ni de modas, estilos, vanidades.  No tiene miedo a la enfermedad, a la vejez, a las torpezas, a los desaciertos, a las limitaciones.  El amor tiene el sello de la Cruz.  Si no hay cruz, no es verdadero amor.

El amor es libre y es auténtico.  Tiene la capacidad de escucha, de esa que acoge siempre con ternura.  La fuerza del perdón, que supera la humillación, el engaño y la indiferencia. Y tiene la dulzura de un corazón materno que está dispuesto siempre a acompañar, cuidar y AMAR aunque sea desde el anonimato.

Así es el verdadero amor…que definitivamente no es el enamoramiento.  Ojalá podamos enamorarnos menos y amar más…

" El amor es paciente, es bondadoso; el amor no tiene envidia; el amor no es jactancioso, no es arrogante; no se porta indecorosamente; no busca lo suyo, no se irrita, no toma en cuenta el mal recibido; no se regocija de la injusticia, sino que se alegra con la verdad."  
1 Corintios 13:4-6

27 de diciembre de 2018

Navidad...en pijama?


Estos días de Navidad son como siempre un tiempo especial, diferente, en los que siempre encontramos novedad en medio de tradiciones milenarias.  Son días de muchas celebraciones, actividades, fiestas, reuniones familiares, de encuentros con amigos, regalos, luces, música, adornos, en fin…negación total a la rutina.

Y nos metemos en una carrera desenfrenada que nuestro entorno consumista nos demanda cada día más.  Además de las preocupaciones tradicionales:  hay que pintar la casa para que esté bonita, hay que comprar el árbol, hay que comprar regalos, hay que coordinar fiestas, etc… vamos adquiriendo (¿o copiando?) otras nuevas.  

Ya no se decora solamente con luces y esferas…ahora le colocamos villas, trenes, cajas gigantescas repletas de luces led, muñecos que se mueven y bailan al tronar los dedos, bases giratorias (que hacen que gastemos más porque antes podíamos dejar una parte del árbol con menos adornos y así ahorrábamos un poco) etc.

En los patios, ya se ven mucho menos los nacimientos, ahora hay una gran variedad de inflables, renos, Cascanueces, muñecos de nieve, trineos y Santa Claus electrónicos y super modernos.  Proyectores que nos traen nieve en nuestras noches tropicales, luces led que podemos hacer que bailen con la música y así ofrecer a nuestros vecinos un show espectacular.

También la moda ha cambiado en estos días…y ya no hay que romperse la cabeza en ver qué traje me compro para la Nochebuena porque ahora la reunión de la familia es un “pijama party”.  El único dolor de cabeza es lograr que todos encontremos la misma pijama en todos los tamaños para que la foto familiar quede “exacta”.

Todas estas nuevas costumbres las vamos copiando de otros países, de otros lugares, de otras culturas y van haciéndose parte de nuestras tradiciones.  Son frutos de la democracia, de la globalización, de la libre expresión, y en resumidas cuentas, de diversidad de gustos y colores.  Todo esto va ampliando y diversificando los modos de expresión de un pueblo que siente la necesidad de celebrar en comunidad la alegría, y el gozo de este tiempo de Gracia. 

He leído muchos comentarios de personas que están en contra de estos nuevos modos, de estas nuevas formas...opiniones que respeto y creo comprender.  Pero, yo no puedo colocarme radicalmente en esa orilla.  Personalmente muchas de estas cosas no me llaman la atención, no se asemejan a mi forma de ser o mi estilo de vida, pero no me quitan el sueño, no me molestan ni me ofenden ni mucho menos creo que van a hacer desaparecer mis creencias o tradiciones.  

Al contrario, pienso que estas cosas son oportunidades para reafirmarnos y animarnos a compartir más nuestra identidad y nuestras creencias con los otros y no desaprovechar el tiempo en señalar o criticar.  Si a ti no te gusta un tren debajo del árbol, coloca tú un pesebre debajo del tuyo y no pierdas tiempo criticando al otro.  Tal vez la persona no ha puesto un nacimiento en su casa porque sencillamente no tiene uno, entonces, regálale tú uno.  Que no te gustan los muñecos de nieve? pues tú colocas al jibarito o una pascua o una estampa navideña puertorriqueña, pero no inviertas energías en criticar porque esto destruye, nos separa, nos enferma y nos paraliza.  

Cada uno es dueño (y responsable) de defender sus creencias, sus tradiciones y de darlas a conocer y compartir con otros para que éstas no mueran.  Expresa libremente lo que vas viviendo en Navidad de la manera que lo vas experimentando; de una manera alegre y sencilla.  Ofrece a todos signos de tu fe, de tu modo de entender la Navidad, de tus razones de hacer o no hacer X cosas en este tiempo, pero siempre desde el respeto, desde el Amor.  Expresa tu vivencia de la Navidad desde el corazón. 

Si una familia decide usar pijama en su reunión de Nochebuena, no lo critiquemos, sino más bien, veamos el valor que tiene el que se hayan comunicado entre sí, que hayan querido ponerse de acuerdo, que hayan pensado en celebrar juntos la Nochebuena e indiquémosle que eso es un signo evidente para nosotros de que son una familia que es capaz de dialogar, de escuchar, de acordar cosas juntos y hagámosle caer en cuenta de ello y felicitémosle!  ¡Qué más da si van en pijama o en falda! Ayudémosle a redescubrir el valor de la familia y sobre todo, ayúdales a percibir que en medio de ellos está el Niño que nace y que es Quien hace posible el encuentro.

No gastemos nuestras energías en lamentarnos por menudencias.  Abramos bien nuestros ojos y nuestro corazón para poder descubrir las manifestaciones del Amor que muchas veces pueden visitarnos en pijama.

3 de diciembre de 2018

Es lunes, el primero de Adviento.



Las pupilas han madrugado hoy al alba.  El sueño no ha sido capaz de acompañarme en este viaje de olvido y borrachera que con tanta ilusión esperé anoche.  Mi cuerpo lastimado de cansancio va desvelando sus inquietudes y preocupaciones, en búsqueda de respuestas a las mil interrogantes que le han arrebatado el sueño.

Y se marea con el olor a tierra mojada.  Afuera llueve…también dentro de mí. 
Me imagino en una casa grande, con un patio grande donde seguramente iría presurosa a llevar mis plantas para que pudieran recibir la lluvia, fresca, dulce, pura, noble.  Seguramente se pondrían muy contentas, y vestirían su mejor follaje…

No resisto la tentación y abandono la cama para ir a ver mis plantas. Me ha dado cierta tristeza ver cómo son testigos de la lluvia pero no pueden sentirla ni abrirse a ella.  Las imagino inquietas, como ha estado mi alma esta noche, y en un desenfrenado impulso arrancarse para ir a su encuentro y ofrecerle sus hojas, sus pétalos, sus raíces, su tierra con un profundo deseo de empaparse y estrenar vida nueva.

Intuyo mi necesidad:  Yo tengo que arrancarme de raíces, para echar unas más fuertes.  Cortar la mala hierba, mis egoismos, mis mezquindades. Podar mis debilidades, sacar las hojas que un día fueron hermosas pero que hoy, ya no sirven…están secas. No puedo dejar que sigan aferradas a mí, bebiéndome el alma, ocupando mi tierra y privando a que nuevas ramas puedan ocupar ese espacio.   

Quiero también mojarme, y abonarme de Paz… correr presurosa abierta a la Novedad, a esa lluvia que es la misma pero que es nueva, que es la vieja pero es la actual, a ese rocío mañanero que se me ha prometido y en la que tengo fe, que me llenará de Vida, Alegría y Esperanza.

Es lunes, el primero de Adviento.


19 de junio de 2018

Al cerrar la puerta...



Cerró la puerta y quedaron afuera las fuerzas, las risas y el sol.  Al entrar, se le coló por los huesos, sin esperar, sin preguntar, de modo casi atropellado, aquella vulnerabilidad tan indeseable como temida. Ya hace mucho tiempo que desistió enfrentarla y que comenzó a intentar reconciliarse con ella.  A fin de cuentas, era la única que le esperaba siempre en casa…

Pero, al menos con ella podía ser auténtica. Podía soltar aquel llanto que tanto trabajo le costaba esconder en el alma, podía desmaquillar su fortaleza y darse el lujo de mirar a los ojos a la soledad sin forzarse a evitar alguna lágrima, sin culparse por su debilidad.

La ausencia de voces la ensordecía en ocasiones al punto de quebrarle, pero no tanto como la angustia de no haber nadie que quisiera escucharla.  ¡Y es que tenía tanto que decir!  ¡Tanto que contar! ¡Tanto que compartir!

Las horas del día las había vivido con tanta pasión que era imposible decir que pasó algún día igual al anterior.  Entre sus pupilas llevaba atrapadas lunas menguantes; cenizas y rojos atardeceres que la desbordaban.  ¡Cuánto soñaba con poder volcar su andadura junto a alguien que entendiera sus pasos y que admirara sus huellas!  Junto a alguien que quisiera privilegiarle su mirada y añorara el momento de su presencia.

Las horas de la noche, aquellas que se esperan usualmente con muchísima ilusión, fueron tornándose velos rotos que rompían con la estética de una experiencia llena de sentido a la luz del día, de una vida polarizada por el Amor.  Y se le estrujaba la voluntad una vez más, mientras le robaban los sueños.
 
Soledad, tristeza, abandono; sentimientos que siempre danzan por los rincones esperando la más mínima oportunidad para empezar la fiesta.  Siempre han estado persiguiéndola inadvertida y constantemente como un perro a su presa.  Ella siempre lo supo, aunque fingía no verles. 

Una vez más, entró a su habitación y en sacral desnudez, recordó Quién la libera de toda incertidumbre, quién sabe levantarla y sostenerle, quién con solo mirarla le infunde Paz …y abrió su puerta y le llamó.



8 de agosto de 2017

"Ánimo, no tengan miedo"

Hoy he visto en la Palabra de manera muy clara nuestra vulnerabilidad y las no pocas veces que caemos en la tentación de querer ser como Dios…

Después que Jesús había realizado el milagro de la multiplicación de panes y peces, a la madrugada siguiente, Él se acerca a la barca donde iban los discípulos, andando sobre el agua.  Los discípulos se asustan porque en principio pensaron que era un fantasma, pero Jesús les aclara rápido: “Ánimo, soy yo, no tengan miedo”.  No era la primera vez que los discípulos escuchaban la voz de Jesús.  No era la primera vez que Jesús les decía esta frase; que no tuvieran miedo.  A pesar de verlo caminar por las aguas, estoy segura que reconocían que ese que estaba frente a ellos, era el mismo que horas antes había hecho la multiplicación de los panes y los peces, el mismo que había curado y sanado a tanta gente, era su Maestro, el que habían reconocido ya como el Mesías. 

Pero Pedro le contesta:  “Señor, si eres tú, mándame ir hacia ti andando sobre el agua”.  El único que podía caminar sobre el agua, el único que tenía poder sobre el mar, era Dios, y Pedro lo sabía muy bien.  Pero cayó en la tentación; quiso ser como Dios. Y Jesús, Maestro por excelencia le da una nueva lección y lo invita a caminar, le responde con un sencillamente: “Ven”. Y Pedro comienza a caminar sobre el agua.  Y tan pronto sintió la fuerza del viento, tan pronto se dio cuenta de su vulnerabilidad humana, de que no podía caminar sobre el agua porque él no era Dios y el único que tenía poder sobre el agua era Dios…comenzó a hundirse.  Y es cuando lanza un grito de auxilio:  “Señor, sálvame”.

Jesús, una vez más extiende su mano, lo agarra y le dice:  “¡Qué poca fe!  ¿Por qué has dudado?”  Y muchísimas veces había interpretado esta parte del Evangelio, como que Jesús le lanza la pregunta de por qué había dudado de que él podía caminar sobre el agua y hoy creo que no es así.  Jesús le pregunta a Pedro ¿por qué dudó cuando Él les dijo que no tuvieran miedo?.  ¿Por qué Pedro, sabiendo que el único que podía caminar sobre el agua era Dios, por qué él, conociendo la voz de Jesús que les dice como muchas veces anteriores, que no tuvieran miedo, se atreve (porque fue un atrevimiento) a retarle y pedirle que si él era el Señor, que le hiciera ir caminando hacia Él sobre el agua? 

Yo creo que Pedro sabía perfectamente quién era Jesús, pero en su humanidad, cayó en la tentación de retarle, de querer igualarse a Él.  Pedro fue sencilla y perfectamente humano.  Hoy, me resta pedirle al Señor, que al igual que a Pedro me perdone por las ocasiones en que también he querido ser como Él y que siempre confío en que me agarrará de su mano y me dirá también: “Ánimo, soy Yo, no tengas miedo”.

Nancy Burgos, sc.

5 de agosto de 2017

La Transfiguración...hoy

              Las noticias tristes siempre causan en uno, una sensación lógica:  desánimo, tristeza.  Sentimientos que obligan a detener el tiempo, mi tiempo y orillan a reflexionar, quiera una o no en el sentido de la vida, en el valor de las cosas, en el por qué y para qué.  Son días en que no vemos claridad ni luz alguna y en las que las horas nos pesan y mucho…

              Sin embargo, como pasa siempre, la Palabra viene a iluminarme, y a levantarme.

              Esta mañana, en medio de mi decaído ánimo por la noticia de la muerte trágica de una familia, víctima inocente de la violencia existente en mi país; sintiéndome muy mal por la sensación de impotencia, indignación y tristeza, hice lectura y oración del Evangelio de la Transfiguración del Señor, fiesta que celebramos mañana en nuestra Iglesia.  ¡Bendito Dios que siempre estás y nos das lo que necesitamos!

              Me encontré con la escena de la subida de Jesús al Monte junto a Pedro, Santiago y Juan.  Y es curioso que el Evangelio comienza diciendo: “seis días después”, lo que me obligó a leer más arriba, a ver qué había pasado seis días antes.  Y fue para mí una gran sorpresa ver que el suceso anterior es el anuncio de la pasión de Jesús y la resistencia de Pedro.  Seis días antes, Jesús anuncia su futura pasión, y luego, lleva a estos discípulos a tener una experiencia gloriosa.  Como si nos quisiera decir que es imposible separar dos escenas pascuales:  el “Iluminado” que estaban viendo en el Monte era el mismo que sería, el Crucificado.  Dos momentos que se complementan:  de la muerte a la Vida, del dolor al gozo, de la muerte a la Resurrección.

              Al principio del Evangelio leo que los discípulos ven a Jesús envuelto en luz, en silencio, y solo aparecen dos personajes más:  Elías y Moisés.  Y es ahí donde Pedro dice que se estaba bien allí y que si el Señor quería, él podía hacer allí mismo tres tiendas.  Siempre me inquietó esa expresión de Pedro porque se coloca fuera de Jesús, Moisés y Elías.  Esta postura que asume Pedro en ese primer momento es el de espectador, él está viendo desde fuera, pero no se siente incluido…es curioso.

              Pero luego es que entiendo (nunca antes lo había visto así) que es en el segundo momento, cuando se oye la Voz de Dios que les dice: “Este es mi Hijo Amado, mi Predilecto, escúchenlo” que está el núcleo de todo.  Ya no es el centro de atracción la luz que envuelve a Jesús, sino que es esa Voz que confirma la relación de Jesús con Dios.

              Una voz que vino acompañada de una gran nube que los envolvió a todos.  Ya Pedro no está fuera, está dentro junto a Jesús y el Padre.  Y la invitación de Dios a “escuchar” a Jesús es lo mismo que invitarle a obedecerle.  Y ahí caen en tierra, asustados, como lo estarían luego de la muerte de Jesús, y es Él, Jesús, quien les levanta y les dice: “No tengan miedo”; ¡premonición de Pentecostés!

              La narración de la Transfiguración me da dos alternativas para vivir mi discipulado:  o me quedo como Pedro en la primera parte del Evangelio, de espectador, asombrado por los momentos gloriosos de Jesús, de sus milagros, de sus victorias, de sus grandes sermones, pero desde afuera, desde lejos, sin implicarme en su vida.  O, acepto escuchar la Voz del Padre que me invita a escuchar, a obedecer, a tomar una postura inclusiva y que me reenvía al verdadero camino, al del seguimiento de Jesús.

              Hoy, al igual que Pedro, siento que el Señor me ha tocado, me ha invitado a levantarme y me ha dicho que no tenga miedo.  La Palabra me invita hoy a recordar tantos momentos de gracia, de profunda alegría donde he experimentado mi vida llena de luz y transfigurada, para confirmar la opción de vida que hemos hecho por fe, y poder afrontar con serenidad y confianza los momentos duros y difíciles que nos toca pasar a todos. 

              Hoy en Puerto Rico, para mucha gente la realidad les está resultando muda, fría y nosotros como cristianos, estamos llamados a hacer posible que dentro de esa oscuridad podamos revelar y transfigurar el Rostro del Dios que siempre nos habla con un lenguaje lleno de Esperanza.
             

              

8 de marzo de 2017

8 de marzo, Día internacional de la mujer...

Acabo de leer la noticia en el periódico que lleva como título: “Las mujeres realizan manifestaciones por sus derechos”.  En la nota indican que debido a la conmemoración del Día Internacional de la Mujer, un grupo de sobre 100 féminas bloqueó esta mañana el acceso hacia el expreso Las Américas, en dirección de San Juan a Caguas, bloqueando específicamente la rampa de acceso de la autopista José de Diego hacia el Expreso Las Américas y que decenas de patrullas llegaron a la zona para intervenir con las manifestantes.

En la nota leí que la señora Blanco, portavoz del grupo, expresó que este grupo de 100 mujeres representa a todas las mujeres puertorriqueñas e indicó que “los reclamos van en contra de la Junta de Control Fiscal, contra el pago de la deuda, por la auditoría, y por el derecho de nuestros cuerpos, exigiendo un aborto libre, seguro y gratuito”, entre otras cosas.

Primero que todo, reconozco y respeto el derecho que tiene cualquier persona en este país a expresarse libre y públicamente sobre cualquier asunto; privilegio de vivir en un sistema democrático.  Yo también tengo el derecho de pronunciarme y como mujer cristiana me siento obligada a hacerlo.

No pretendo hacer cambiar de opinión, ni a usted señora Blanco ni a ninguna mujer que piense como usted.  Entiendo que nuestras expresiones son siempre el reflejo de lo que somos, de nuestra vida y de nuestra escala de valores.  Y no soy quién para cuestionar los suyos, ni los de nadie. 

Lo que sí me siento obligada es a señalarse su imprudencia y expresarle lo que me indigna sus expresiones porque no representan el sentir de la mayoría de las mujeres puertorriqueñas.  Al menos, a mí, usted, no me representa y siento que nos falta al respeto a muchísimas mujeres puertorriqueñas que no pensamos como usted.

Primeramente, me duele mucho ver el giro que ha tomado la celebración del 8 de marzo puesto que tengo entendido que el origen de la misma tuvo como finalidad el buscar mejores salarios para las mujeres y el derecho al voto en los comicios electorales de su país.  No tenía ninguna intención de reclamos ante una Junta Fiscal, reclamos de derechos sobre nuestros cuerpos, sobre abortos libres, etc.   

Por esta primera y sencilla razón no puedo estar de acuerdo con las actuaciones de este grupo de mujeres.  Están utilizando una fecha importante, de un origen muy noble y necesario de su época para manipular el pensar y sentir de nuestras mujeres, con agendas desconocidas y con ausencia de fundamentos.  Siento mucha tristeza de que un grupo de mujeres, (a Dios gracias ínfimo), se tome la molestia de salir a la calle a “reclamar sus derechos”, violentando el derecho de otros a tener un libre acceso a una carretera pública.  Qué pena que se tenga que recurrir a acciones provocativas, retantes e irrespetuosas para hacerse escuchar. 

Este grupo de mujeres quieren reclamar “igualdad” y que tengan los mismos derechos de los hombres, pero ¿cómo pedir igualdad con todos si no comenzamos a defendernos a nosotras mismas?  Si quieren tener libertad de realizarse abortos y no defienden la vida, si no defienden el derecho a nacer de miles de cientos de mujeres, ¿cómo se atreven a exigir igualdad de derechos con el hombre si no son capaces de comenzar a defender las de su mismo género? ¿Y quién defienden a las mujeres abortadas, asesinadas en un aborto? ¡Hay que comenzar a ser coherentes con lo que decimos señora Blanco.!

Por otro lado pienso que el valor de una mujer no lo determina la nómina en que pueda figurar, el salario que pueda devengar, no lo enmarca el ámbito social en el que logre moverse ni las posiciones sociales o políticas que pueda alcanzar.  El valor de una mujer está en la realización plena y sencilla de su humanidad, en actuar en libertad, conforme a la grandeza de ser hija de Dios.

Cuando he estado leyendo las noticias que nos ventilan ante el mundo entero como mujeres puertorriqueñas “valientes, decididas, en pie de lucha”, recordaba cuando una mujer de entre la gente dijo a Jesús: “Dichoso el vientre que te llevó y los pechos que te criaron”, Jesús corrigió: “Mejor, ¡Dichosos los que escuchan la Palabra de Dios y la cumplen! (Lc 11, 27 28).  Bendita corrección que sacó a María y con ella a todas las mujeres, del ámbito de la naturaleza y de la “función”, para pasarla al de la persona, es decir, a su verdadera dignidad que no le viene a la mujer por su capacidad de engendrar y parir, sino por la responsabilidad para dar una respuesta libre.

Con sus expresiones, señora Blanco, usted evidencia que se siente como una “desterrada hija de Eva”.  Está radicalizando su postura y corriendo el riesgo de convertirse en una feminista avinagrada con alardes de que puede sobrepasar al hombre.  Con su postura no consigue más que lamentaciones estériles que no conducen a ninguna parte.  Me demuestra usted que es una de esas profesionales tensionadas que entran con agresividad en el terreno de la competitividad para conseguir el poder.

No podemos convertirnos en mujeres culpabilizadas por no tener un trabajo mejor remunerado, por no alcanzar mejores posiciones dentro de una empresa.  Tenemos que cuidarnos mucho de fijar la mirada solo en lo que no hemos alcanzado aún, porque corremos el peligro de atrofiar la mirada y no ser capaces de descubrir todo lo que existe de calidad humana en las vidas de tantas mujeres; desde los cientos de amas de casa que arrastran el carrito de la compra y que llevan sobre sus espaldas el peso de la familia y la educación de los hijos, de tantas madres solteras que tenemos en este país, hasta las que, desde el campo de la teología intentan crear un lenguaje nuevo que nos recuerde a todos que “Dios no tiene sólo hijos varones…”

Corre usted el riesgo de ignorar a las mujeres que llevan trabajando desde los 9 o los 11 años y no han podido ir nunca a la escuela y que ahora, a sus 40 años o más, empiezan un nuevo aprendizaje, acuden a centros educativos o centros culturales, descubren lo que es tener amigas, comunicarse, ser creativas y cuántas cosas pueden hacer con unas manos que hasta ese momento, parecía que sólo estaban hechas para quitar suciedad y capaces de pronunciar una palabra que hasta ahora no escuchaba nadie.

Estas mujeres, no son mejores ni peores que usted.  Estas mujeres, todas, desde la que está tirada en una acera mendigando el pan que habrá de llevar a unos hijos, hasta ejecutivas como usted, elegantes, que se encuentran detrás de un escritorio organizando marchas, paros y manifestaciones “reclamando los derechos de la mujer”; todas somos hijas de un mismo Dios, dignas no por nosotras mismas, sino por el inmenso amor con que hemos sido creadas.

La invito a que eche una mirada a las mujeres que deciden comprometerse en las esferas culturales, políticas, sociales y/o públicas de nuestro país pero que son capaces de dejar atrás el modelo de “mujer bonsai”.  No se fije tanto en la víctima del alcalde de Guaynabo, que muy bien que ha sabido denunciar lo que para ella ha sido una violación a sus derechos, y fíjese más bien en que por estar tomando posturas mal llamadas de solidaridad con ella, no se han tomado la molestia de ni siquiera mencionar que este país se encuentra de luto precisamente esta semana por la pérdida de tres grandes mujeres:  Miriam Colón, Brunilda García e Iris Martínez.  Tres mujeres que defendieron su género de la mejor forma; siendo fieles a su identidad más profunda, mujeres que pusieron el nombre de Puerto Rico en alto procurando ser lo mejor en sus competencias, siendo coherentes con sus convicciones y dando testimonio de lealtad y amor por Puerto Rico. 

El nombre de ninguna de ellas apareció en las pancartas de las manifestantes de hoy, ni el de mujeres como Julia de Burgos, Sor Isolina Ferré, Nilita Vientós, Ana Roqué, Concha Meléndez, Ana G. Méndez, mujeres puertorriqueñas que nos hacen sentir orgullosas por sus grandes aportaciones.  ¿Por qué no “aprovechar”  estos espacios para resaltar nuestra imagen y no acentuar las carencias? De ninguna de estas grandes mujeres se habla porque no interesa, lo que se promueve es la lamentación, la queja y exigencia ofensiva para que nos miren con pena o miedo porque somos capaces de pararnos en medio de una autopista a gritar y paralizar el libre acceso. Me da mucha pena esta gesta tan humillante. 


Ojalá las mujeres puertorriqueñas tengamos el valor de ser como María, a ser “árbol de mostaza”, que tuvo fe en sí misma.  María, la Mujer más digna entre todas las mujeres, grande porque fue la Madre de Dios, pero más grande aún porque no tuvo necesidad de gritar, ni exigir, sino que optando por ver más allá de sí misma para dar vida a otros y en completa y total libertad dio un giro radical y definitivo que marcó nuestra historia.

9 de abril de 2016

Tercera aparición...

Siempre me emociona el sentirme mirada por Él, conocida por Él, acogida perdonada e invitada a seguirle.

Esta Palabra ha sido una vez más ocasión de encuentro conmigo misma, con Él y con los demás.  Y es maravilloso cuando mi oración personal trasciende y se hace vida con mi comunidad, con los míos, con aquellos que vibran como yo al acercarnos al gran Misterio.  Nada más cierto que lo que compartimos el domingo pasado con Tomás…los encuentros con el Resucitado se hacen palpables y reales cuando estamos en comunidad.  Y siempre es más rico.

Y cuando nos acercamos a Su Palabra, es como tocar un pedacito de Su Resurrección, es degustar la Alegría de la Esperanza…avistar una historia nueva.

Este Evangelio tiene muchísimos signos y matices.  Desde la primera oración del Evangelio…. Jesús se apareció otra vez…”

Otra vez y siempre…Su deseo de acompañarme, de acercarse, a pesar de que en ocasiones no le busco, de que le olvido entre “mis” cosas y otras ni siquiera intuyo su presencia.  Pero su deseo de estar en mi historia  es siempre más fuerte que mi desdén.

“Muchachos, ¿tienen pescado?  Echen la red a la derecha de la barca y encontrarán.”
Se aparece una y otra vez ahí en medio de mi rutina, de mis asuntos.  Su preocupación por lo que me pasa, por lo que necesito se traduce en Presencia dulce, sosegada y lejos de posturas protagónicas.

Y en ocasiones, me pasa como a Juan, que en medio de una dificultad o de una tristeza grande, le descubro, le veo, le siento y es cuando recuerdo que en realidad, nunca se ha ido, siempre ha estado. Y su Presencia es tan intensa, tan única que no puede confundirse con otra cosa. “Es el Señor.”

Y es entonces que vuelve a arderme el corazón, porque al sentirme mirada y reconocida, es que soy capaz de reconocerle, de mirarle, de abrir el corazón y  dejarme amar.

“Al saltar a tierra, ven unas brasas con un pescado puesto encima y pan”. 
La mesa está puesta; siempre lo está. Y tengo que reconocer con profundo dolor que no son pocas las veces que no llego a la fiesta.  Me presento al lugar del banquete, soy puntual, estoy atenta y dispuesta; pero a veces me ha vencido la sequedad del corazón. 

“Jesús les dice: Traed de los peces que acabáis de coger.”
¡De eso se trata!  Olvido que tengo acercarme a la mesa en actitud de gratuidad. Tengo que llevarle todo lo recibido, todo lo logrado porque todo es pura Misericordia, todo me ha sido dado y tengo que llevar mis pescados a la mesa para poder compartir Su pescado y Su pan.  No puedo llevar mis manos vacías al festejo. Y ahí está Jesús, preparando la mesa, el almuerzo y me invita; a estar con Él…

El Evangelio dice que después que comieron Jesús le preguntó tres veces a Simón Pedro si lo quería.  No sería una locura pensar que en cierto modo quería recordarle a Pedro las tres veces que lo negó.  Pienso que a Jesús jamás le movería un sentimiento mezquino; pero tampoco creo que fue una casualidad el número tres.  Es un signo de insistencia, de perseverancia, de confirmación.

He sido capaz de negarle, como Pedro, en medio del miedo, de la inseguridad.  He sido cobarde y le he dado la espalda.  Pero Él insiste, una, dos, tres veces (y muchísimas más) porque me conoce, y sabe que la Presencia de Jesús Resucitado me provoca seguridad, confianza, amor.  

El Evangelio menciona que esta aparición de Jesús fue la tercera.  ¡Otra vez el número tres! 

El Resucitado no se limita a aparecer tres veces.  Se me seguirá apareciendo siempre, para recordarme que está caminando a mi lado, que no se ha ido, que su Presencia es más fuerte que nunca, que me ama profundamente; a pesar de que yo sea capaz de olvidarlo, de no reconocerle o serle fiel. Se me acerca en cada hermano que comparte su Palabra conmigo, en mi comunidad, en mi familia, amigos.  Y sobre todo, en el dolor, el sufrimiento y la indiferencia.

Cuánto quisiera que mi pueblo pudiera reconocerle en medio de la crisis que estamos viviendo.  Que pudiera darse cuenta de que Él nos conoce, y que quiere que le miremos, que le dejemos acercarse.  Si fuéramos capaces de darle un lugar en nuestras decisiones, en nuestra historia las cosas fueran diferentes, no tendríamos olor a Viernes Santo, sino a Resurrección.  Mi pueblo necesita ir a la orilla de la playa y llevar sus peces, es el momento de que todos pongamos lo mejor de nosotros para compartirlo con los demás. Es momento de dejarnos mirar y amar.

“Dicho esto, añadió: Sígueme.”

­¿Y qué otra cosa podría hacer?