21 de octubre de 2013

19 de octubre 2013, Día de las Misiones en Jimaní

Faltan diez para las seis.  La tarde va envolviéndonos en un sopor denso y pesado.  A lo lejos, algunas nubes se van acercando.  Tal vez han percibido el cansancio que nos va provocando el calor, pero lo hacen muy tímidamente.   Llegamos a Boca de Cachón, una de las comunidades que atiende la Comunidad de Misioneros Claretianos de  Jimaní.

Nos colocamos en el gazebo que precede la entrada principal de la capilla.  Allí, la brisa nos va sorprendiendo de cuando en cuando, como cuando un niño se nos esconde tras un árbol y juega a asustarnos.  Comienza a llegar la gente, poco a poco, a modo de procesión.  Algunos llegan desde sus conucos, cargando con el cansancio de un largo día de faena, de tostar café, de llevar a pastar a sus vacas o de recoger la cosecha.  A otros, la piel oscurecida por el sol, les delata su día de venta en el mercado, día de lucha por vender sus plátanos, sus guineos o su café.  Algunas mujeres han llegado muy risueñas y olor a recién bañadas, evidenciando su preocupación y esmero por llegar bien presentadas a misa.  ¡Cuánta vida se percibe por doquier !

La gente nos va saludando con verdadera alegría y más cuando perciben rostros nuevos.  “Los de afuera siempre llegan con cosas buenas y más cuando te los encuentras en la Iglesia porque quiere decir que son misioneros”.  Así me ha dicho una anciana mientras me abrazaba como quien abraza a una hija muy querida.

Ya ha llegado el párroco, quien ha llegado como todos, muy contento y animado a celebrarnos la eucaristía.  Se detiene a saludar uno a uno hasta saludar a todos.  Entramos a la capilla.  Todo ha comenzado a quedarse en penumbras porque el sol ha decidido retirarse a descansar un rato.  Se encienden dos velas que sólo logran indicarnos las dos puntas extremas del mantel que cubre el altar y que amenazan con enredarse entre el pábilo y el vaso que acoge a la vela; pero su luz es tan pobre que no logran más que indicarnos su presencia.

No puedo distinguir al P. Juventino pero su voz comienza a escucharse perfectamente.  No ha hecho falta un micrófono ni un foco que le alumbre para que el bullicio que provocan los niños que van saltando de un lado al otro de la capilla, el saludo que se van dando los que van llegando a los ya presentes y los jóvenes que se cuentan sus cosas, se silencien.  Su voz ha ido envolviéndonos a todos en una palabra silente, no pasiva, sino muy activa.  Todos escuchan, todos atienden, todos se alegran y van saboreando una a una las palabras que nos va compartiendo y que nos van llenando de vida.

Nos ha hecho un gran y hermoso anuncio.  ¡Hoy celebramos el Día de las Misiones!  Y la gente lo recuerda y lo expresa con gran alegría…

¡Día de las Misiones! Sí, es un gran día…en que la Iglesia me recuerda mi vocación misionera desde mi compromiso bautismal.  Día en que se me invita a detenerme, a examinarme y ver si mi vida la estoy viviendo en clave misionera, si en realidad soy  consciente de esa gran responsabilidad.  Si soy capaz de darme cuenta de que mi fe ha sido fruto del servicio misionero de tantos que me han precedido, y que no hay otro modo de agradecer tanto bien sino es haciendo yo lo mismo con otros…

El P. Juventino nos ha compartido una catequesis tan sencilla y hermosa con toda la profundidad que es capaz de hacer solo un gran misionero.  ¡ Qué bendición haber estado ahí, en esos momentos, compartiendo esas palabras, en medio de una comunidad que vibra agradecida a Dios por la presencia de un Misionero Claretiano entre ellos!

Y qué dicha poder contar entre nosotros con un matrimonio que acaba de llegar desde España a sumarse al equipo misionero claretiano de Jimaní.  Un matrimonio constituido por Ana, quien es doctora pediátrica y Mikel, ingeniero industrial quienes han descubierto su gran vocación al servicio,  en la vida misionera.  Un matrimonio que ciertamente viene a ayudar a dar a conocer, servir y a amar a Jesucristo al estilo de Claret a través de su testimonio de vida.

Se acrecienta el calor dentro de la capilla y ya no sé si es la fuerte humedad o el fuego abrasador que voy sintiendo lo que me hace sentir sofocada pero inmensamente feliz.  La gente sigue cantando, orando, alabando y celebrando con gozo la gran fiesta de la eucaristía.  De repente, una leve llovizna sobre el techo de zinc obliga al P Juventino a levantar la voz.  Comienzan los mosquitos a dejarse sentir con sus insistentes y agudas picaduras que van provocando picor y ronchas.  Comienzo a abanicarme con el abanico de mi madre que me he traído de casa para defenderme un poco de los mosquitos.

Lo del agua ha sido solo un ensayo; la lluvia se ha disipado en unos minutos y el calor ha regresado con mayor intensidad.  Pero la gente sigue contenta y yo también.

Hoy, día mundial de las misiones ha sido un gran día de fiesta, de alegría.  Y mientras voy agitando el abanico, voy dando gracias a Dios por tantos y tantos buenos misioneros que nos han precedido, por los que nos acompañan hoy,  por los que han sido nuestros maestros, nuestros guías, nuestros consejeros, nuestros amigos, nuestros hermanos. 

Le agradezco por los que han dejado padre, madre, familia, amigos, patria, casa, como dice la Palabra, por anunciar el Reino.  Pero muchos más por tantos que han dejado mucho más que eso.  Por esos que han sabido optar con radicalidad, que han dejado sueños, proyectos, fama, carreras, profesiones, comodidades, éxitos, bienestar, afectos…Tantas renuncias, todas profundas, fuertes y hasta dolorosas, todo por Amor, por pasión por la humanidad, por la inquietante y misteriosa vocación de Servir a Dios a través de los hermanos. 

También doy gracias a Dios por tantos laicos misioneros que el Señor me ha dado el privilegio de conocer, de acompañar y de ser testigo de su vocación misionera, de su entrega, de su amor y fidelidad; Jafet, Mary Helen, Myrna, Lilliam, Yesenia, Rut, Jhonny, Lumir, Carmen, Yoselín, Sebastián y ahora Ana y Mikel.  Por todos ellos doy gracias a Dios y para todos pido grandes bendiciones.

Ciertamente hoy me sentí conmovida al escuchar hablar al P Juventino y agradecí a Dios la ausencia de luz porque pude esconder las lágrimas.  Una vez más agradecí a Dios el don de la fe, el don del carisma claretiano, el haberme regalado la bendición de pertenecer a esta hermosa familia misionera y al Movimiento de Seglares Claretianos y en especial por haberme dado como hermanos a los Misioneros Claretianos, quienes con su testimonio de vida me edifican y animan a vivir mi vida en clave misionera y claretiana.  Gracias Señor por la vida de todos y cada uno de ellos, bendícelos y cuídalos siempre…


Gracias por haberme dado la dicha de celebrar este año el Día de las Misiones, aquí en la frontera dominico haitiana, en Boca de Cachón, en tierra árida, seca, sedienta, pero de Ti y de Tu Palabra y con un inmenso corazón que acoge con generosidad al equipo misionero claretiano de Jimaní.