25 de junio de 2020

A los 102 de mi cuarentena...

Me siento a escribir solo un poco ya que no puedo abusar que me he sentido mejor hoy.  Ayer no abrí la computadora en todo el día, descansé y tomé medicamentos; y pude dormir bien, gracias a Dios.  Hoy, sí trabajé, pero tomando descansos cada media hora.  No hay otra manera de aliviar los espasmos musculares que no sea descansando y no permanecer en la misma postura mucho rato. Y bueno, por eso no escribí anoche y hoy lo haré, pero quiero ser breve para no abusar.

Esta noche recordaba el evangelio que habla sobre “el que escucha estas palabras mías y las pone en práctica se parece a aquel hombre prudente que edificó su casa sobre roca…”.  

Pensaba en la homilía de la misa de esta tarde y también, que escribí sobre la casa en una ocasión por aquí, en este Blog.  El término “casa” me gusta mucho.  Y esta lectura tiene mucha enjundia.  Coincido perfectamente con el Padre en la reflexión que hizo sobre esta Palabra hoy.  Y me pareció bien interesante cuando decía, que contrario a sentirnos en casa, es sentirnos divididos, fragmentados.  Y que, cuando estamos atados a nuestros apegos, a las vanidades, a nuestros egoísmos, es cuando estamos fuera de “casa”, o sea, dejamos afuera la presencia de Jesús, que es quien quiere construir la casa, pero, con nosotros.

La casa es ese lugar donde nos sentimos a gusto, libres, cómodos.  Estar en casa, es sentirse una protegida, abrigada, segura. Es ese espacio donde somos auténticos, sin disfraces, sin dobleces. Donde se produce el encuentro cara a cara con Él, sin prejuicios, sin culpas, sin reclamos.  La casa es serenidad, paz, porque no estamos solos en ella, porque la casa está Habitada.

La casa es un símbolo muy hermoso y también muy fuerte.  Es el lugar de la intimidad, nuestro espacio sagrado.  Somos muy cuidadosos de invitar a personas a nuestra casa.  No invitamos a cualquiera.  Porque en nuestra casa, no tenemos inhibiciones, restricciones.  Somos quienes somos, como somos y existe coherencia de vida, cuando está centrada en Él.

El que vive de apariencias, el que lleva doble vida, el que se encuentra dividido, ese, ha edificado su casa sobre arena.  En la primera tormenta, quedará desvanecida, desaparecerá.  En realidad, no se ha edificado una casa…sino una “estructura”, una fachada, de la que ciertamente no es de la que habla la Palabra.  No se trata de esa casa.  Se trata de mi vida. 

Cuando fui por primera vez a Tierra Santa, compré una “Mezuzá”.  Esto es un rollo de pergamino donde están escritos los versículos de dos partes del Deuteronomio, uno de los cinco Libros que conforman la Torá del pueblo judío.  La Mezuzá es albergada en una caja, generalmente cilíndrica, que puede tener muchos tamaños y decoraciones y se coloca en la parte derecha de las puertas de la casa.  Incluso, la mayoría de las familias judías, además de colocarla en la puerta de entrada principal, la colocan en todas las puertas del interior de la casa, a excepción de la del baño.

El objetivo de la Mezuzá, es que los habitantes de la casa recuerden a Dios al entrar y salir de la vivienda. Desde la Edad Media, se tomó como costumbre tocar con la mano la Mezuzá al entrar y salir de la casa, pudiéndose recitar lo siguiente: “Dios cuidará mi salida y mi retorno ahora y por siempre”. (los que vieron la serie Shitsel, pudieron darse cuenta de esta costumbre).

Hoy día, existe una gran preocupación por los judíos religiosos, porque se encuentran en que, algunos judós tienen una falsa noción de que la Mezuzá es el cilindro o receptáculo en vez del pergamino que se encuentra dentro. Esto se debe, a que siempre que una persona ve o piensa en la Mezuzá, tiene en mente la caja que lo contiene, dado que el pergamino en su interior permanece invisible para la gran mayoría de la gente.  Y cuando vas a Jerusalén te encuentras con una inmensa variedad de cilindros, para todos los gustos y presupuestos.  Desde plásticos, hasta de oro macizo.

Y por otro lado, desafortunadamente, por ignorancia, muchos hogares judíos exhiben en los marcos de sus puertas estuches muy ornamentales y decorativos, los cuales contienen pergaminos inválidos (porque no están escritos correctamente los versículos) en el mejor de los casos, o están ¡vacíos! La profundidad intrínseca del judaísmo ha sido desmantelada, dejando nada más que una fachada exterior.

Pienso que esto se puede aplicar perfectamente a la lectura de hoy. “El que escucha estas palabras mías y no las pone en práctica se parece a aquel hombre necio que edificó su casa sobre arena”. Podemos escuchar el Evangelio, podemos tener una Biblia bien bonita en nuestra casa, pero, si no damos testimonio con nuestra vida, si no seguimos a Jesús…seremos como los judíos que ponen un cilindro en la puerta de su casa, bien bonito, inclusive en oro de 14 kilates, pero vacío por dentro.

Bueno…ya me voy, pero antes, les dejo por aquí lo que contiene la Mezuzá (traducción al español) para aquellos que tengan curiosidad de saber:

"Escucha, oh Israel, el Señor es nuestro Dios, el Señor es Uno.  Bendito sea Su Nombre de Gloria de Su reinado por siempre. 

Y amarás al Señor, tu Dios, con todo tu corazón, y con toda tu alma, y con todos tus recursos. Y estas palabras que yo te ordeno hoy estarán sobre tu corazón. Y las enseñarás a tus hijos, y hablarás de ellas cuando estés en tu casa y cuando andes por el camino; cuando te acuestes y cuando te levantes. Y las amarrarás como señal sobre tu brazo y serán un adorno entre tus ojos. Y las escribirás sobre los marcos de tus puertas y de tus portones.

Y será que si vas a escuchar mis Preceptos que Yo te ordeno hoy, de amar al Señor, tu Dios, y de servirlo con todos tus corazones y todas tus almas. Y daré lluvia a tus tierras en el tiempo apropiado, la primera y la última lluvia, y vas a recoger tu grano, tu vino y tu aceite y Yo te voy a proveer de pasto en tu campo para tu ganado, y comerás y estarás satisfecho. Cuídense de no dejar que sus corazones sean seducidos y echados a perder y sirvan a otros dioses y se prosternen ante ellos. Y la ira del Señor caerá sobre ustedes y va a retener el cielo y no habrá lluvia, y la tierra no producirá su fruto y pronto serán expulsados de la buena tierra que el Señor les da. Y pondrán estas palabras Mías en sus corazones y en sus almas, y las amarrarán como señal en sus brazos y serán ornamentos entre sus ojos. Y las enseñarán a sus hijos y hablarán de ellos, cuando estés en tu casa y cuando andes por el camino, cuando te acuestes y cuando te levantes. Y las escribirás en los marcos de tus puertas y en tus portones, para que se alarguen tus días y los días de tus hijos sobre la buena tierra que el Señor juró darles a tus padres, como los días del cielo sobre la tierra."

Nota:

Una Mezuzá debe ser escrita a mano sobre un pergamino genuino, preparado de la piel de un animal kashér. Un escriba entrenado especialmente para esta labor, llamado en hebreo "sofer", escribe cuidadosamente las palabras, utilizando una tinta negra especial y una pluma de ave. Las letras deben ser formadas según los requisitos de la "Halajá" (Ley Judía) y cada letra y palabra debe ser escrita correctamente, sin equivocaciones. Un error ó una letra que falte invalida todo el pergamino. 

Es imposible saber si una Mezuzá es "Kashér" sólo mirándola, dado que parte de su validez depende del escriba mismo que la escribió. Por lo cual se debe tener el cuidado de comprar una Mezuzá,  solo de una persona temerosa de Dios.

Un pergamino de una Mezuzá se ve así:


23 de junio de 2020

100 días de cuarentena...

El pasado 16 de marzo inició en Puerto Rico una cuarentena por la llegada al país del COVID 19.  Esa noche, me senté frente a mi computadora y escribí en este Blog un artículo que llamé, “Toque de queda”.  En esos momentos, jamás me pasó por la mente, que ese período de confinamiento se extendería hasta llegar hoy al día número 100.

Hoy ya llevamos 100 días viviendo bajo la amenaza de un mortal virus, otro estilo de vida, otras maneras de convivencia, con muchas limitaciones que han venido a confirmar nuestra condición de criaturas.  Cien días que se han vivido con muchas incertidumbres, dificultades, tensiones.  Días en que muchos han perdido su empleo, otros han sufrido la pérdida de un ser querido, pero en donde todos hemos aprendido.

Aprendimos a vivir más tiempo en casa.  A valorar más la familia.  A agradecer el valor de la amistad, la maravilla de la comunidad.  Aprendimos a saborear las comidas hechas en casa.  Aprendimos a vivir con mayor sencillez y desprendimiento.  A ser más solidarios y pacientes.  Aprendimos a desapegarnos de lo que no es realmente importante. Aprendimos muchísimas cosas, todos.  Ojalá hayamos aprendido a aprender…porque de eso se trata la vida, de un constante aprendizaje. 

Como ya he mencionado en alguna ocasión por aquí; me gusta mucho leer.  Y leo de varios temas, no me limito a una materia en particular.  Pero, ciertamente, llevo ya un par de años que me he sentido atraída por conocer y leer biografías o historias de la cultura judía, especialmente de la ultraortodoxa.

Y tal vez, ya lo sepan, pero si no es así, les comparto, que el número 100 está presente todos los días en la vida judía. Hay obligación de pronunciar cien bendiciones todos los días. ¿Se imaginan? ¡100 bendiciones!

La historia detrás de esta norma es muy interesante. Durante el reino del Rey David hubo una época en la cual morían 100 hombres diariamente. Los sabios de aquel entonces instituyeron que se pronunciaran 100 bendiciones todos los días y la epidemia cesó.  Esta norma se mantiene hasta el día de hoy.

Como ya imaginarán, esta tradición me llamó mucho la atención.  El pueblo judío pasó por una epidemia que cobró la vida de cientos de judíos, 100 hombres diariamente.  Y en vez de maldecir o quejarse, decidieron reconocer 100 bendiciones que recibían.  Y las recitaban diariamente, hasta que la epidemia terminó.

Y sí, claro que comencé a preparar ya mi lista.  Creo que es un buen ejercicio, sentarnos un momento a escribir 100 bendiciones que hemos recibido.  Y no estaría nada mal el que lo compartamos con los otros y por supuesto y primero que todo, que lo agradezcamos a Dios.

No sé si con esto se logre alejar la pandemia, pero ciertamente que nos hará muchísimo bien, reconocer con humildad que somos receptores, todos, de muchísimas bendiciones, por las cuales debemos vivir siempre agradecidos.  Estoy segura que no viviremos igual, viviremos mucho mejor.

Rosh Hashaná, que es el Año Nuevo judío en Israel, es uno de los momentos más especiales y significativos del año. Esta celebración generalmente cae durante septiembre o principios de octubre.  El sonido del shofar (cuerno de carnero) es un símbolo icónico de Rosh Hashaná.  

Y este día de Año Nuevo, se escuchan 100 explosiones de shofar en la sinagoga para simbolizar la soberanía de Dios sobre el mundo y recordar a los judíos la entrega de los mandamientos en el monte Sinaí y de la devoción de Abraham e Isaac a Dios.

Como ven, el número 100 es muy importante en la vida del judío.  Hoy, deben ser estos primeros 100 días, igualmente importantes para nosotros.  Lo son para mí.  Ya lo decía ayer.  Estos días han sido de mucho crecimiento espiritual, emocional para mí. 

He estado aislada, confinada, sola, bajo la misma tensión e incertidumbres que todos.  Pero, en medio de lo que pudiera parecer, un panorama desolador; seco y asfixiante como el mismo verano que recién comienza; yo he experimentado una nueva primavera.

Curiosamente, ayer observé en el balcón de mi casa, un pequeño cactus, bien pequeñito, no mide más de 3 pulgadas, que me regaló una vecina hace ya 2 años.  Lo he conservado en el mismo tiesto super pequeñito, viendo cómo día a día se ha negado a morir, pero no ha avanzado para nada.  Mide lo mismo que hace 2 años.  No ha habido ninguna necesidad de trasplantarlo.

Ayer, en un momento que me acerqué a la puerta de cristal del balcón, me percaté de que el cactus ¡ha florecido!  No sabía que ese tipo de cactus echaba flores, y menos uno de su tamaño.  Y decidió florecer un día como ayer, cuando una inmensa y densa nube preñada de partículas de arena, invadían nuestros cielos.  ¡Ha sido una bendición!  

Hoy, al mirar a través de una de las ventanas de mi habitación, descubrí un nido con dos huevos.  No sé de qué pájaro serán.  No habían pájaros en el nido.  ¡Pero es otra bendición!  Porque son signos de la vida, que sigue abriéndose paso, a pesar de los momentos duros, a pesar de los momentos oscuros, a pesar de las incertidumbres, de nuestros miedos.  

La vida no se da por vencida ni podrá ser jamás anulada.  Creo que toda esta reflexión significa otra gran enseñanza para mí.  Son muchísimas las bendiciones que puedo enumerar, no dudo que serán más de 100.  

Mañana, con la ayuda de Dios, prepararé mi lista de las 100 bendiciones. No las preparo hoy mismo porque no puedo, estoy con un fuerte espasmo muscular, que no sé cómo he podido trabajar hoy y escribir en el Blog.  Bueno, en realidad, sí sé, con la ayuda del Espíritu Santo.  ¡Otra gran bendición!

22 de junio de 2020

A los 99 días de mi cuarentena...

Iniciando una nueva semana de junio, regreso por aquí, gracias a una computadora que tengo prestadita.   Sigo trabajando desde casa, en lo que sigo haciendo averiguaciones para adquirir una nueva y a pesar de estar sufriendo hoy un molestoso espasmo muscular.

Hoy, no abrí puertas ni ventanas de mi casa en ningún momento.  Estamos bajo una inmensa y muy densa nube del polvo del Sahara.  Es un fenómeno que no se veía desde hacía más de 50 años en Puerto Rico y es realmente impresionante.  A través de los cristales de mi apartamento no veía nada que no fuera esa inmensa nube gris que iba tragándose montañas, edificios, carreteras, todo lo que encontraba a su paso.

Nunca había visto algo igual.  Ni siquiera el cielo contaminado que vi durante los años que estudié en México, se asemeja a lo que tuvimos el día de hoy.  La experiencia de ese cielo es distinta.  Hoy, daba la impresión de que las cosas se iban perdiendo poco a poco, lentamente bajo ese manto opaco y grisáceo.  

Estuve trabajando en mi habitación todo el día y cuando el espasmo me pedía tomar descansos, me ponía a mirar a través del cristal de las ventanas.  Intentaba dar nombre a las sensaciones que iban despertando en mí esta experiencia, porque me hacían sentir algo rara.  Palpaba una espantosa quietud, que contrastaba con una escena beligerante.  La luz del día se declaraba en duelo con la nube. Intentaba recobrar el lugar que han invadido miles de partículas de arena.

Pensaba, ¿cómo es posible que haya llegado esa inmensa nube hasta aquí, hasta esta pequeña isla en el Mar Caribe? ¡Qué orquestada peregrinación han realizado!  ¡Si hay más de once mil kilómetros entre África y nosotros! (al menos eso me respondió Alexa cuando le pregunté).

La nube siempre sabe a Misterio.  Me recuerda cómo era testigo de los encuentros de Moisés con Dios. “Cuando Moisés entraba en la tienda, la columna de nube bajaba y se quedaba a la entrada de la tienda, mientras el Señor hablaba con Moisés. Cuando el pueblo veía la columna de nube parada a la entrada de la tienda, se levantaba y se prosternaba cada uno a la puerta de su tienda” (Éxodo 33…)

Es como si la nube fuera la forma elegida por el Señor para presentarse, para que le guardase el secreto, de mostrarse o esconderse. Pero había otro misterio en esto.  Mientras bajaba la nube, la gente se mantenía atento al Señor, todo se paralizaba, y había gran expectación.  

Así lo sentí esta tarde.  Siento que estamos en actitud de espera, esperanzada y confiada en que al final, será la Luz la que prevalecerá.  Ciertamente que llevamos varios meses heridos de oscuridades. Y experimentamos el miedo, la incertidumbre, la impotencia; ante esta nueva realidad que nos ha traído el COVID.

Pero también es cierto que hemos descubierto nuevas claridades en nuestra vida.  Hemos aprendido a ser más pacientes, más tolerantes, más sensibles.  Y esta sensibilidad es la que permite darme cuenta hoy, que no me preocupa para nada, ese “nuevo mundo” que tanto hablan por todos lados.  Se habla con cierto temor de una nueva realidad, de una nueva vida. 

A mí no me preocupa para nada, cómo serán las cosas el día de mañana.  No me interesa imaginar siquiera de qué modo serán igual o distintas las cosas, qué prevalecerá, qué cambiará, qué se perderá…eso no es importante.

Lo que sí me preocupa y ocupa a mí, es el poder responderme en quién me he transformado.  ¿Quién seré yo al final de esta etapa?  Porque sí que me he ido transformando durante estos meses de confinamiento.  No soy la misma de hace tres meses atrás.  No pienso, siento ni quiero actuar igual.  Porque no soy la misma.  He experimentado una transformación de la cual quiero hacerme consciente, y vivirla desde el agradecimiento y en actitud responsable.

No puedo dejarme afectar por personas pesimistas que están viendo siempre qué le falta al vaso.  Soy de las del grupo contrario.  Sin dejar de ser solidaria con el dolor que muchos han sufrido por la enfermedad o por la pérdida de seres queridos; a pesar de esto, puedo enumerar muchísimas bendiciones que me ha regalado este tiempo en casa.

He re descubierto el don de los verdaderos amigos y comprendido mejor el valor de la familia.  He experimentado de otra manera la oración, la fraternidad, la comunidad.  

Aunque vivo físicamente sola, lo cual por supuesto, resulta muy duro a veces; he podido privilegiar espacios para conocerme, para encontrarme, para reconciliarme con mis propias oscuridades, para descubrir nuevas maneras de entenderme.  También ha sido un tiempo valioso para leer, para meditar, para orar, rezar. 

Y hablando de rezar…

Ayer domingo, fui por primera vez, luego de tres largos meses, a celebrar la Eucaristía.  Confieso con mucha humildad que no encuentro palabras que hagan justicia a los sentimientos vividos.  Escuché muchas veces a varias personas decir, cuán desesperados estaban por volver a comulgar.  Soy testigo del hambre que decían experimentar por no haber podido comulgar durante este tiempo.  Para ser completamente honesta, no pocas veces me sentí mal conmigo misma por no experimentar yo, esta “desesperación”.  

Me sentía tranquila y en paz haciendo mi comunión espiritual.  No quiero decir que no valore la comunión sacramental, por supuesto que sí, pero nunca me sentí con esa urgencia de volver a comulgar del modo que sé que mucha gente lo siente.  Y por esta “pasiva” experiencia, me sentí mal en muchas ocasiones.

Sin embargo, cuando comulgué ayer, la emoción fue tan grande que no pude dejar de llorar en un buen rato.  Podía escuchar los latidos del corazón y sentí la presencia real de Jesús en cada célula de mi cuerpo.  Fue hermoso, extraordinario, una experiencia de Vida real, al igual que el encuentro con la comunidad.  

Si yo me he sentido así; ¿cómo será cuando ha comulgado esa persona que lleva tiempo expresando su desesperación y urgencia por comulgar?  ¡No puedo ni imaginarlo! Pero no dudo que recordarán como yo, las palabras de Pedro: “qué bien se está aquí”…

Pero, aparecerá nuevamente la nube, que nos recordará que hay que regresar a casa. Hemos vivido horas provisionales, transitorias, improvisadas y lejos de seguridades.  Esto nos ha orillado a encontrarnos de otro modo, estrenando nuevos lenguajes.  Hemos, al menos yo, he aprendido a comunicarme con Él con mayor confianza e intimidad.

Y al rezar en los Laudes, “nos visitará el Sol que nace de lo alto, para iluminar a los que viven en tinieblas y en sombra de muerte, para guiar nuestros pasos por el camino de la paz”, recordaré que a pesar de la oscuridad, en medio de la inmensa nube zahariana, hay una Claridad habitada por la Presencia de mi Amado.

18 de junio de 2020

A los 95 días de mi cuarentena...

A lo largo de los años comenzamos a comprender la verdadera vida que se oculta detrás de la historia que vamos escribiendo. Y aprendemos, que aquello que en un momento dado polarizó nuestra vida, seguramente ha perdido hoy, su protagonismo.  De igual modo, muchos grandes esfuerzos, hoy nos parecen bastante inútiles.

Al mirar atrás vemos hermosos sueños, grandes proyectos, mucha energía empleada, una vida apostada a todo.  Con todo esto, también convivieron la ilusión, la confianza y la certeza de que estábamos haciendo lo que sentíamos debíamos hacer y del mejor modo.

Y vivimos convencidos de que todos los que giraban a nuestro alrededor, le iban tomando el mismo pulso a la vida. Pero, nada más lejos de la verdad.  Cada uno de nosotros tiene su propia y única historia.  Nadie alcanzará a comprender la profundidad de los sentimientos de los otros.  No somos capaces de imaginar siquiera los sacrificios, desvelos y sufrimientos con que hemos intentado vivir una historia que no pocas veces, ha resultado muy pesada.

La buena noticia es que nunca es tarde para reorientar la ruta.  Siempre hay tiempo para comenzar a invertir en un proceso de depuración que nos vaya liberando de nuestros egoísmos y de la búsqueda de la autorrealización.  Un tiempo de desintoxicación, de purificación…

Es tiempo de comprender que las fidelidades no han sido nunca valoradas.  Y sucede, porque así es la vida.  Nadie está exento de experimentar sentimientos de ingratitud.  Como tampoco nadie debe esperar lo contrario.  Cuando lo que ha movido nuestro accionar, es el Amor; no hay lugar para el arrepentimiento, ni para victimizarnos.

Se presenta la ocasión de mirar a nuestro alrededor con otros ojos, de hacer nuevas interpretaciones y de sacar lo mejor de nosotros y volver a ofrecerlo, y volver a donarnos.  Porque seremos siempre fieles a nosotros mismos, a nuestras convicciones más profundas, a nuestras opciones de vida…a nuestro corazón.  No podemos traicionarnos, ni podemos claudicar.  Dejaríamos de ser nosotros mismos.

Lo bueno de tener más pasado que futuro, es que aprendemos a tener una mirada más benévola sobre nuestras debilidades y las ajenas.  Tenemos una amplitud de perspectivas, una intuición desarrollada y una sana autoestima que nos recuerda aquel dicho popular:  “Tal vez para el mundo, solo eres alguien, pero quizás para Alguien, seas su mundo”.

17 de junio de 2020

A los 94 días de mi cuarentena...

Miércoles…vamos a mitad de semana…a mitad de camino.

Así me siento, a mitad de camino; intentando ver este presente como una posibilidad, intentando liberarme de la parte oscura de los pasados meses; ensayando nuevas formas, nuevos modos, nueva vida.

Hoy estuve en mi oficina.  A raíz del COVID, he estado trabajando desde mi casa, pero hoy estuve allá, porque tenía una reunión importante en la mañana.  Confieso que estrené sensaciones algo confusas.

El camino de mi casa hasta la oficina tiene unos tramos donde hay una vegetación exuberante y muy bonita. En algunos meses del año, los árboles se van desvistiendo hasta quedar completamente desnudos y aun así, se ven bonitos.  Pero en este tiempo están forraditos, espléndidos y es una terapia el solo observarlos bailar al compás del viento.  Hoy, les sentí diferente.  Tal pareciera que también andan estrenando sensaciones…

Al llegar a la oficina me sentí extraña. Debo aceptar que había algo dentro de mí que no quería estar allí. Experimenté cierta resistencia, confusión, temor.  Entonces, tuve completa conciencia de que estas nuevas sensaciones las están experimentando muchos, alrededor del mundo. Y comprendí que estamos a mitad de camino.  

Toda la teoría que he estado escuchando durante las últimas semanas, me sonaron hoy totalmente desencarnadas.  Pensaba que el llevar una mascarilla, el mantener la distancia y procurar no tocar nada me garantizarían tranquilidad y libertad.  Pero no fue así.  Ninguno de los cuidados que tuve me parecieron suficientes, y probablemente sí lo fueron.  Pero no se trata del mundo exterior.  Se trata de uno.

Han sido largos días de encierro y de un discurso constante y progresivo que se ha ido colando por cada célula del cuerpo.  “Mantener distancia”, “no salir”, “no tocar”, “no abrazar”, “lavar manos”, “desinfectar”, PARAR….Y de repente, “regresar”, “cuidarse”, “acostumbrarse”..REINICIAR.

¡Y no somos máquinas!  Y pretenden un día apretar un botón y ponernos en PAUSA y otro día, darnos “PLAY”.  Y listo…y no, no es, no fue ni nunca será así.  Somos personas.  Personas que sufrimos la gran tentación de desentendernos de construir un futuro, porque no lo vemos claro, porque no nos sentimos en control de nada.  

Somos personas que nos hacemos fuerza para superar día a día las incertidumbres y constante tensión a las que estamos expuestos. Pero, además es cierto, que frente a toda esta ansiedad, ante el temor por lo desconocido, surge también la confianza de poner toda nuestra vida en el Hueco de Sus Manos.

Y el “No tengan miedo” resuena hoy con más fuerza.  Y es con la Palabra como podremos vencer el miedo.  Es a través de ella que lograremos superar las fracturas emocionales que nos han estado afectando a todos.  Es Su Palabra la que me testimonia el inmenso amor del que soy objeto.  ¡Si hasta conoce el total de mis cabellos!  

Su Palabra nos invita a despojarnos de todo.  A vestirnos de transparencias, donde podamos exponernos sin defensas, sin pudores, sin falsos orgullos.  Donde solo haya lugar para la autenticidad, para la humildad, para aprender a dejarnos amar con la misma pasión que amamos.  

Se vale sentir miedo, se vale tropezar, se vale equivocarnos. Lo que no se vale es no confiar en Él, que va también a mitad de camino, porque no se nos adelanta, está a nuestro lado, entiende y respeta nuestros ritmos.  Conoce de procesos, conoce de personas, de debilidad y fragilidad.

Mañana tendré que regresar a la oficina.  Sé que volveré a sentir aprensión, intranquilidad…Tocará seguir ensayando, poco a poco, sin prisa, sin presiones.  Me tendré paciencia porque Él me la tiene. Y me volveré a repetir hasta el cansancio:  “No tengas miedo, Yo estoy contigo”.

15 de junio de 2020

A los 92 días de mi cuarentena...

Iniciando la tercera semana de junio y regresando a escribir por aquí.  He encontrado una solución temporera a mi computadora dañada, en lo que puedo llevarla a reparar, al menos puedo escribir esta noche. (no sé de mañana).

Los pasados días han sido algo complicados y ciertamente, he extrañado mucho este Blog.  Se me ha hecho ya costumbre, escribir en las noches.  Es una manera de canalizar mis ideas, mis pensamientos, sentimientos…Además, es el modo también de sentirme entrelazada, en comunión con otros. 

Sé que no tengo una vida “interesante”. No me pasan cosas ni extraordinarias, ni importantes.  Me pasa lo que le pasa a todo el mundo; experimento más o menos lo que la mayoría experimenta, tengo mis mejores y no tan buenos días, como todo el mundo.  Soy consciente de eso, pero desde mi vida “ordinaria”, intento rescatar pedacitos de bondad que he recibido de mi Padre.  Y desde ahí, intento dar lo mejor de mí a los demás.

En estos días, he visto con mayor claridad, lo fácil que se puede perder todo en la vida.  Se puede perder dinero, un buen trabajo, privilegios, comodidades, amigos, en los que confiábamos ciegamente, bienestar, salud… todo, podemos perder absolutamente todo.  Todo, menos la Esperanza.  

La Esperanza es lo más valioso de nuestra vida.  Ella nos levanta siempre, incluso cuando sentimos que nos quedan pocas fuerzas.  Es inspiración, motivación para vivir y aprender, especialmente cuando la vida puede mostrarnos el rostro de la decepción, el rostro de la incertidumbre, de la tristeza.  

Pero, siempre hay que esperar la llegada de los tiempos de la “goma abajo”.  Sin olvidar que la goma siempre da vueltas, hoy pudiera estar abajo, pero si no nos detenemos, seguirá rodando y volverá a estar arriba. Doy fe de ello.

En la vida, debemos esperar los problemas, las adversidades, los conflictos.  Nos guste o no, vienen en el paquete.  Nadie está libre de ellos.   Pero eso no significa que haya que perder la esperanza.  Y hay momentos que tocará levantarse, mirar de frente las dificultades y aclararle que no podrá contra nosotros, que no serán más fuertes que nosotros, porque estamos revestidos de Esperanza.

Leí en una ocasión que una persona puede vivir cuarenta días sin alimento, cuatro días sin agua, cuatro minutos sin aire, pero solamente cuatro segundos sin esperanza.  No sé si esto es verdad, pero no me extrañaría que fuera literalmente cierto.  

Cuando salimos con mi mamá, de la oficina médica el pasado jueves, llevábamos en las manos muchos papeles, placas, laboratorios, estudios.  También salimos con muchas incertidumbres, desánimo y tristeza.  El doctor evaluó, habló, explicó, orientó…al final pude ver en sus ojos y palpar en sus palabras que había una fuerza interior que le movía a animarnos, que le obligaba a ser solidario, cercano, humano.  Y era la Esperanza.  Tiene un enorme deseo de transmitirnos su esperanza y alimentar la nuestra para no dejarnos decaer y confiar que solamente esperanzados podremos librar la batalla que nos espera.

La Esperanza es bien poderosa, nos hace salir hacia adelante cuando vivimos momentos duros, nos da razones para soñar con un futuro y nos capacita para enfrentar el desánimo, el dolor de la traición, la impotencia ante las injusticias.

A veces, podemos pensar que nuestro viaje ya va llegando a su destino final.  Sentir que ya nos hemos desgastado, que hemos consumido todas nuestras fuerzas, agotado toda nuestra energía y que es momento de silenciarnos.  Es una gran tentación a la que estamos expuestos cuando tenemos “la goma abajo”.  

Y es precisamente, la Esperanza, la que nos recuerda que no llevamos nosotros el cronómetro de la vida.  El proyecto de Dios, su obra creadora, no acaba nunca en mí.  Y cuando tal vez se piensa que no se tiene nada nuevo que ofrecer, el Señor te desborda el corazón y te insufla Esperanza.  Porque así es Él, así me ama.

11 de junio de 2020

A los 88 días de mi cuarentena...

Todos los acontecimientos importantes de la vida, requieren de una preparación.  Nos preparamos para el nacimiento de los hijos, desde los cuidados pre-natales para la madre gestante, hasta el primer paquete de pañales que compraremos eventualmente.

Nos preparamos para su bautismo desde las clases pre-bautismales para celebrar el Rito del Sacramento, la elección de los padrinos, hasta la ropita que le pondremos ese día a nuestro hijo.

Los que deciden casarse, regularmente comienzan la preparación para ese gran día, con un tiempo considerable. Clases pre-matrimoniales, charlas, talleres, organizamos nuestras finanzas, y vamos atendiendo un sinfín de detalles.  Elegimos la fecha.  Acordamos el tipo de celebración que queremos hacer, de día, de noche, con un sencillo ágape o con una gran fiesta.  Seleccionamos los alimentos que ofreceremos, el bizcocho, los adornos de las mesas, brindis, decoración, música, sala de fiestas, invitados, etc. 

Son muchísimos los detalles que vamos preparando; con tiempo, con esmero, con ilusión.  Porque estamos conscientes de que será un acontecimiento sumamente importante, único, irrepetible de nuestra vida.  

"Prepárate para subir mañana temprano al monte Sinaí, ahí esperarás en la cumbre. Pero que ninguno suba contigo, ni aparezca nadie en todo el monte: ni siquiera oveja ni buey paste en los alrededores.»"  Exodo, 34, 2-3

Estos versículos son los que aparecen en la Biblia, previo a la subida de Moisés al Monte Sinaí, donde recibió las tablas de los diez mandamientos.  Uno de los grandes acontecimientos que se encuentran en la Biblia.

"Prepárate para subir mañana temprano al monte Sinaí”…
Los acontecimientos importantes nos exigen siempre preparativos…

“ahí esperarás en la cumbre”
Los acontecimientos importantes nos exigen paciencia…en ninguna parte de la Biblia dice cuánto tiempo esperó Moisés por el Señor.

“Pero que ninguno suba contigo, ni aparezca nadie en todo el monte: ni siquiera oveja ni buey paste en los alrededores.»
Los acontecimientos importantes exigen la totalidad de nuestra persona. Nadie puede sustituirnos, somos los únicos y últimos responsables de prepararnos para todos y cada uno de los acontecimientos de nuestra vida.

Esto es una de las muchas escenas de encuentro personal con el Señor que están llenas de ilusión, de expectación, y que requieren como todas, de una preparación.  Y estoy segura que están escritas por el escritor sagrado con la intención de despertar en nosotros la esperanza y demostrarnos que la historia de los personajes bíblicos es la nuestra y que como ellos, debemos confiar en la espera y prepararnos para ese gran acontecimiento.

Uno de los mayores acontecimientos de nuestra vida, será sin duda el encuentro definitivo con el Señor.  Ese día, cuando celebremos nuestra Pascua, cuando nos encontremos frente a frente ante el Padre viviremos el más grande e increíble encuentro.  Y por supuesto, hay que prepararse.

Podemos pensar que la mayoría de nosotros no nos preparamos para la muerte porque estamos tan ocupados en tantas cosas, que no sacamos tiempo para ello.  Pero creo que la vida se va encargando de hacerlo. Todos los días vamos muriendo poco a poco.  En ocasiones, vamos confrontando signos que nos confrontan con esas muertes chiquitas.  Van apareciendo las canas, se va arrugando la cara, se va perdiendo la cintura, la agilidad mental…

Nos invitan más a la funeraria que a las fiestas, vemos a los seres queridos más en hospitales que en reuniones familiares.  En fin, que cuando realizamos que tenemos más pasado que futuro;  la vida nos va preparando inequívocamente para el mayor acontecimiento de nuestra vida: la muerte.

Pero según vamos muriendo…vamos, al mismo tiempo, naciendo para la vida eterna.  Por lo que la vida nos va preparando para la muerte y la muerte nos va preparando para la Vida…

10 de junio de 2020

A los 87 días de mi cuarentena...

Miércoles, mitad de semana…

Como podrán imaginar, no escribí anoche, porque efectivamente volvió a fallarme la computadora.  Esta vez, ya no dio más de sí.  En los últimos meses, ella se daña por ratitos, pero luego regresa, como arrepentida. y vuelve a funcionar.  Pero ya hace par de días que no se le ha quitado su enojo y ya no puedo utilizarla.  La cerré y guardé. Voy a darle par de días a ver si el descanso le viene bien y hay posibilidad de reconciliación, o tengo que despedirme definitivamente de ella.

He tenido que rescatar una vieja computadora, que me deja hacer algunas cosas de modo muy limitado.  La había sustituido por la que tengo actualmente y la había mantenido guardada, pensando que tal vez en algún momento podría arreglarse y dársela a alguna persona o algún estudiante que le hiciera falta. 

Esta (no sé por qué) se apaga cuando menos me lo espero; se calienta muchísimo, al punto que tengo que cerrarla porque no tolero tocarla, no me “corre” todos los programas, constantemente no hace caso a los comandos, cambia las cosas, guarda los archivos que le da la gana y encima de eso, como ya tiene muchos años, pues es super, super, super lenta.  Bueno, por esa razón fue que hace tres años tuve que hacerme de otra.  ¡Y ahora, ni la vieja ni la nueva!

Pero nada, no me quejaré más y aprovecharé a escribir algo, rapidito, hasta que se pueda.  

Este espacio es para mí uno, muy, muy importante; yo diría que sagrado.  Es el lugar, mi lugar, donde puedo expresar sentimientos, ideas, experiencias, que voy viviendo día a día, y sobre todo, donde intento apalabrar el paso de Dios en mi vida. Y me siento profundamente agradecida a Dios de los lazos fraternos que he podido estrechar por este medio, con personas que no conocía, algunas que aún no conozco personalmente, pero, que por alguna razón me leen y me hacen el gran regalo de escribirme, de enviarme mensajes donde me comparten lo que les ha parecido o llamado la atención de lo que he escrito.

Otras personas, conocidas, me comparten su eco a través del “whatsapp”  Algunas de ellas, todas las mañanas. Y esto, además de darme muchísima alegría, lo recibo con mucha humildad y como confirmación de que mi experiencia personal, mi experiencia de fe, puede en algún momento ayudar a otro, a entender, la suya propia.  Cuando alguien me escribe y me comparte su propia experiencia, se da el milagro de la comunión, y es definitivamente, un momento de Gracia.  Por eso, me siento urgida, comprometida a escribir y profundamente agradecida a Dios por esta oportunidad de “encontrarlo” a través de otros y poder unir eslabones de fraternidad.

Siempre me ha gustado leer biografías y ver películas basadas en hechos reales.  Siempre que leo la biografía de alguien, aprendo. Siempre que aprendo, crezco, y puedo madurar un poco más.  Todas las personas tienen algo que enseñarnos, y no siempre es a través de una vida exitosa. Al contrario, la inmensa mayoría de las veces, aprendemos más, al conocer historias de personas que han enfrentado grandes luchas o dificultades y en medio de ellas, se han crecido.

Uno de esos casos es Jean-Marie Élie Setbon.  Una de las personas que me escribe en las mañanas, me recomendó leer su biografía, presentada en el libro llamado “De la Kipá a la Cruz”.  Como estamos en cuarentena, no tenía oportunidad de comprarlo en alguna librería, pero pude encontrarlo en Amazon.

Jean-Marie es un hombre judío, de 56 años, exégeta, bíblico y teólogo.  Nació en París, Francia, de padres judíos.  Y el libro, él mismo lo describe como “El viaje de un judío hacia el Cristianismo”.  Lo comencé a leer hace muy poco y ya casi lo termino.  Tenía muchísima razón mi querida amiga Nidia, cuando me dijo que me iba a gustar.  Sí que me ha gustado y mucho.  Es una biografía, esta vez, de una persona que no ha fallecido, que es relativamente joven aún y del cual sin terminar de leer el libro ya he aprendido muchísimo de él.

Algunas de las muchas cosas que me llaman la atención es su gran sensibilidad, y su gran capacidad y fuerza de voluntad para llevar una vida coherente.  ¡Es lo que digo! ¡Aprendemos siempre de los demás.!

Como Jean-Marie, hay muchísimas personas a nuestro alrededor, poseedores de grandes tesoros.  Tesoros, que ciertamente son riquezas para ser compartidas con los demás, si se tiene conciencia de que todos son dones. Pero no todos se dan cuenta de ello, no todos lo comprenden ni agradecen.  Por ende, los entierran y luego van muriendo lentamente con ellos.

Por eso, valoro mucho el poder tener este rinconcito en “el aire”, desde donde tengo completa libertad de compartir con mucha humildad y sencillez, lo que he recibido, lo que llevo y lo que tengo.  Es mi manera de mostrarme como soy, con toda mi fragilidad y limitaciones, con todas mis locuras, pasiones y sueños.  Con mis luces y sombras, mis logros y fracasos.  Y también con las veces que experimento la decepción, la desilusión.  

Esta es mi manera de agradecer al Dios de la Vida, por todo y por tanto.

8 de junio de 2020

A los 85 días de mi cuarentena...

Lunes de la segunda semana de junio

Hace dos días que no escribía.  Acostumbro a escribir en las noches y el sábado estuve sin luz (energía eléctrica) desde que comenzó la noche y se extendió por varias horas.  Y ayer domingo, la computadora no me respondió.  ¡Ni modo!  Dicho sea de paso, ahora mismo, a estas horas, he tenido ya dos amenazas de que la luz puede fallar en cualquier momento.  ¡Así que quién sabe si lograré escribir hoy!

Durante el fin de semana pudimos disfrutar de días muy bonitos, llenos de luz, de un sol muy brillante en las mañanas, y de intensas lluvias en las tardes.  Días de contraste, como la vida misma.

En los últimos meses hemos estado enfrentando muchas dificultades en todo nuestro país, y también más allá de él.  No podemos dudar que el COVID 19 ha desatado una gran cantidad de problemas que amenazan con desestabilizarnos y desanimarnos.  Algunas personas son más susceptibles, se afectan más; pero a todos se nos mueve el piso.

Precisamente ayer en la noche, cuando vi, que por segundo día consecutivo no había podido escribir por aquí, busqué una libreta que lleva conmigo hace ya muchos años y en donde tengo anotadas cosas interesantes, anécdotas, cuentos, comentarios de personas, que alguna vez me llamaron la atención, o que me ayudaron a entender alguna cosa o me fueron de ayuda en algún momento.

Y encontré una historia que leí hace años sobre lo que sucedería hoy, si Noé intentase construir el Arca.  Es una historia larga, que tiene muchos detalles, muy curiosos todos.  Pero la resumiré por aquí.

“El Señor le habló a Noé y dijo: En seis meses voy a hacer llover hasta que toda la tierra quede cubierta con agua y todas las personas malvadas sean destruidas.  Pero quiero salvar a algunas personas buenas, y a una pareja de todo tipo de cosas vivas en el planeta.  Te ordeno que me construyas un arca.  Y le dio las especificaciones con la velocidad de un rayo.  Noé respondió que muy bien, aunque estaba temblando de miedo.

El Señor le recordó que tenía seis meses, antes que comenzara a llover.  Y pasaron los seis meses, y efectivamente, comenzó a llover. El Señor encontró a Noé sentado en el patio de su casa llorando y no vio ninguna Arca.

Cuando el Señor le cuestionó a Noé y le preguntó por el Arca; este le suplicó perdón y le explicó que le hubiera gustado complacer a su Señor, que hizo todo lo que pudo, pero se le presentaron muchísimos problemas.  Primeramente, tuvo que pedir un permiso de construcción para el proyecto y los planos no cumplían con las especificaciones.  Por lo tanto, siguió explicando Noé; tuvo que contratar a un ingeniero para que volviera a trazar los planos.  Por otro lado, tuvo grandes contratiempos con respecto a saber si el Arca necesitaba un sistema de extinción de incendios.  Tuvo grandes problemas para conseguir suficiente madera para el Arca porque había prohibición de cortar árboles para salvar al buitre moteado.

Enfrentó una demanda de parte de un grupo a favor de los derechos de los animales, ya que Noé se llevaría solo una pareja de cada tipo.  Y cuando se desestimó esa demanda, la Agencia de Protección Ambiental le indicó que no podía terminar la construcción del Arca, hasta completar un informe sobre el impacto medioambiental de su presupuesto diluvio.  Y por si fuera poco, el Departamento de Hacienda congeló todos los bienes de Noé, en lo que terminaba una investigación; ya que sospechaban que lo del Arca era solamente una excusa para huir del país y no pagar contribuciones.  

Noé concluyó: ¡Señor, por lo que ves, realmente, no creo que pueda terminar tu Arca al menos en cinco años.!  El cielo comenzó a aclararse.  El sol comenzó a brillar.  Un arco iris cruzó el firmamento.  Noé levantó la vista y sonrió.  Dijo al Señor: ¿Quieres decir que no vas a destruir la tierra?  No, dijo el Señor tristemente.  El gobierno ya lo ha hecho…"

Me gusta mucha esta historia, aunque se pueda considerar exagerada.  Noé quería realmente construir el Arca, pero los problemas fueron tantos y complejos que terminaron minando su ánimo y su voluntad y fueron más fuertes que él.

Esta historia se repite a diario en cualquier parte del mundo, o en muchos a la vez.  Tenemos claro nuestro proyecto de vida, nos organizamos y planificamos para la realización del mismo.  Pero, se nos van presentando en el camino dificultades y problemas que en muchas ocasiones nos abruman y desaniman.  

La clave está en la manera que vemos estas dificultades.  No podemos ni subestimar ni sobreestimar los problemas.  Nunca son correctos los extremos.  Muchos problemas quedan sin resolver o no se tratan adecuadamente porque no los tomamos en serio.  Otros, al enfrentar un problema, lo exageran y se ahogan desde el primer instante que lo descubrieron. Ni lo uno, ni lo otro.

Hay un escritor, Robertson Davies, que dijo: “Las personas extraordinarias sobreviven bajo las circunstancias más terribles y después, llegan a ser más extraordinarias debido a ello”.  El dolor de la adversidad nunca nos deja siendo los mismos.  Es como un catalizador para el cambio.

Pienso que uno de los momentos en que las personas cambian, es cuando han sufrido bastante para tener que hacerlo.  Las dificultades nos pueden causar dolor, pero siempre nos impulsarán al cambio.  No está en nuestras manos decidir si tendremos o no problemas.  Pero sí, podemos optar por reaccionar positivamente a ellos.  Darnos cuenta que en cada adversidad, en cada problema, en cada dificultad, tenemos la oportunidad de crecer, de aprender, de cambiar.

Los problemas nos abren puertas para nuevas oportunidades.  Muchas veces nos producen beneficios.  Nos ayudan a conocernos mejor y también nos hacen más fuertes.  Además, aunque nos pueden causar dolor, al final, la satisfacción siempre será mayor.  Es como cuando la mujer va a parir; al tener a su hijo en brazos olvida inmediatamente el dolor y todas las dificultades que afrontó por nueve largos meses.

Hay muchísimas maneras correctas de afrontar las dificultades, los escollos que van apareciendo en el camino.  Pero la inmensa mayoría de ellos, requieren de nosotros, además de paciencia, madurez y prudencia; humildad.  Esta virtud de la humildad nos llevará irremediablemente, a los pies de Jesús para hablarle con la verdad, como Noé.  Pedir ser iluminados por La Palabra, ser bendecidos por el Padre y fortalecidos por el Espíritu, para afrontar la adversidad de modo evangélico.  Y sobre todo, aceptar cuándo nos está agobiando alguna dificultad.

Moraleja:  si no quiere terminar como Noé, intente resolver los problemas, antes que se meta el gobierno.

5 de junio de 2020

A los 82 días de mi cuarentena...

Viernes, al fin viernes….

Nuevamente he despertado con una llamada telefónica…y nuevamente muy temprano.  

Hoy fue un día algo difícil, con momentos de tensión, de frustración, de tristeza…en fin, un día de esos, que nos pesan un poco más que otros…

Hoy no fui al balcón de la casa. Luego del baño, preparé un rápido café y salí a la calle.  Sí, hoy tocó salir.  Había que ir personalmente a solicitar una cita médica para mi madre.  Yo me he mantenido en la casa, cumpliendo fielmente la cuarentena y no estoy saliendo a nada.  Primeramente, porque mi mamá es alto riesgo, 88 años, paciente de cáncer, etc.  Y con mucha probabilidad, se acerca una etapa donde necesitará ella de nuestra presencia y en todo momento.  Y necesito estar bien para poder acompañarla a ella y no enfermarla.  Además de que también soy alto riesgo (problemas con los bronquios, corazón…).  Pero, había que ir hasta la oficina médica y bueno, fui.

Al llegar al edificio donde están las oficinas del doctor, me encontré con una escena casi fantasmal.  Mientras buscaba la oficina no me encontré a nadie ni tampoco la oficina del médico.  Ya al final del pasillo, vi una luz encendida.  Toqué el timbre y al entrar me encontré con una inmensa sala vacía.  Al fondo, una secretaria con mascarilla, protector de plástico y vestida de astronauta, me indicó que ellos (una oficina de ortopedia) eran los únicos que estaban trabajando en ese edificio.  Ningún otro médico ha regresado a su oficina. Entre esos “ninguno”, se encuentra el médico al que iba a solicitarle cita para mi mamá…

Un poco confundida, encontré finalmente la oficina del doctor y corroboré, que efectivamente, la misma está cerrada “hasta nuevo aviso”.  Totalmente desconcertada, me dirigí a casa de mis padres.  Mientras iba de camino, un solo pensamiento me invadía. ¿Cómo le diría a mi madre que teníamos que buscar otro doctor? ¿Cómo explicarle que la pandemia nos ha volcado la vida misma? Ya no es algo rutinario, tomar el teléfono y en par de minutos acordar una cita.  Ahora toca esperar a que decidan reabrir una oficina, a esperar un turno y mientras tanto, seguir sorteando la salud y los que le acompañamos, seguir cuidándola.

Cuidar significa, entretejer el amor, con la ternura y la sensibilidad.  Se trata de dar atención y privilegiar tiempo para la persona amada. Siempre cuidamos a las personas que amamos y siempre amamos a las personas que cuidamos…

Cuidar implica acogida incondicional.  Es acompañar, velar; estar.  Es arriesgarnos en la entrega, en la donación, en los afectos.  En ocasiones, las personas a quienes cuidamos-amamos no logran entenderlo, o quizás somos nosotros los que no logramos exteriorizar la ternura que deseamos profesarle, o la paciencia que queremos compartirles.

El cuidar es una actitud relacional que tiene mucho que ver con la misericordia que hemos recibido primero de Dios.  Y sobre la misericordia, me viene a la mente algo que leí en una ocasión y que me causó mucha impresión.  Tanto es así, que no lo olvido. 

Se trata de un relato de los Padres del desierto.  Recuerdo que hablaba de un joven discípulo que su abad envió a visitar a otro hermano.  Ese hermano tenía un huerto en el Sinaí.  Cuando el joven llegó, le preguntó al propietario del huerto, si tenía algunos frutos para llevarle a su maestro.  El propietario le respondió que sí y le dijo que tomase él mismo todos los frutos que deseara. 

Acto seguido, el discípulo le preguntó si habría por allí también algo de misericordia.  El dueño del huerto se sorprendió de la pregunta y le pidió al discípulo que se la repitiera.  Y así lo hizo el discípulo, le repitió la pregunta tres veces.  Al final, el hermano, tomó un hatillo, se alejó del huerto y se adentró en el desierto diciendo:  “¡Que Dios nos ayude, hijo mío! Vayamos en busca de la misericordia de Dios.  Si no he podido dar una respuesta a un joven hermano, ¿qué haré cuando sea Dios mismo quien me interrogue?”

Hoy he sentido esa llamada a ser misericordiosa…con mi madre y con otros que quiero cuidar porque les amo y les amo porque les quiero cuidar.

4 de junio de 2020

A los 81 días de mi cuarentena...

Jueves, preámbulo del primer fin de semana de junio…

Hoy me desperté muy temprano, bueno, en realidad me despertó una llamada telefónica.  Ya luego de atenderla, me levanté, pero con muchísimo trabajo porque sentía que necesitaba dormir y descansar más.  Pero…inicié mi día de una vez.

Experimenté prontamente las altas temperaturas que iban a perdurar durante todo el día.  Había un sol hermoso, brillante, intenso.  Al asomarme al balcón, alargué la mirada hacia las montañas que se ven a lo lejos.  Es una de las cosas que más disfruto en las mañanas, sentarme con una taza de café en mano, a mirar, disfrutar, agradecer.

El poder escuchar los pájaros, el maullido a lo lejos de los gatos en el estacionamiento; el poder aspirar los aromas de café mezclados con el sonido de los carros, del tren…es presenciar la vida abriéndose paso.  Experimentar sentimientos de gratitud, es inevitable.  ¡Hay tanto que agradecer! 

Me parece realmente increíble cómo disfruto de las mañanas, a pesar que las noches ejercen sobre mí un cierto encantamiento.  Las noches son, para la mayoría de las personas, el tiempo de descanso muy esperado durante todo el día.  Es el momento que muchos añoran, donde abandonándose al sueño pueden perder la consciencia y de ese modo, olvidar por una horas, su realidad.

Para otros, las noches son ocasión de acompañar un enfermo, de cuidar al anciano, de ganarse la vida vigilando una propiedad, o de emplear largas horas a la oración.  Son las noches, esas ventanas por donde se nos cuelan las preocupaciones, las preguntas, las dudas, los sufrimientos.  Los miedos se agigantan y aminoran nuestras defensas.

Sin embargo, también la noche es silencio.  Es el momento donde se acallan los ruidos que nos han ido acompañando durante el día y que en muchas ocasiones interceptan el diálogo entre el Otro y yo.  El silencio, que no es ausencia de palabras, sino su Eco en plenitud.

La noche se viste de quietud y armonía.  Cesan las prisas, las urgencias, el stress.  Bajan las tensiones, no hay tiempo para los enfrentamientos, porque menguan las fuerzas para ello y se percibe un ambiente de paz.

Para mí, la noche es un tiempo muy especial en mi vida.  Lo veo como el tiempo de la oportunidad, del descubrimiento, de la poesía, de lo auténtico…

En algún lugar del Génesis leí que Abraham intentaba contar las estrellas en la noche, recordando la promesa de descendencia que el Señor le había hecho.  Fue de noche que los Reyes de Oriente buscaron afanosamente la estrella que les guiaría hasta Belén.  Los pastores, se maravillaron ante el Niño Dios, en la noche.  

Fue en la noche que el Ángel del Señor le habló a José sobre María.  Jesús se le aparece a los discípulos en muchas ocasiones, en las noches.  Y en muchas otras, les invita a estar en vela.

La noche me ofrece a mí muchas oportunidades hermosas.  La de silenciarme, la de encontrarme conmigo misma, con el Otro, y sobre todo, me da tiempo de escuchar para poder hablar.

Había una costumbre en el judaísmo antiguo, de que los centinelas permanecían en un lugar elevado del Templo para anunciar a los sacerdotes, la llegada de la primera luz del día.  Solo entonces, en la hora de la escucha por excelencia, podían comenzar los sacrificios y recitarse el “Shemá”.

Para mí esta vieja costumbre judía contiene una sabiduría muy profunda.  “solo entonces…”no antes, “solo entonces”, luego de haber estado en vela, de haberse consumido la luz del día…

“en la hora de la escucha”….es que solamente acallando nuestras voces podremos escuchar La Voz…

“solo entonces, podía recitarse el Shemá”…

En la noche, dejo que me invada el silencio que está lleno de Su Palabra, hago el ejercicio de Escuchar, y solo entonces, desde la sencillez y mi fragilidad…intento expresar en palabras, el paso de Dios en mi historia.